8 Ene 2026, Jue

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Aguinaldo 2026. «Haced lo que él os diga»
Creyentes, libres para servir

Introducción
a. El primer signo de Jesús es un «portal de ingreso»
b. La irrupción definitiva de Dios en la historia
c. Jesús inaugura una relación de amor, una alianza de bondad y de abundancia
1. MIRAR: Acogida de los signos de los tiempos
a. María no era un huésped «neutro»
b. Los desafíos y las dificultades deben reconocerse y afrontarse, no dejarse de lado
c. La historia es el arca reveladora de la acción de Dios
d. Invitación a la reflexión
2. ESCUCHAR: Arraigados en la fe en Cristo
a. Los acontecimientos deben leerse y vivirse a la luz de Cristo
b. La voluntad de Dios emerge de los acontecimientos que vivimos
c. Un proceso alimentado e iluminado por la Palabra
d. Invitación a la reflexión
3. ELEGIR: Vivir la llamada con libertad
a. Escucha libre junto con una confianza completa
b. Toda acción tiene sentido – logos – solo en y de la Palabra – Logos
c. Peligro de una fe que se adapta a la cultura dominante
d. Invitación a la reflexión
4. ACTUAR: Servir con total generosidad
a. Servir de manera libre porque estamos arraigados en Cristo
b. Cooperadores en el proyecto de Dios para los jóvenes
c. La audacia de la fe
d. Invitación a la reflexión
5. 150 años – Salesianos Cooperadores: el sueño profético de Don Bosco continúa
6. Algunas propuestas pastorales
1. «Haced lo que él os diga»: hacia una pedagogía de la escucha personal
2. María en Caná: educadora de la libertad auténtica
3. El arte de leer los signos del tiempo con los jóvenes
4. Elegir: la libertad cristiana como respuesta vocacional
5. Los 150 años de los Salesianos Cooperadores: un modelo para hoy
Conclusión

Comentario al Aguinaldo 2026

Queridos hermanos,
Hijas de María Auxiliadora,
Miembros todos de la Familia Salesiana,
Jóvenes,

Cada año la cita con el AGUINALDO ofrece la oportunidad a todos los Grupos de la Familia Salesiana de reunirse en torno a un tema particular, para compartir y vivir momentos fuertes de oración y de reflexión, de escucha y de fraternidad. Es un deseo y una esperanza que cada Grupo –y cada una de las personas dentro de él– puedan encontrar alimento para el camino, apoyo para la propia experiencia educativo-pastoral y personal.

Introducción
El AGUINALDO que nos ha acompañado el año pasado, construido alrededor del tema jubilar de la esperanza, nos ha ofrecido, a todos, la oportunidad de mirar al misterio de Cristo como fuente de luz que nos ayuda a contemplar las maravillas de Dios en el momento presente. Hemos vivido momentos que nos han fortalecido en la fe, en lo que el Señor aún tiene que revelarnos, y hemos percibido la esperanza como fuerza del «ya» y como valor del «todavía no». También hemos contemplado cómo para Don Bosco la fuerza de la esperanza le había ayudado y sostenido en su camino de descubrimiento y puesta en práctica del proyecto de Dios.
Hace 150 años la esperanza fue el motor del corazón pastoral de Don Bosco, un corazón capaz de leer los signos de los tiempos y de mirar al mundo sostenido por la fe en Dios. La conmemoración del centésimo quincuagésimo aniversario de la primera expedición misionera salesiana no quiere ser una celebración circunscrita a un momento cronológico. Recordando este momento histórico hemos contemplado cómo el espíritu de Dios, en Don Bosco, ha encontrado un corazón abierto y disponible. La de Don Bosco fue una respuesta que supo superar una visión estrecha y autorreferencial de la vida.
Don Bosco vivía en Turín, pero su corazón y su mente habitaban en el mundo entero. Su esperanza se basaba en la certeza de que –una vez descubierto el proyecto de Dios– no hay otro camino sino seguir su voluntad hasta el final. Contemplando la virtud teologal de la esperanza, que animaba su vida, podemos vislumbrar lo que ya sus primeros discípulos sentían y comentaron más tarde: Don Bosco hombre de fe, Don Bosco creyente, «Don Bosco con Dios».
Este año me gustaría proponer el tema de la fe. Surgió de manera gradual, pero clara, cuando, a principios del mes de junio de 2025, los diversos Grupos de la Familia Salesiana se reunieron para la Consulta Mundial. Las reflexiones compartidas indicaban el tema de la fe: no solo como continuación natural de la esperanza sino como «fundamento» de la misma. Si la fuerza de la esperanza se funda en la fe, una vida verdaderamente llena de esperanza lleva a una más profunda y auténtica relación de fe con Jesús, el Hijo del Padre, hecho hombre por nosotros y que sigue estando presente entre nosotros con la fuerza del Espíritu. Será, pues, como una peregrinación en la fe de toda la Familia Salesiana: juntos para renovarnos, juntos para vivir en el mundo como cristianos (y salesianos).
En su primera Carta encíclica Lumen fidei[1], el papa Francisco ofrece, a este respecto, algunos puntos muy pertinentes. Ante todo, como introducción general al tema de la fe, el papa Francisco nos invita a una corrección de mirada: la fe no como algo teológicamente lejano sino como «una luz por descubrir». Creer, vivir de fe, significa querer caminar en la luz. Fe, entonces, es ese fundamento que tenemos y ese camino que emprendemos, porque realmente queremos vivir la vida de manera bella y sana. Abrazar la fe expresa ese deseo profundo de vivir en la luz, negándose a vivir en la oscuridad, en el vacío, en el no sentido. Escribe el papa Francisco que esta llamada a «recuperar su carácter luminoso» la queremos recorrer «pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre» (n.4).
Esta primera invitación nos interpela directamente cuando reconocemos que nuestra misión es educar a la fe y en la fe. El desafío que surge inmediatamente es muy evidente: ¿Cómo podemos hacerlo si esta fuente de luz se va apagando en mí? ¿Cómo podemos permanecer tranquilos cuando nos damos cuenta de que el apagarse de la luz en nuestro corazón significa, a la larga, dejar a los jóvenes, y a todos los que acompañamos, en las tinieblas más densas?
Además, esta luz tiene algunas características que deben señalarse. Son características que se presentan como apoyos necesarios en los momentos duros y difíciles en el camino de la fe.
Ante todo, por su potencia, la luz de la fe «no puede provenir de nosotros mismos; (sino que) ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios» (n.4). No se trata en efecto de ofrecer cosas humanas, inteligentes y profesionales, sino mucho más. Y, por tanto, esta luz no es nuestra, sino que nos es concedida.
Hay un segundo aspecto, fruto de esta extraordinaria gratuidad divina, y el papa Francisco lo describe en términos a la vez profundos y tiernos: «La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida». La fe no es un producto. Nace no tanto «del encuentro con Dios», sino «en el encuentro con Dios». Un encuentro que hay que vivir como expresión de plena libertad y como fuente continua que nos alimenta con su luz.
Esta breve introducción ya sienta las bases necesarias para situar el tema de la fe dentro de una dinámica relacional. Una dinámica que es típica de nuestro carisma salesiano. La experiencia de la fe en el encuentro con Jesús, Hijo de Dios, emerge como la espina dorsal de nuestras acciones por la fuerza de su Espíritu. A través de esta energía trinitaria somos los primeros beneficiarios de ese don que da forma y significado a todo lo que somos y, en consecuencia, a todo lo que hacemos y proponemos para la salvación de los jóvenes.

