2 Feb 2026, Lun

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Para conocer a Don Bosco es necesario, quizás, poner en paralelo juicios contrapuestos, voces de la Iglesia y las palabras del propio santo. Entre elogios entusiastas, ironías corrosivas y análisis históricos, emerge un perfil complejo y profundamente humano, alejado tanto de la hagiografía ingenua como de la crítica preconcebida. La santidad de Don Bosco se restituye así en su autenticidad: no se basa en la imponencia de sus obras o en carismas extraordinarios, sino en una rica vida interior, en virtudes vividas en lo cotidiano y en una humildad sincera. Un retrato que ayuda a comprender por qué la Iglesia lo ha reconocido como padre, maestro y santo de la juventud.

¿Qué no se ha dicho o escrito sobre Don Bosco desde su época? Para bien, por supuesto, y, a veces, ¡también para mal! Sobre él, sobre sus proyectos.
A los sacerdotes de Turín que se preocupaban por el «celo demasiado emprendedor» de Don Bosco, San José Cafasso respondía: «¡Dejadle hacer, dejadle hacer!» (MB II, 351).
A mediados del siglo XIX, una revista protestante emitió juicios nada halagadores sobre las publicaciones populares del sacerdote de Valdocco, conocidas como «Lecturas Católicas». He aquí un ejemplo: «Pero, querido Don Bosco, ¿quién quiere que le crea si dice cosas tan gordas? […]. Cuando se dicen despropósitos tan mayúsculos, hay que tener el talento de saber decirlos para no caer en el ridículo» («La Buona Novella», 2.12.1853, p. 71).
Al mismo tiempo, un periódico católico de gran prestigio, en su sección «Crónica contemporánea», recogía la opinión de uno de sus corresponsales de los Estados Sardos que definía las mismas publicaciones como: «Libritos de pequeño tamaño, llenos de sólida instrucción, adaptados a la capacidad del pueblo llano y muy oportunos para estos tiempos: he aquí el valor de estas «Lecturas Católicas»» («La Civiltà Cattolica», Año IV, 2ª serie, Vol. 3°, Roma, 1853, p. 112).
Si se hojearan ciertas añadas de los periódicos anticlericales y satíricos de Turín de la época, encontraríamos comentarios mordaces sobre el «Señor Don Bosco… el famoso santón». Bastaría con consultar «La Gazzetta del Popolo» o «Il Fischietto» de aquellos años para darse cuenta; para luego descubrir lo que periódicos católicos como «L’Armonia» y «L’Unità Cattolica» decían en su alabanza.
También en nuestros tiempos no ha faltado la crítica, ni la seria, hecha por estudiosos competentes, ni la prejuiciosa y vulgar que solo tiene el mérito de manifestar prejuicio y mala fe. Por otra parte, la misma hagiografía moderna busca más la figura humana de los santos que su figura mística o ascética.
«Queremos descubrir en los santos lo que nos asemeja a ellos, más que lo que nos distingue de ellos; queremos llevarlos a nuestro nivel de gente profana e inmersa en la experiencia no siempre edificante de este mundo; queremos encontrarlos como hermanos en nuestra fatiga y quizás también en nuestra miseria, para sentirnos en confianza con ellos y partícipes de una común y pesada condición terrenal» (Pablo VI, 3.11.1963).
No en vano hubo quien escribió con mal disimulada ironía: «Hoy, para ser bien aceptados por los lectores, ¿no conviene acaso encontrar defectos y culpas en los santos y en las santas?» (A. RAVIER, Francisco de Sales. Un sabio y un santo, Milán, Jaca Book, 1987, p. 10).

