7 Ene 2026, Mié

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En la espiritualidad de San Juan Bosco, el Nombre de Jesús no era una mera invocación, sino una presencia salvadora cotidiana, arraigada en la Biblia y en la tradición de la Iglesia. En el Oratorio resonaba la jaculatoria «Alabado sea siempre el Nombre de Jesús y de María», musicalizada por Don Bosco y grabada en las paredes. También la cultivaba con himnos compuestos personalmente y con las prácticas reparadoras contra la blasfemia. Un legado espiritual que conserva intacta su actualidad para educar en la fe a las nuevas generaciones.

Una devoción vivida y transmitida
En la espiritualidad de San Juan Bosco, el Nombre de Jesús ocupa un lugar importante. No se trata de una simple expresión devocional entre tantas, sino de una clave interpretativa de su carisma educativo y pastoral. Para Don Bosco, invocar el Nombre de Jesús significaba hacer presente a la persona misma del Salvador en la vida cotidiana, tanto en los momentos de alegría como en los de prueba, tanto en la educación de los jóvenes como en el apostolado entre los más necesitados.

Las raíces de una tradición orante
Don Bosco heredó y vivió una devoción que hunde sus raíces en la tradición bíblica y en la práctica constante de la Iglesia. El Nombre de Jesús, según la fe cristiana, lleva en sí una fuerza salvadora particular. Como recuerda san Pablo en la Carta a los Filipenses, es el nombre ante el cual toda rodilla se dobla en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra. Esta verdad teológica se convirtió para Don Bosco en una experiencia viva, para compartir con sus muchachos y con todos aquellos que encontraba.
La jaculatoria que resonaba diariamente en la Iglesia de María Auxiliadora es un testimonio elocuente de ello: «Alabado sea siempre el Nombre de Jesús y de María». Esta breve oración, que el mismo Don Bosco musicalizó, se cantaba al final del sermón matutino, creando un momento de particular intensidad espiritual. No era un simple estribillo, sino un verdadero acto de fe que involucraba a toda la comunidad educativa del Oratorio.

El Nombre de Jesús en la arquitectura espiritual del Oratorio
Don Bosco quiso que esta devoción fuera también visible físicamente. Las palabras «Alabado sea siempre el Santísimo Nombre de Jesús y de María» estaban escritas en el marco de la pared, sobre la puerta que daba acceso a la biblioteca. Un episodio particular, narrado en las Memorias Biográficas, revela cuánto valoraba Don Bosco el respeto debido a esta invocación. Cuando el abogado Tua leyó esas palabras en tono burlón, el santo educador se detuvo inmediatamente y, con una firmeza inusual, ordenó a todos los presentes que se quitaran el sombrero. Ante la vacilación de los asistentes, reiteró con autoridad que quien había comenzado en tono de burla debía terminar con el debido respeto, ordenando a cada uno que se descubriera la cabeza. Este gesto, aparentemente severo, manifiesta la profunda reverencia que Don Bosco sentía por el Nombre de Jesús y su deseo de educar en el respeto a las realidades sagradas.

Una fuerza en las tinieblas de la cárcel
Uno de los aspectos más conmovedores de su espiritualidad ligada al Nombre de Jesús surge de la experiencia en las cárceles de Turín. Acompañando a su maestro don Cafasso entre los detenidos, el joven sacerdote Juan Bosco vio con sus propios ojos cómo la invocación del Nombre de Jesús podía transformar incluso los lugares más degradados. Las celdas que por imprecaciones, blasfemias y vicios parecían círculos infernales, se transformaron gradualmente en moradas de hombres que volvían a reconocerse como cristianos, capaces de amar y servir a Dios y de cantar alabanzas al adorable Nombre de Jesús.
Esta experiencia fue importante para la formación pastoral de Don Bosco. Comprendió que incluso los corazones más endurecidos podían ser tocados por la gracia cuando se invocaba el Nombre del Salvador. La desdicha de aquellos presos, de hecho, derivaba más de la falta de instrucción religiosa que de su propia malicia. El Nombre de Jesús se convertía así en instrumento de redención, camino de regreso a la dignidad perdida, esperanza de renacimiento espiritual.