«HACED LO QUE ÉL OS DIGA»
Creyentes, libres para servir

Dejémonos guiar este año por una frase del Evangelio de Juan pronunciada por María, precisamente al comienzo del mismo Evangelio. En lo que debía ser una hermosa fiesta de bodas, surge una dificultad: falta el vino. Ante la posibilidad de que una fiesta se convierta en un fracaso, encontramos la reacción que sale del corazón de María: hay que intervenir. Y lo que María hace es simplemente presentar a Jesús la situación real. Pero su hora, la de Jesús, aún no ha llegado. María, la madre solícita, con gran serenidad, invita a los siervos únicamente a prestar atención a lo que Jesús les diga en el momento de «su hora».
Este año os propongo aceptar la invitación de María, con la misma actitud de disponibilidad y de libertad que vemos en los siervos. También nosotros, miembros de los diversos Grupos de la Familia Salesiana, debemos recordar la verdad de nuestra elección e identidad: somos siervos, solo siervos. Y también a nosotros María nos dice hoy: «Haced lo que él os diga». Cualquier cosa que Jesús nos diga, simplemente hay que aceptarla, asumirla y vivirla, sin peros.
Invito a todos, queridas hermanas y hermanos, después de haber vivido la fuerza de la esperanza, esa «esperanza que no defrauda», a permitir que lleguen a nuestro corazón las palabras de María, y a prestar nuestra mirada y nuestra escucha a Jesús, a lo que nos diga, En el conocimiento y la alegría de ser siervos.
Queremos ser sostenidos por la misma fe en llenar hasta el borde las jarras, en llevar el agua transformada en vino a las realidades cotidianas que habitamos y compartimos con todos. Encontrándonos muchos de nosotros en primera línea en situaciones difíciles y en lugares críticos, reconocemos el riesgo de una fe débil, a veces incluso ausente, con las dramáticas consecuencias que luego constatamos, de una falta de compartir el «vino» de la bondad, de la empatía y del amor.

Evangelio de Juan 2, 1-11
A los tres días había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». Jesús le dice: «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora». Su madre dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga».
Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dice: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dice: «Sacad ahora y llevadlo al mayordomo». Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dice: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».
Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.

Vamos directos al pasaje que ha inspirado el título del AGUINALDO, con la meditación del primer «signo» que Jesús realiza en Caná de Galilea, como lo narra Juan (2,1-11).
Tres breves reflexiones introductorias nos ofrecen la clave «hermenéutica» que hace que el pasaje sea significativo para nuestra experiencia personal y comunitaria.

a. El primer signo de Jesús es un «portal de ingreso»
En una de sus audiencias, el Papa Francisco comenta este pasaje con una imagen muy concreta. Dice que el primer signo de Jesús es “una especie de “portal de ingreso”, en el cual se han esculpido palabras y expresiones que iluminan todo el misterio de Cristo y abren el corazón de los discípulos a la fe»[2]. El primer signo de Jesús no es un espectáculo para admirar, es más bien una invitación dirigida al corazón de cada creyente. En él tenemos la llamada a aquellas actitudes que aseguran la asunción de la propuesta de la fe en él, como evocado al final del pasaje: «sus discípulos creyeron en él» (v.11). Este primer signo en Caná va inmediatamente al corazón del mensaje de Jesús: la invitación a apostar nuestra existencia en su palabra. «Caná» es –hoy– la casa donde vivimos, la obra donde vivimos nuestra misión, el grupo de jóvenes, de profesores, de padres que acompañamos. Nosotros somos los siervos y discípulos de las diversas experiencias concretas y cotidianas.
Y como en Caná, también hoy María sigue teniendo una misión fundamental y fundante en este proceso. Ella es quien, caminando con nosotros, nos invita a dar el paso de la fe, una fe libremente asumida para poder ser auténticos siervos. Y este mismo proceso, hecho de fe, libertad y servicio, es el mismo que experimentó Don Bosco durante toda su vida. También Don Bosco, desde el sueño de 9 años, reconoce a María como Madre y Maestra que lo sostenía en su fe, que le dio valor para ser un siervo libre para los jóvenes en el campo indicado por ella.

b. La irrupción definitiva de Dios en la historia
Un segundo punto de reflexión lo ofrece el papa Benedicto XVI partiendo de las palabras que introducen este primer signo: «A los tres días había una boda en Caná» (v.1).
En su libro Jesús de Nazaret, el papa Benedicto dice que aquí nos encontramos en el corazón del misterio de Dios que se manifiesta. La indicación del tiempo es un símbolo de todo el obrar de Dios en la historia. El «tercer día» comunica la anticipación del cumplimiento de la historia de salvación que tiene lugar en la resurrección de Cristo, el tercer día. Tenemos en este preciso momento, dice el Papa, «la irrupción definitiva de Dios en la tierra»[3]. Caná es un lugar que contiene, de manera humilde y oculta, el cumplimiento del proyecto del amor de Dios para la humanidad. Caná es cada lugar al que somos enviados, en cuanto espacio donde Dios sigue haciéndose presente a través de los que escuchan su palabra, la creen y la viven.
Esta reflexión tiene un significado muy significativo para nosotros. Si «Caná» es cada lugar que habitamos, entonces somos nosotros a quienes el Señor llama para ser signos y portadores de su amor a los jóvenes, a la humanidad. Ciertamente no depende de nosotros «la irrupción de Dios en la tierra», pero a nosotros se nos da la oportunidad de facilitarla como don gratuitamente recibido y libremente aceptado. Toda nuestra acción vivida de manera generosa participa en este designio de Dios… pero también toda nuestra resistencia o rechazo corren el riesgo de negar ese «buen vino» a los demás.

c. Jesús inaugura una relación de amor, una alianza de bondad y de abundancia
Un tercer punto introductorio, tomado siempre del papa Benedicto XVI: el ambiente de la fiesta «nupcial» es la dimensión más apropiada que caracteriza la relación de Dios con toda la humanidad, la alianza nupcial por excelencia[4].
En verdad, nos damos cuenta de que Jesús no viene simplemente a dejarnos un mensaje. A través de este primer signo, lo que Jesús está por inaugurar es una relación de amor, un pacto de bondad y abundancia. Jesús nos invita a entrar en una relación viva y vivificante. Con él habitamos un espacio sagrado donde, ante todo, nos descubrimos amados. En esta relación de amor somos positivamente desafiados y animados a seguirlo.
Reconociendo que estamos siempre en busca de ese «vino bueno» que nunca falla, el camino a recorrer es uno solo, el indicado por María: «Haced lo que él os diga». La fiesta nupcial por un lado inaugura una nueva realidad y, por otro, confiere un sello a la nueva y eterna alianza.
Podemos decir que la experiencia de Caná es un verdadero «vientre» en el cual la fidelidad de Dios nos viene al encuentro, completando y llevando a plenitud la búsqueda de amor por parte del hombre. Esto quiere decir que cuando llega la hora, a la propuesta de Jesús se responde obedeciendo (ob-audire), con la escucha de la fe, vivida fielmente.
El banquete se convierte así en el altar que reparte abundantemente el vino nuevo de la Palabra. Una distribución generosa, fruto de la fe vivida con libertad. Siguiendo la invitación de María, esta vida iluminada por la Palabra de Jesús se vive en la forma del servicio para el bien de todos, con plena disponibilidad del corazón.
A la luz del pasaje de las bodas de Caná, son varios los desafíos que el AGUINALDO 2026 nos comunica. Estoy convencido de que la llamada, para cada Grupo de la Familia Salesiana, a vivir mejor su carisma, encuentra en este pasaje del Evangelio estímulos adicionales para ser vivida en favor de los jóvenes y de todos aquellos que comparten la misión salesiana. No solo, sino también para servir a tantas personas en diversas partes del mundo a las que el Señor pide llevar el vino de la esperanza, la alegría de la comunión.

