1 Mar 2026, Dom

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La parábola del fariseo y el publicano (Lc 18, 9-14) no es para nosotros, educadores y evangelizadores, un simple relato moral sobre la soberbia y la humildad, sino una revelación profunda sobre cómo Dios nos encuentra y cómo estamos llamados a transmitir esta experiencia transformadora.

La fe como llamada a una relación de misericordia
            Cuando el fariseo sube al templo, lleva consigo una imagen de Dios construida a su propia medida: un Dios que registra méritos y deméritos, que premia a los justos y condena a los pecadores. Su oración es una comparación con los demás: «Te doy gracias porque no soy como los demás hombres». Falta una relación auténtica. Solo hay autocomplacencia.
El publicano, por el contrario, entra en el templo consciente de su propia indignidad. Su «¡Oh Dios, ten compasión de este pecador!» no es desesperación, sino la apertura valiente a una relación posible precisamente porque se funda en la misericordia. Él intuye lo que el fariseo ha perdido: Dios no es un juez, sino un Padre que espera el regreso de sus hijos lejanos.
Para nosotros, educadores, esta distinción es fundamental. ¿Cuántas veces, sin darnos cuenta, transmitimos una imagen de Dios más parecida a la del fariseo? ¿Un Dios que observa, evalúa, premia o castiga según nuestro rendimiento espiritual? La educación en la fe favorece el encuentro con la misericordia, una experiencia en la que descubrimos que somos amados porque somos hijos amados, incluso en nuestra fragilidad.
Evangelizar significa introducir a las personas en esta relación misericordiosa, porque Dios no espera nuestra perfección para amarnos, sino que es precisamente en nuestra pobreza donde manifiesta la riqueza de su amor. Esta es la buena noticia que debemos anunciar: una relación que transforma desde dentro.

Una relación que parte de la humildad del corazón
            La humildad del publicano es la condición que hace posible el encuentro con Dios. Manteniéndose «a distancia» y «sin atreverse siquiera a levantar los ojos al cielo», reconoce la desproporción infinita entre la santidad de Dios y su propia miseria, pero también la confianza en que precisamente este Dios santo se inclina hacia quien se reconoce necesitado.
En cambio, la oración del fariseo está llena de «yo»: «Yo ayuno», «Yo doy el diezmo». Ha construido su identidad religiosa sobre la autoafirmación, la comparación con los demás, la demostración de sus propias obras. Se siente ya lleno, ya llegado, ya justo.
En el campo educativo y evangelizador, la humildad del corazón es la capacidad de reconocerse constantemente necesitado de salvación, de no dar nunca por sentada la propia relación con Dios, de mantenerse abierto al don de su gracia. Es la actitud de quien sabe que la vida cristiana no es una posesión adquirida de una vez por todas, sino un camino diario en el que uno se deja moldear por la misericordia divina.
Como educadores, estamos llamados a testimoniar en primer lugar esta humildad, reconociendo nuestros límites, nuestras fragilidades, nuestra continua necesidad de conversión. Solo así nos volvemos creíbles y creamos espacios en los que también los demás puedan quitarse las máscaras y presentarse a Dios tal como son.

Ser pecadores amados y perdonados
            La conclusión de la parábola es sobrecogedora: «Este, a diferencia del otro, bajó a su casa justificado». El publicano, que no tenía nada que presentar salvo su propia miseria, lo recibe todo. El fariseo, que tenía tanto que exhibir, permanece en su estéril ilusión.
Dios no justifica a quien se cree justo, sino a quien se reconoce pecador. No llena a quien está lleno, sino a quien está vacío. No encuentra a quien no siente la necesidad, sino a quien implora sanación. Es la paradoja evangélica: somos salvados porque, a pesar de ser pecadores, más grande es la misericordia de Dios.
En la educación religiosa contemporánea, la parábola nos indica que cuando reconocemos el pecado, nos abrimos a la gracia que transforma. El pecado no nos aplasta.
Ser pecadores amados y perdonados no es un estatus de inferioridad, sino la condición propia del cristiano. Es la identidad que nos permite vivir en libertad, sin fingir ser perfectos, sin ocultar nuestras caídas, sin construir fachadas de respetabilidad. Es la conciencia de que el fundamento de nuestra vida no reside en lo que hemos hecho, sino en lo que Dios ha hecho y sigue haciendo por nosotros.

Testigos de la misericordia de Dios vivida personalmente
            El publicano que vuelve a casa justificado se convierte inevitablemente en un testigo. No puede callar la experiencia de haber sido acogido, perdonado, levantado. Su vida hablará de esa misericordia que lo ha transformado.
Y es aquí donde se juega la verdadera evangelización. No anunciamos teorías abstractas sobre la misericordia de Dios, sino que testimoniamos una experiencia personal. Hablamos de un perdón que hemos recibido, de un amor que nos ha buscado y encontrado, de una relación que ha dado sentido a nuestra existencia.
Para quien trabaja en el campo de la educación y la evangelización, esto significa ante todo cultivar la propia vida espiritual como experiencia viva de esta misericordia. Antes de ser maestros, debemos ser discípulos; antes de enseñar, debemos aprender; antes de dar, debemos recibir. La credibilidad de nuestro anuncio se mide por la verdad de nuestra experiencia.
Además, significa crear contextos educativos en los que las personas puedan tener esta misma experiencia. No ambientes de juicio, sino de acogida; no lugares donde se deban demostrar méritos, sino espacios donde uno pueda reconocerse frágil; no estructuras donde se adquieran competencias religiosas, sino comunidades donde se experimente la ternura de Dios.
La parábola del fariseo y el publicano nos recuerda que la educación en la fe es esencialmente una introducción a una relación: la que tenemos con un Dios que nos ama con amor misericordioso, que nos espera siempre, que nos perdona siempre, que hace de nuestra pobreza el lugar de su encuentro con nosotros.

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P. Fabio ATTARD

Rector Mayor de los Salesianos de Don Bosco