Lo que la Iglesia dijo de Don Bosco
            En 1929 Don Bosco fue proclamado Beato y en 1934 declarado Santo por la Iglesia. En abril de 1929, el salesiano Don Eusebio Vismara tuvo la oportunidad de conversar con el Abad de San Pablo Extramuros en Roma, más tarde Arzobispo de Milán, el Beato Card. Ildefonso Schuster.
Sabiendo que había sido Consultor en las Congregaciones que habían examinado la heroicidad de las virtudes de Don Bosco, se permitió preguntarle si los miembros de esas Congregaciones no habían quedado subyugados y determinados a pronunciarse favorablemente sobre Don Bosco por la imponencia de su obra y por los dones sobrenaturales que la habían acompañado.
— No – le respondió el entonces Mons. Schuster, – en primer lugar, eso ni siquiera se tomó en consideración, se descartó a priori, porque todo eso es externo, y aunque sea sobrenatural, puede ser un puro don carismático; no es virtud, no es santidad, que es un hecho totalmente interior.
Y añadía, manifestando su admiración por la santidad de Don Bosco:
Quizás ustedes mismos no conocen plenamente toda la riqueza de virtud y de vida interior que animaba a Don Bosco (BS, abril-mayo 1934, p. 143).
Don Bosco fue un hombre como todos los demás, es verdad, pero no en el sentido en que la prensa adversa lo ha descrito a veces. Hombre de su tiempo, no fue su esclavo sino su protagonista y, sin tantas fórmulas, supo obtener con su ejemplo iluminador, con la sencillez de su lenguaje, de sus gestos y de sus acciones, una eficacia educativa que trascendió su tiempo. Intrépido e imperturbable porque se sentía inspirado y sostenido desde lo Alto, fue un hombre de gran fe y de gran corazón. Supo con una síntesis genial y un estilo muy suyo trazar un camino hacia la santidad juvenil. No en vano, en el centenario de su muerte, Juan Pablo II lo proclamó: «Padre y Maestro de la juventud».

Lo que Don Bosco decía de sí mismo
            Sin embargo, Don Bosco, en su gran humildad, se consideró siempre y únicamente «un pobre hijo de campesinos» (MB X, 266), a quien la misericordia de Dios había elevado al sacerdocio sin mérito alguno por su parte, «un mísero instrumento en las manos de un artista habilísimo» (BS, agosto 1883, p. 127).

Una noche, terminó de confesar en la iglesia cuando la comunidad de Valdocco ya había terminado de cenar. Fue entonces al refectorio. El salesiano coadjutor Giuseppe Dogliani, que alternaba las clases de música con el servicio en la mesa, le pidió la cena. El cocinero, molesto por el retraso, envió un plato de arroz pasado y frío. A Dogliani, que se atrevió a decirle: «¡Pero es para Don Bosco!», el otro, cansado del duro trabajo de aquel día, soltó una respuesta áspera:
¿Y quién es Don Bosco? Es como cualquier otro de la casa.
Dogliani, humillado, presentó el plato y se retiró. Pero el clérigo Valentino Cassini, más tarde misionero en América, no pudo contenerse y le contó a Don Bosco las desconsideradas palabras. Este, sin inmutarse, comentó con toda calma:
¡El cocinero tiene razón! (MB XI, 284).
En 1883, Don Bosco, acompañado por Don Michele Rua, hizo un viaje a París que resultó memorable. Durante el regreso en tren, después de aquellas laboriosas jornadas, ambos descansaban en pensativa meditación. El buen Padre había sido honrado y aplaudido con entusiasmo por toda clase de personas. La Virgen Santísima había obrado maravillas por medio de él. Un triunfo semejante en el París de aquellos años era algo inimaginable.
Finalmente, Don Bosco rompió el silencio:
¡Qué cosa tan singular! ¿Recuerdas, Don Rua, el camino que va de Buttigliera a Morialdo? Allí, a la derecha, hay una colina y en la colina una casita, y desde la casita hasta el camino se extiende un prado cuesta abajo. Aquella pobre casucha era mi casa y la de mi madre; en ese prado, yo, de niño, llevaba a pastar dos vacas. Si todos esos señores supieran que han llevado en triunfo a un pobre campesino de I Becchi, ¿eh? ¡Cosas de la Providencia! (MB XVI, 257)
¡He aquí quién era Don Bosco!

P. Natale CERRATO

Salesiano de Don Bosco, misionero en China de 1948 a 1975, estudioso de Don Bosco y del Salesianismo, escribió obras y artículos, realizando una valiosa labor de difusión de la vida y obra del Santo de la Juventud. Entró en la eternidad en 2019.