1. MIRAR: Acogida de los signos de los tiempos
Una primera llamada que os invito a acoger, y sobre la cual reflexionar, es acerca de la actitud de María: la mujer atenta a lo que estaba sucediendo a su alrededor. El evangelio nos dice simplemente que «a los tres días había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí» (v.1). El evangelio no da más información. Pero cuando escuchamos estas pocas palabras y las relacionamos con su reacción, comenzamos a entrever algunos elementos significativos del corazón de María.

a. María no era un huésped «neutro»
Su presencia era atenta y viva a todo lo que sucedía a su alrededor. En términos figurados, pero densos, podemos decir que María abrazó el tiempo y la historia de aquellos que la quisieron como invitada a su fiesta de bodas. María podía tranquilamente sentirse una persona que no debe entrometerse, aunque intuía la triste consecuencia de la falta de vino. Sin embargo, eligió no permanecer indiferente.
He aquí un primer aspecto sobre el cual nosotros –como seguidores de Jesús– estamos llamados a interrogarnos: ¿en qué medida nos sentimos interpelados con respecto a los acontecimientos de la historia que estamos viviendo y en los lugares que habitamos? ¿Qué posición tomamos allí donde también podemos elegir permanecer alejados porque en algunas cosas «no me toca», «no son mi responsabilidad»? A la luz de lo que María ha hecho, ante los desafíos que nos rodean, nos sentimos profunda y personalmente interpelados. En una cultura de anonimato e indiferencia, ¡reconocemos que también nosotros corremos el riesgo de vivir opciones bajo el signo de lo «políticamente correcto»!
Abrazar el tiempo y la historia como actitud existencial implica algunas exigencias que solo a la luz de la fe en Cristo podemos captar y asumir.
En el campo educativo-pastoral esta elección de María es para nosotros una llamada fuerte y amable a no caer en esa indiferencia que no solo justifica las cosas, sino también pasiva e indirectamente las favorece. ¿Cuántas veces encontramos incluso a gente llamada ‘de Iglesia’ que ante el drama de los refugiados, de los pobres, de los vulnerables, se retiran en su buena vida considerándolos solo como molestias y descarte?

b. Los desafíos y las dificultades deben reconocerse y afrontarse, no dejarse de lado
Así hizo María en Caná. ¡Cuántas veces nos sucede que –ante situaciones imprevistas de incomodidad– en lugar de afrontarlas con la fuerza de la serenidad y de la pasión apostólica nos distanciamos, justificándonos demasiado fácilmente! El peligro es que, poco a poco, esa inercia pastoral pueda convertirse en «cultura» también entre nosotros. Esperamos –y pedimos con fuerza– que los demás hagan su parte, tal vez les echamos la culpa, y así creemos anestesiar nuestras conciencias, fingiendo creer que no tenemos nada que ofrecer, o no estamos llamados a intervenir.
Cuando el pobre llama a la puerta, no podemos hacer la vista gorda. Para nuestro padre y maestro Don Bosco su respuesta no partía de los cálculos de los medios, sino de la disponibilidad de su corazón, que estaba en sintonía con los jóvenes de su tiempo. Desde el principio fue movido por el deseo de entrar en contacto con ellos, pobres y necesitados como eran. Tengamos mucho cuidado de no dejarnos llevar por la perspectiva de una vida consagrada y pastoral fuertemente condicionada por una mentalidad burguesa y selectiva. El pobre no lo escogemos nosotros, sino que nos es enviado por la Providencia. Acoger a los jóvenes pobres y hacer todo lo posible por ellos, es una llamada que debemos tomar en serio.

c. La historia es el arca reveladora de la acción de Dios
Un tercer punto de partida que tomamos de la acción de María es la conciencia de que, en los momentos pequeños y humildes, cuando se viven con generosidad, la historia se convierte en un arca donde se revela la acción de Dios. Una simple atención materna, una invitación urgente a los siervos, preparan el terreno para la hora de Jesús, para su primer signo. ¡Cuánto nos sorprende el Señor cuando estamos atentos a los detalles de la existencia humana, especialmente cuando estamos con los pobres y necesitados! ¡Cuántas vidas han experimentado el bálsamo de la misericordia de Dios a través de gestos de atención por parte de educadores y educadoras que con bondad materna regalaron una sonrisa, una palabra de aliento, en lugar de miradas de condena o palabras humillantes!
Toda la experiencia de Don Bosco nos comunica que «el patio», tanto físico como metafórico, es el lugar de la revelación de la bondad de Dios. El amor lo comunicamos viviéndolo de manera serena cuando estamos presentes entre y para los jóvenes, que así se sienten reconocidos, apreciados y amados. El compartir se construye en las relaciones con nuestros colaboradores y colaboradoras cuando nos piden esos «cinco minutos» de escucha. La sabiduría pastoral y educativa pasa por la cotidianidad de los gestos, vividos con un corazón abierto, disponible, atento y lleno de afecto.
Vale la pena recordar aquí una reflexión, más que nunca actual, ofrecida por el salesiano Dominic Veliath sobre el contexto de Asia Sur[5]. Escribe:

El carisma salesiano está todavía en peregrinación. Cada peregrinación implica una cierta cantidad de riesgo; a veces uno es desafiado a aventurarse por lo que puede parecer aún un camino inexplorado. Es en este contexto que, cada salesiano, incluido el salesiano en el contexto de Asia Sur, confiado en la presencia permanente del Espíritu de Dios, arraigado en el carisma salesiano y en comunión fraterna con toda la Congregación salesiana, es llamado a continuar su camino con un poco de esa confianza que ha sido tan perspicazmente descrita por el poeta Antonio Machado en su poema ‘Caminante no hay camino’: «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar».[6]

María, la mujer atenta a lo que estaba sucediendo a su alrededor, nos invita a no permanecer alejados, indiferentes a las necesidades de aquellos a quienes el Señor nos pide que acompañemos.

d. Invitación a la reflexión
– Como comunidades y grupos, preguntémonos si tenemos espacios y momentos en los que juntos reflexionemos sobre las pobrezas que nos rodean.
– Preguntémonos si nuestro estilo de vida es realmente un testimonio auténtico para los que nos conocen, para los que servimos, a veces verdaderos pobres en alma y cuerpo.
– Preguntémonos si los pobres son números y un objeto de ideología y estrategia pastoral, o si somos para ellos servidores con los medios que tenemos. ¿Cómo somos de generosos con nuestros «cinco panes y dos peces»?