Las indulgencias: pedagogía de la misericordia
Don Bosco promovió activamente la práctica de las indulgencias ligadas a la invocación del Nombre de Jesús, incluyéndolas en sus libros de oración y en los reglamentos de las asociaciones que fundó. En la «Asociación de los devotos de María Auxiliadora» de 1869, recordaba cómo el Papa Sixto V había concedido cien días de indulgencia a quien pronunciara «Alabado sea Jesucristo» y recibiera la respuesta «Por siempre sea alabado». La indulgencia plenaria se garantizaba a quien, en el momento de la muerte, invocara el Santo Nombre al menos con el corazón.
Esta atención a las indulgencias no debe entenderse como una forma de religiosidad mecánica o supersticiosa. Para Don Bosco representaba más bien una manera concreta de educar a sus jóvenes en la conciencia del valor de la oración y de la misericordia divina. Las indulgencias eran una pedagogía de la gracia, una invitación constante a hacer memoria del santísimo Nombre de Jesús en cada momento del día.
La alabanza en reparación de las blasfemias
Particularmente significativa es la oración de alabanza que Don Bosco incluyó en el «Espejo de la Doctrina Cristiana Católica» de 1862. Esta letanía, que comienza con «Dios sea bendito» y continúa bendiciendo en particular el Nombre de Jesús y de María, tenía un propósito reparador: contraponer a la blasfemia la bendición, a la ofensa la alabanza. El Papa Pío VII había concedido un año de indulgencia a quien la recitara al menos con corazón contrito.
Don Bosco vivía en una época en la que la blasfemia estaba lamentablemente extendida, sobre todo entre las clases populares. En lugar de limitarse a condenar, prefirió educar positivamente, enseñando la belleza de la alabanza y el poder reparador de la bendición. El Nombre de Jesús bendecido se convertía así en un antídoto espiritual contra el lenguaje blasfemo, una medicina para sanar la lengua del veneno de la impiedad.

La poesía y el canto: vehículos de devoción
Don Bosco compuso personalmente un himno «Al Santísimo Nombre de Jesús», publicado en la «Selección de Alabanzas Sagradas» de 1879. Esta composición poética, articulada en numerosas estrofas, expresa con un lenguaje sencillo pero eficaz la alegría y el entusiasmo que deberían acompañar la invocación del Nombre divino. «Vamos, hijos, cantad, bellas almas inocentes, con dulces acentos, ¡viva Jesús!»: así comienza el himno, involucrando directamente a los jóvenes en la alabanza.
El uso del canto y de la poesía no era casual. Don Bosco sabía bien que los muchachos aprenden mejor a través de lo que toca el corazón y queda grabado en la memoria a través de la melodía. El Nombre de Jesús cantado con alegría se convertía en una experiencia vivida, no solo en una doctrina aprendida. Las estrofas del himno celebran la dulzura de este Nombre, su poder salvador, la alegría que da a quien lo pronuncia con amor.

Una perspectiva misionera
En la carta a las Hijas de María Auxiliadora, conservada en las Memorias Biográficas, Don Bosco expresa una dimensión adicional de la devoción al Nombre de Jesús: la misionera. Invita a las hermanas a rezar por las cohermanas que se dirigen a las partes más lejanas de la tierra «para difundir allí el Nombre de Jesucristo, y hacerlo conocer y amar». No se trata, pues, solo de una devoción interior, sino de un compromiso apostólico concreto: llevar el Nombre de Jesús a todas partes, para que sea conocido y amado por todos.
Esta visión misionera se inserta perfectamente en el carisma salesiano, totalmente orientado al anuncio del Evangelio, especialmente entre los jóvenes y los pobres. El Nombre de Jesús se convierte así en la síntesis de toda la obra evangelizadora: conocer ese Nombre significa conocer a la persona de Cristo; amarlo significa abrazar su proyecto de salvación.

El ejemplo de San Luis Gonzaga
Don Bosco propuso a sus jóvenes el ejemplo de San Luis Gonzaga, quien, en el momento de su muerte, haciendo esfuerzos por pronunciar el Santo Nombre de Jesús, expiró dulcemente. Este detalle, recogido en la «Historia Eclesiástica» de 1871, no es un detalle marginal: Don Bosco quería mostrar a sus muchachos cómo el Nombre de Jesús debía acompañar al cristiano hasta el último aliento, convirtiéndose en la puerta de entrada a la vida eterna.

Un legado siempre actual
La devoción de Don Bosco al Nombre de Jesús no es una curiosidad histórica o una práctica superada. Representa su espiritualidad y su método educativo. A través de la invocación constante de ese Nombre, hecha con fe, el santo educador formó a generaciones de jóvenes en la fe, convirtió a los pecadores, consoló a los afligidos y transformó ambientes degradados en lugares de gracia.
Hoy como entonces, el Nombre de Jesús conserva intacto su poder salvador. El legado espiritual de Don Bosco nos invita a redescubrir esta devoción sencilla pero profunda, a pronunciar con fe y amor ese Nombre santo que está sobre todo nombre, a hacerlo resonar en nuestras familias, en nuestras comunidades, en los lugares de educación. Como cantaban los jóvenes del Oratorio: «¡Viva Jesús! Viva aquel Nombre, cuyo esplendor sin par en gloria y honor ningún otro jamás tuvo».

Editor BSOL

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