2. ESCUCHAR: Arraigados en la fe en Cristo
María, atenta a lo que pasaba a su alrededor, dice a los siervos: «haced lo que él que os diga». (v.5) La invitación es clara y simple. Pero sabemos que también es muy difícil. Se trata no solo de reconocer los acontecimientos, con sus urgencias y necesidades, sino de leerlos a la luz de la fe en Cristo. La mayoría de las veces hacemos bien la lectura de los acontecimientos, de manera profesional y competente, con análisis generalmente bien desarrollados y precisos, a nivel -por así decirlo– «horizontal». Pero para nosotros que seguimos a Jesús este nivel –que nunca debe faltar– tiene que ir absolutamente acompañado por el «vertical». Qué fácil es que, para responder a las diversas emergencias, emprendamos el camino de una actividad frenética en favor de los pobres y de los necesitados, y a la larga, muchas veces, terminamos siendo absorbidos en un abismo de activismo que ya no nos deja tiempo para mirar el rostro de los que queremos servir, ¡ni siquiera el rostro de Aquel que nos ha llamado a servirles en su nombre!

a. Los acontecimientos deben leerse y vivirse a la luz de Cristo
María invita a una respuesta que ciertamente se enfrenta a la dificultad inesperada, pero con una indicación muy clara: «haced lo que él os diga». El énfasis primario no está en lo que uno debe hacer, ¡sino en Aquel que dice lo que uno debe hacer! Los acontecimientos deben leerse y afrontarse a la luz de Cristo. Esta es una indicación irrenunciable, así como también una fuente de energía verdadera para quien cree. Hay varias maneras de responder a la pobreza. El creyente opta por esta: actuar partiendo de la Palabra de Jesús. Para el creyente en Cristo vale lo que tantos santos de la caridad han transmitido con su vida y testimonio. Nuestro padre Don Bosco lo transmitió claramente: actuar en el nombre de Jesús.
Es de gran importancia, para nosotros, lo que los primeros salesianos han conservado en su recuerdo de la figura de Don Bosco, sobre todo en sus aspectos más profundos espirituales y místicos. En un artículo de las Constituciones salesianas, el artículo 10, que abre la sección sobre el espíritu salesiano, encontramos la síntesis de esta llamada que Don Bosco vivió de manera auténtica:

Artículo 10:
Don Bosco vivió y nos transmitió, por inspiración de Dios, un estilo original de vida y de acción: el espíritu salesiano.
Su centro y síntesis es la caridad pastoral, caracterizada por aquel dinamismo juvenil que tan fuerte aparecía en nuestro Fundador y en los orígenes de nuestra Sociedad. La caridad pastoral es un impulso apostólico que nos mueve a buscar las almas y servir únicamente a Dios.

b. La voluntad de Dios emerge de los acontecimientos que vivimos
En esta dinámica, arraigada en Cristo, surge una experiencia que progresivamente nos hace desvelar el plan de Dios. La voluntad de Dios surge de dentro de nuestra colaboración en los acontecimientos que vivimos en él y por su causa. Y cuando en sinceridad somos y actuamos a partir de su mirada, el Señor de la vida nos sorprende, siempre, de la manera más inesperada. Creer entonces no es una elección que asegura éxitos y triunfos; creer es confiar en sus manos, es crecer en la segura certeza que proviene de un corazón guiado por la divina providencia. Si en lugar de esta elección radical entra la lógica del cálculo, entonces todo toma otra dirección, cuya meta no conocemos. María sigue siendo la guía de una confianza total y confiada. Así ha sido, así continúa siendo.
En el episodio evangélico que estamos meditando, en efecto, no encontramos ninguna palabra de duda o de desconfianza, ni siquiera de resignación por parte de los siervos: solo gestos de confianza, plena y total:

Su madre dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga».
Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dice: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dice: «Sacad ahora y llevadlo al mayordomo». Ellos se lo llevaron. (vv.5-8)

Son versículos que comunican –en el silencio total de los protagonistas–una disponibilidad, una prontitud y una generosidad que pueden también dejar un poco perplejos. ¡En cambio no! es la reacción de quien elige apostar por la Palabra escuchada. Es la posición de quien realmente cree. Es la elección de quien no está ahí para hacer preguntas o, peor aún, condiciones. ¡Aquí está el siervo fiel!

c. Un proceso alimentado e iluminado por la Palabra
Finalmente, tomemos un dato que nosotros los creyentes no podemos perder: este es un proceso que se sostiene porque está continuamente alimentado e iluminado por la Palabra. Interpretar todo a la luz de Dios y contemplar su voluntad en los acontecimientos que se revelan ante nosotros, no es un dato automático. Requiere un corazón en sintonía con el poder de la Palabra. Esta es una necesidad que en una cultura como la nuestra –donde la eficiencia prevalece sobre la eficacia y donde el resultado se considera más importante que el proceso– nos arriesgamos continuamente a subestimar, procediendo directamente a hacer, incluso con las mejores intenciones. La consecuencia es que el punto de referencia –la Palabra meditada y contemplada– se hace cada vez más débil y a la larga se considera incluso como tiempo perdido.
¿Cuántas veces escuchamos decir, incluso en nuestras comunidades religiosas, que no tenemos tiempo para la meditación porque estamos muy ocupados con los compromisos pastorales? Y cuanto más grandes son los compromisos, tanto más abandonamos la amistad con la Palabra. El resultado, por desgracia, es una autorreferencialidad pastoral que se refuerza en nombre de la acción y de los compromisos pastorales. En correspondencia a lo que una vez el papa Francisco definió como «mundanidad espiritual», nosotros corremos un riesgo muy similar, el callejón sin salida de la «mundanidad pastoral». Es decir, hacemos con gran empeño el trabajo de Dios, pero a la larga olvidamos al Dios que inicialmente nos llamó para servirle. Qué tragedia cuando, creyendo servir a Dios en los pobres, acabamos por justificar su propia irrelevancia. ¡Terminamos elevando a ídolos nuestros propios proyectos pastorales!
Quisiera ofrecer aquí una reflexión sobre la fuerza y centralidad de la Palabra de una santa de la caridad que muchos de nosotros hemos encontrado: Madre Teresa de Calcuta. Escribe a sus hermanas palabras que valen también para nosotros hoy:

Me preocupa que alguno de vosotros todavía no se haya, realmente, encontrado con Jesús –cara a cara– tú y Jesús a solas. Podemos pasarnos tiempo en la capilla, pero ¿habéis visto con los ojos de vuestra alma como Él os mira con amor? ¿Conocéis realmente al Jesús vivo, no a través de los libros sino por estar con Él en vuestro corazón? ¿Habéis oído las palabras llenas de amor con que Él os habla?… Nunca abandonéis este contacto diario e íntimo con Jesús como persona real y viva –y no simplemente como una idea. ¡Cómo podernos pasar un solo día sin oír a Jesús diciendo «te amo»! ¡Imposible! Nuestra alma lo necesita tanto como el cuerpo necesita respirar el aire. De lo contrario, la oración está muerta y la meditación es tan solo una reflexión. Jesús quiere que cada uno de nosotros le escuche, hablando en el silencio de vuestro corazón. Estad alerta de todo lo que pueda bloquear ese contacto personal con Jesús vivo.[7]

La calurosa invitación de santa Teresa de Calcuta está dirigida a quien quiera hacer de la fe la fuente de su identidad y de sus acciones. Ser creyentes nos pone en el corazón de la historia para que, como protagonistas, acojamos y vivamos la historia, y en la historia, a la luz de Cristo. Solo así –alimentados y nutridos con el sustento de la Palabra – podremos constatar con asombro que la voluntad de Dios emerge más límpida ante nuestros ojos.

d. Invitación a la reflexión
– ¿Reconocemos lo fácil que es responder a las necesidades de los pobres y ofrecer procesos educativo-pastorales sin una lectura previa humana y espiritual de la situación?
– Como comunidades y grupos, ¿reconocemos la urgencia del valor de «perder» tiempo para reflexionar y orar antes de actuar? El valor de las propuestas reside en las raíces que alimentan al árbol para que dé frutos buenos y duraderos.
– ¿Hemos interiorizado que servir a los pobres es consecuencia de nuestro encuentro con Cristo, porque son ellos mismos quienes nos devuelven a Él para servirles aún más?
– ¿Nos damos cuenta constantemente de que el peligro de la «mundanidad pastoral» al final alimenta nuestro ego, con la consecuencia de que, en lugar de servir a los pobres, terminamos sirviéndonos de los pobres?

3. ELEGIR: Vivir la llamada con libertad
El relato del «signo» de Caná ofrece ulteriores pistas que arrojan más luz sobre nuestra experiencia de fe vivida, como guía y llamada para nuestros caminos educativo-pastorales. Los siervos escuchan, acogen y obedecen, como María les había pedido. Su actitud y sus opciones son como la realización de otra declaración de Jesús, cuando –en el episodio lucano de la «mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «! Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen ¡» (Lc 11,27-28).
Ahí está la clave. Es importante y decisivo sentirse parte de la historia de la humanidad, acogiendo y «leyendo» los signos de los tiempos; es absolutamente necesario estar arraigados en la fe en Cristo. Pero la verdad de estas dos actitudes se evidencia al máximo grado en el momento en que se acoge y se vive la Palabra. Surge entonces el camino de una fe auténtica, marcada por un crecimiento sano y sólido.

a. Escucha libre junto con una confianza completa
El momento de cambio está marcado por esa escucha libre marcada por una confianza completa. Las frases del evangelio tienen una carga muy fuerte y un significado siempre actual.

Jesús les dice: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dice: «Sacad ahora y llevadlo al mayordomo». Ellos se lo llevaron (Jn 2,7-8)

Cuando uno confía en Jesús, no hay lugar para más. De hecho, la disponibilidad humana se hace aún más plena y alegre, más pronta y generosa. El autor del evangelio ofrece un detalle que, como educadores y pastores, no podemos dejar de notar: «(las tinajas) las llenaron hasta arriba» (v.7). Hasta arriba, más allá de la ya gran cantidad de litros de las tinajas. Vale la pena ser generoso, siempre, de una generosidad «desbordante». Cuando Jesús llama, se sigue así, obedeciendo –ob-audire– con libertad y sin medida, una y otra vez, como señala la continuación del Evangelio: «Entonces les dice: “Sacad ahora y llevadlo al mayordomo”. Ellos se lo llevaron» (v.8).
Creo que muchos de nosotros, en nuestra vida, como niños y jóvenes, pero también creo que como adultos, hemos tenido la alegría de conocer a personas que nos recuerdan la generosidad de estos siervos. Personas que todavía llevamos en el corazón y en la mente, no tanto por las cosas que han hecho, sino por la actitud libre y generosa que nos han transmitido. Ciertamente nos han marcado, porque su corazón estaba habitado por la presencia de Jesús, tenían un corazón iluminado y guiado por la Palabra y alimentado por la Eucaristía.

b. Toda acción tiene sentido – logos – solo en y de la Palabra – Logos
En los siervos captamos lo que hoy se nos pide, si realmente queremos ofrecer una experiencia de crecimiento integral a aquellos a quienes estamos llamados a servir. Seremos auténticos educadores y pastores solo cuando toda nuestra acción adquiera sentido (razón, motivo, logos) en y de la Palabra (Logos). Solo en una práctica de vida entretejida de palabras y acciones que se dejan contagiar por la Palabra, podemos ir más allá del muro de la indiferencia y de la apatía, tan difundidos hoy. Cuando vemos que falta el vino de la esperanza y de la verdadera alegría, cuando nos sentimos impotentes frente a tantos desafíos reales que encontramos cada día, la tentación es la de defendernos distanciándonos, y hacer lo mínimo.
Pero hay otra opción, que es evangélica y salesiana: «abandonarse» y «confiar» en su palabra… Como nos testimonian los siervos, como nos testimonian Don Bosco y tantos salesianos conocidos, con sus opciones concretas, siempre precedidas por una atención precisa y sistemática a las fuentes de su vida. Todo surge de este espacio sagrado y profundo. Han sido discípulos y siervos que, de su vida, por y con los demás, han hecho una experiencia que prolongaba su relación con Jesús, vivida con la fuerza de su Palabra. Su devocionalismo no era abstracto o pietismo emocional, sino expresión y síntesis de madurez humana y espiritual, de clarividencia inteligente y sabia, de empatía humana e impulso místico. En su experiencia vivida con una personalidad fuerte y determinada no vemos signos de debilidad, de resignación pasiva. Podemos decir que su protagonismo lo han vivido dentro de un marco relacional marcado por la gracia de unidad, un marco existencial profundamente humano y profundamente divino. Al obedecer no han renunciado a su personalidad en absoluto, sino que la han moldeado a través de ella. Su confianza en la palabra de Jesús, como la de los siervos, sigue ofreciéndonos vino nuevo que inaugura una vida nueva, tanto para nosotros como para nuestros jóvenes.

c. Peligro de una fe que se adapta a la cultura dominante
Y aquí reconocemos la invitación a no sucumbir al peligro de una fe que se adapta a la cultura dominante. La dimensión profética de nuestra misión debe tener en cuenta un contexto como el actual que «tira hacia abajo», lo inmediato, lo útil y provechoso, lo que gratifica aquí y ahora, cuando no lo más cómodo. La palabra de Jesús a los siervos podía ser «manejada» y «tratada» de manera únicamente humana, con una desconfianza más que nunca plausible y «razonable». El resultado habría sido muy diferente, podemos imaginar fácilmente.
Cuántas veces también a nosotros hoy nos sucede que –ante desafíos pastorales urgentes– el razonamiento humano toma el control. Una lectura solo horizontal, en sí misma construida con arte, termina por despotencializar, hasta excluir, una lectura de fe de los desafíos que estamos llamados a afrontar. Por un lado, somos conscientes de que los estudios y las investigaciones sobre los jóvenes nos invitan a escuchar su búsqueda de sentido, pero por otro –a esta conciencia que pide una respuesta profética– nos limitamos a dar o una respuesta solo horizontal, tal vez respondiendo solo a una necesidad en lugar de la pregunta implícita de sentido.
Se tiene la impresión de que, a veces, proyectamos sobre los jóvenes nuestros miedos, porque nos incomoda afrontarlos y superarlos, nos saca de nuestras zonas de confort. Permaneciendo en la vertiente puramente humana y racional, o de la cultura dominante, nos sentimos superficialmente justificados, mientras nuestros jóvenes permanecen gritando en el desierto.
Leyendo la historia de los comienzos en Valdocco, en la casa Pinardi desde 1847 en adelante, vemos que Don Bosco ofrece a los jóvenes experiencias fuertes y sólidas. Buscaba jóvenes pobres y sin hogar para darles lo mínimo necesario: comida, vivienda, educación. Pero ya desde el principio Don Bosco era consciente de que había que ofrecer propuestas que hoy llamamos «integrales». Pietro Braido escribe:

Humilde en sus orígenes, la primera institución de Don Bosco crecía lentamente, pero con creciente vigor y notoriedad, como el grano evangélico de mostaza. Pero era debida a un operador de tal fuerza interior, de tan sólida fe humana y cristiana, de sobresaliente capacidad para el cambio e irradiación, que concluía dando de sí imágenes mucho más amplias que la efectiva realidad. Ocurriría otro tanto en el futuro.[8]
No trabajaba, sin embargo, solo para la publicidad. En la obra de recuperación y potenciación religiosa, moral y, por tanto, civil de la juventud sobre todo trabajadora, los «pobres artesanitos», solía recurrir también a medios vigorosos, como los ejercicios espirituales. Ya en 1847 había tenido una primera experiencia con los oratorianos… Ciertamente más atestiguada por el mismo Don Bosco fue la repetición de una experiencia análoga en 1848. Había implicado, para una buena parte de los cincuenta participantes, la permanencia día y noche en los locales del Oratorio, hecha posible por la disponibilidad de toda la casa Pinardi.[9]

Para que nuestra respuesta esté llena de fe en la palabra de Jesús, urge que acojamos esta invitación con gran disponibilidad, tanto hacia Aquel que nos llama como como respuesta a los que están esperando. Nuestra vacilación, nuestras dudas, no deben tener la última palabra.

d. Invitación a la reflexión
– Comprometámonos para que nuestra vida de fe tenga la forma de una relación marcada por la libertad y el abandono confiado.
– Hagamos un examen de conciencia sobre nuestras motivaciones, si están arraigadas y alimentadas por la Palabra (Logos), libres de motivaciones autorreferenciales.
– Desarrollemos nuestra capacidad intelectual siempre a la luz de la sabiduría de Dios. Que nuestra inteligencia no oscurezca y debilite la voz profética de la Buena Nueva.

4. ACTUAR: Servir con total generosidad
Las bodas de Caná fueron una «fiesta» enriquecida por la respuesta confiada y generosa de los siervos a la invitación de María de hacer lo que Jesús les dijo que hicieran. Cuando el servicio está marcado por la entrega generosa de sí mismo, una generosidad arraigada en la fe, los resultados son un regalo para todos. Podemos comprobarlo en los diversos procesos educativo-pastorales llevados a cabo por personas dedicadas a la misión, por colaboradores y colaboradoras que se sienten parte viva del carisma y del proyecto pastoral salesiano. Dedicación y pertenencia que son verdadera y real asunción de la llamada, realización de ella, no un simple apéndice. Al final, son estas opciones de fondo las que dan alma a todo camino de crecimiento integral de los jóvenes. Son opciones que condicionan positivamente el resultado.

a. Servir de manera libre porque estamos arraigados en Cristo
No hay libertad más auténtica y verdadera que la que emana de esta relación con Él. La alegría del siervo libre surge de un corazón que ya ha encontrado el centro de su identidad. El siervo que se alimenta de la fuente que es Cristo, no tiene intenciones o motivaciones alternativas. Vive bien su servicio sin necesidad de depender de la búsqueda de gratificaciones personales que vienen del exterior. Su corazón ya está lleno de Aquel que lo ha llamado y enviado, y esto es más que suficiente.
Su donación, por lo tanto, es límpida, y por eso comunica externamente ese sentido de libertad interior. De aquí viene el verdadero gozo que todo verdadero siervo de los jóvenes lleva consigo. Somos portadores del vino bueno, somos «signos y portadores del amor de Dios a los jóvenes, especialmente a los más pobres» (Const 2), no porque lo hayamos producido nosotros, sino porque creemos que nos ha sido dado gratuitamente. Se nos pide solamente que no lo mantengamos como propiedad personal, sino que lo distribuyamos con generosidad. La alegría que comunicamos cuando estamos arraigados en Cristo es una alegría que nos es dada en abundancia, pero con la promesa de que esta alegría llega a ser plena al compartirla. La promesa de Jesús en la última cena continúa apoyándonos en este servicio:

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud (Jn 15,9-11)

En estos meses pasados del Jubileo del Año Santo 2025 muchos de nosotros hemos vivido o seguido de cerca la experiencia del Jubileo de los Jóvenes, entre finales de julio y principios de agosto. Hace efecto recordar aquí las palabras que san Juan Pablo II escribió en su carta apostólica, Novo millennio ineunte, al final del Año Santo 2000, donde encontramos un comentario sobre el Jubileo de los jóvenes de aquel año, 2000. Son palabras en honor a la alegría. parecen escritas para nosotros hoy, luchando con los jóvenes nacidos alrededor del milenio:

¿No es, tal vez, Cristo el secreto de la verdadera libertad y de la alegría profunda del corazón? ¿No es Cristo el amigo supremo y a la vez el educador de toda amistad auténtica? Si a los jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, ellos lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje, incluso si es exigente y marcado por la Cruz. Por eso, vibrando con su entusiasmo, no dudé en pedirles una opción radical de fe y de vida, señalándoles una tarea estupenda: la de hacerse «centinelas de la mañana» (cf. Is 21,11-12) en esta aurora del nuevo milenio (NMI 9).[10]

Sí, los jóvenes siguen buscando a quien tiene el valor y la convicción de la fe en Cristo. No falta la búsqueda por parte de los jóvenes. Necesitamos personas, adultas en la fe, dispuestas a presentar el rostro de Jesús como siervos y peregrinos. Necesitamos educadores y pastores dispuestos a escuchar y vivir la buena noticia.

b. Cooperadores en el proyecto de Dios para los jóvenes
A través de este servicio convencido y gozoso nosotros, educadores y pastores, nos convertimos en cooperadores en el proyecto de Dios para los jóvenes. Como María, también nosotros hemos tomado la decisión de no alejarnos de lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Elegimos ser parte de la historia de los jóvenes. Porque estamos convencidos de que estos jóvenes, hoy más que nunca, llevan en su corazón la pregunta «¿dónde vive el Señor?». Lo están buscando quizás sin saberlo. No tienen el vocabulario para decirlo, pero tienen esa sed profunda que no deja el corazón en paz. Si falta el lenguaje correcto, seguramente no falta el corazón inquieto.
Cuán grande es nuestra responsabilidad, de nosotros que hemos encontrado a Jesús, que con Jesús nos detenemos frecuentemente, ¡cada día! Pero solo cuando este encuentro lo vivimos con fidelidad y consistencia, logramos entender y comprender la demanda silenciosa de los jóvenes. En esta lógica de un «silencio que interpela de manera ensordecedora», los auténticos educadores y pastores comunican con su testimonio y su fidelidad aquella chispa que solo sabe encender los corazones. A nosotros se nos ha entregado el «talento» de la buena noticia. ¡Ay de nosotros si lo descuidamos, o, peor aún, si lo enterramos!
En su breve pero intensa vida, Simone Weil (1909-1943), –filósofa, activista política y mística francesa, mujer desesperadamente en búsqueda–dejó una marca profunda en el pensamiento filosófico francés del siglo XX. En un cierto período de su vida estuvo en contacto con el padre Joseph-Marie Perrin, dominico. De esta experiencia ella escribe en su diario:

No es por la forma en que un hombre habla de Dios, sino por la forma en que habla de las cosas terrenas, como se puede discernir mejor si su alma ha permanecido en el fuego del amor a Dios.[11]

Es una frase lapidaria que se adapta muy bien a nuestros contextos educativos pastorales. La mayoría de las veces nuestros encuentros con los jóvenes y con todos aquellos que el Señor nos hace encontrar son hechos de un simple contacto humano, disponibilidad generosa sobre necesidades y temas inmediatos. Sin embargo, ese espacio de clara humanidad se convierte en lugar de revelación del amor de Dios: en esos momentos ocupamos un «terreno sagrado» que no hay que pisotear. En los patios del mundo, nuestra presencia no es solo física, sino que lleva lo que nuestro corazón encierra. Incluso hablando de «cosas terrenales», sin saberlo comunicamos «quién» o «qué» en nuestro corazón hemos acogido y hospedado. En estos momentos sencillos, nuestra presencia, portadora de un corazón sano, facilita de manera sorprendente el desvelamiento del proyecto de Dios para cada joven con que nos cruzamos. Bienaventurados nosotros si somos continuamente conscientes de ello. Bienaventurados los jóvenes que se encuentran con estos siervos creyentes, generosos y llenos de alegría verdadera y auténtica.

c. La audacia de la fe
Por último, no hay que tener ni miedo ni vergüenza: favorezcamos a nivel personal y comunitario la audacia de la fe. No se trata de una actitud que desafía al mundo, mucho menos un fundamentalismo sin sentido. Se trata, más bien, de una opción que nos radica en Cristo, y así vamos al encuentro del mundo. No se trata de oponerse, sino de favorecer espacios de fraternidad, promover la cultura del diálogo, vivir relaciones marcadas por la compasión y la empatía.
En un pasaje de la encíclica Lumen fidei, el papa Francisco se detiene sobre la potencialidad de una fe que no pretende conquistar sino colaborar al bien común. Como portadores de un carisma que educa y evangeliza, la reflexión del Papa nos ilumina y nos impulsa a seguir adelante.

La fe no aparta del mundo ni es ajena a los afanes concretos de los hombres de nuestro tiempo. Sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres. La unidad entre ellos se podría concebir solo como fundada en la utilidad, en la suma de intereses, en el miedo, pero no en la bondad de vivir juntos, ni en la alegría que la sola presencia del otro puede suscitar (n.51).

El Papa recuerda que esta toma de posición se convierte en un don inestimable por sus consecuencias sociales. Esta llamada para nosotros, Grupos de la Familia Salesiana, es crucial porque nos advierte del peligro de considerar «la fe» como una «propiedad privada», que tenemos en contraposición a los demás. Ese no es el sentido de la llamada. Recordando el contexto de la fiesta de Caná, el vino es para todos, incluso para los que no han hecho bien los cálculos, también para los que han entrado sin saber en la fiesta, y para los mendigos de paso. La fe en Cristo, como el vino nuevo, inaugura la fiesta de la alianza. He aquí las palabras del Papa Francisco:

La fe permite comprender la arquitectura de las relaciones humanas, porque capta su fundamento último y su destino definitivo en Dios, en su amor, y así ilumina el arte de la edificación, contribuyendo al bien común. Sí, la fe es un bien para todos, es un bien común; su luz no luce solo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza (n.51).

La audacia de la fe es una confirmación de que queremos tomar en serio la llamada a ser cooperadores en el proyecto de Dios para los jóvenes. Esta llamada Don Bosco la vivió con una extraordinaria conciencia y lo hizo convertirse en sistema, proyecto, experiencia familiar. La suya era una audacia que le hizo decir (y vivir): «En las cosas que benefician a la juventud precaria o sirven para ganar almas a Dios, yo corro adelante hasta la temeridad».[12]
La audacia de la fe la vivimos para favorecer un futuro marcado por la esperanza. La audacia de la fe que encuentra sus raíces en el corazón del educador, del pastor, que nunca deja de amar, de esperar, de querer bien a su rebaño.

d. Invitación a la reflexión
– No tengamos miedo de interrogarnos a nivel íntimo y sincero si realmente estamos sirviendo a los jóvenes o si estamos usándolos para nuestra agenda y por razones personales.
– Llamados como Comunidad a educar con el corazón del buen pastor, nos esforzamos por encontrar momentos que fortalezcan en nosotros la conciencia de que nuestra presencia y nuestra contribución están destinadas a favorecer el descubrimiento del proyecto de Dios para cada joven.
– Recordando la frase de Simone Weil, ¿mi alma está habitando en el fuego del amor de Dios? Si no habito en este horno de amor de Dios, poco importa donde es la alternativa, ¡dónde decido vivir!

5. 150 años – Salesianos Cooperadores: el sueño profético de Don Bosco continúa
Os invito a mirar la conmemoración del 150° de la fundación del Salesianos Cooperadores como una experiencia que prolonga la palabra de María a los siervos: «Haced lo que él os diga».
Las reflexiones hechas hasta aquí las podemos ver actualizadas en el proyecto que Don Bosco maduraba desde el inicio de su misión en Valdocco.
i. El corazón de Don Bosco era un corazón abierto a acoger los signos de los tiempos, con sus desafíos y oportunidades.
ii. Desde el principio era un camino arraigado en la fe en Cristo, y esta experiencia personal suya tenía únicamente en Cristo su punto de partida.
iii. La propuesta que iba madurando tenía como objetivo ofrecer a los jóvenes y a sus primeros colaboradores una llamada a descubrir y vivir su proyecto de vida con libertad.
iv. En un ambiente sano y santo, donde la razón (racionalidad) y la fe (religión) se alimentaban mutuamente en un contexto de amor, este camino tenía el único propósito de servir a los jóvenes con completa generosidad y de amarlos sin condiciones.
En las últimas décadas hemos tenido varias ocasiones y momentos de reflexión que nos están ayudando a contemplar la experiencia de los Salesianos Cooperadores a la luz del carisma salesiano. Me refiero a tres fuentes que durante este año pueden alimentar tantos momentos de estudio y reflexión, como también de búsqueda hacia nuevas y creativas propuestas pastorales.

Don Pietro Braido dedica varias páginas a los Salesianos Cooperadores[13]. Aquí solo quiero mencionar algunas ideas para una visión de conjunto que nos ofrece una memoria proyectada más allá de la inmediatez histórica y temporal. Si hacemos verdadera memoria de las opciones de Don Bosco, nos damos cuenta que el tema del AGUINALDO 2026 está en plena sintonía con su acción, siendo él siempre atento y obediente a la dirección del soplo del Espíritu de Dios.
La idea de Don Bosco era crear una verdadera fuerza misionera organizada, un «ejército potencialmente ilimitado de personas, hombres y mujeres». La característica revolucionaria era que estos miembros compartirían la misión salesiana permaneciendo en el mundo, sin la obligación de los votos religiosos (pobreza, castidad, obediencia) ni de la vida comunitaria típica de los religiosos. Estaban llamados a vivir una fe «evangelizadora y civilizadora» en su contexto cotidiano.
Desde los inicios del Oratorio, Don Bosco siempre había podido contar con la colaboración de sacerdotes y laicos. La verdadera novedad estaba en dar a esta colaboración una forma oficial y estructurada: una Asociación o Unión eclesial. Esta entidad habría sido formalmente «agregada» a la Sociedad Salesiana, creando un vínculo espiritual y jurídico reconocido.
La idea no surgió de la nada. Ya en los borradores de las Constituciones Salesianas de los años 60, Don Bosco había previsto un capítulo sobre los «Socios Externos». Aunque esta propuesta fue inicialmente rechazada por las autoridades vaticanas, Don Bosco no se rindió. Él quería transformar una red de ayudas espontáneas e informales en una familia espiritual reconocida, con una identidad precisa y un papel activo en la misión salesiana.

En la ‘Introducción’ de 1854 al ‘Plan de reglamento para el Oratorio masculino de S. Francisco de Sales’, Don Bosco expresaba la esperanza de que el «servir de norma (…) para administrar esta parte del sagrado ministerio, y de guía a las personas eclesiásticas y seglares que con caritativa solicitud en buen número consagran allí sus fatigas». Efectivamente, se había multiplicado el número de colaboradores eclesiásticos y laicos, a quienes amaba recordar. (Braido, 180)

La original visión de Don Bosco todavía nos interpela, porque nos invita a renovar hoy ese mismo espíritu apostólico que él soñaba como base y fundamento. Para Don Bosco la figura del Salesiano Cooperador era como una figura poliédrica con una identidad y una misión bien precisas.
Su identidad era la de un salesiano en el mundo: cristiano (laico, sacerdote, hombre o mujer) que vive el espíritu salesiano en su propia condición de vida, en familia y en sociedad. No es un religioso, pero comparte con los religiosos salesianos el mismo corazón y la misma pasión por la salvación de los jóvenes.
Su misión tenía un doble objetivo: el de la santificación personal («hacer el bien a sí mismos»: es decir, llamado a vivir una vida cristiana ejemplar, con un estilo de vida sencillo y virtuoso, casi como si estuviera «en Congregación»). Luego la salvación de los demás, la acción apostólica, con el objetivo de un compromiso activo por el prójimo, con un enfoque especial en la «juventud en peligro».
Don Bosco, con gran pragmatismo, estableció que quien no podía realizar estas obras directamente («por sí mismo») podía sin embargo contribuir apoyando a quien las hacía («por medio de otros»). Este principio hacía la experiencia accesible a todos, independientemente de la edad, la salud o los recursos económicos.

Don Egidio Viganò en su carta La Asociación de Cooperadores Salesianos[14], con ocasión de la promulgación solemne del entonces nuevo Reglamento de vida apostólica de la Asociación de Cooperadores Salesianos, 1986, escribía que este nuevo Reglamento no era una simple actualización normativa, sino un acontecimiento de alcance histórico que completaba la renovación postconciliar de toda la Familia Salesiana. Escribe don Viganò que mientras «Don Bosco no considero finalizada su larga y nada fácil misión de fundador hasta que logró dar estructura valida y documento de identidad propio a esta Asociación, que, de algún modo y como en germen, había estado presente en los mismos comienzos de su proyecto en favor de la obra de los oratorios».
Añade, además, que el carisma salesiano tiene en sí mismo una «vitalidad dúctil» que le permite adaptarse a los tiempos sin perder su esencia. Don Bosco había partido de la intuición fundamental de la misión juvenil y de la urgencia de tener colaboradores permanentes. Solo después de más de treinta años de discernimiento, desde 1841 hasta 1876, había logrado dar forma definitiva a su proyecto, pasando de una dimensión diocesana a una vocación universal.
Don Pascual Chávez, por último, en una intervención sobre El Cooperador en la mente de Don Bosco, comenta «El Proyecto de Vida Apostólica: camino de fidelidad al carisma de Don Bosco», subrayando la intuición original de Don Bosco y recordando la célebre frase: «Yo tengo necesidad de todos!». En esta expresión encontramos sintetizada de manera completa su visión, que no se reduce a ver a los Cooperadores como simples ayudantes, sino como protagonistas esenciales de una amplia red de colaboración que ha hecho posible la difusión mundial de la obra salesiana.

Don Pascual Chávez escribe que la identidad del Cooperador, según Don Bosco[15], se articula en tres dimensiones fundamentales: primero, es un cristiano católico; segundo, tiene una vocación secular; tercero, es salesiano en el mundo, recordando la misma conferencia de Don Bosco en 1885. En esa conferencia Don Bosco dijo:

¿Qué significa ser Cooperador salesiano? «Ser Cooperador Salesiano quiere decir concurrir junto con otros al sostenimiento de una obra fundada bajo los auspicios de san Francisco de Sales, la cual tiene por fin ayudar a la santa Iglesia en sus más urgentes necesidades. De este modo, se concurre a promover una obra sumamente recomendada por el Padre Santo, porque prepara los jovencitos a la virtud, al camino del santuario. Tiene ésta como fin principal instruir a la juventud, que, hoy en día, se ha convertido en blanco de los malos, y promover en medio del mundo, en los colegios, en los hospicios, en los oratorios festivos, en las familias, el amor a la religión, las buenas costumbres, la oración, la frecuencia de los Sacramentos y otras cosas».[16]

A la luz de esta visión de Don Bosco, el Proyecto de Vida Apostólica (PVA) traza el camino para convertirse en un testimonio auténtico del proyecto de Dios en favor del crecimiento integral de los jóvenes. Este camino se hace real cuando los Salesianos Cooperadores se comprometen a:
a. asegurar la identidad de la Asociación mediante una fidelidad dinámica al carisma original. El estudio y la reflexión del carisma sea fuente que nutre continuamente la comprensión y la vivencia de la llamada;
b. reforzar la unidad de los miembros en su diversidad. La riqueza del origen y la variedad de los dones que cada miembro tiene y la situación personal de cada uno, sea una oportunidad para crear espacios de convergencia, de compartir y de habitar nuevos espacios de acción;
c. por último, promover la vitalidad misionera de cada Cooperador. La llamada a sentirnos como Don Bosco quiere decir ser guiados por un corazón listo «para salir», un corazón que se siente enviado, un corazón misionero. Esta convicción supera el peligro de un cierre que termina por hacer perder el fuego de la llamada.
Junto a estas propuestas de don Pascual Chávez, vale la pena reiterar su invitación para que no perdamos esa frescura que Don Bosco comunicaba y que hoy nos corresponde no perder, no debilitar. Su proyecto, todavía hoy, muestra su valor en la medida en que cada Salesiano Cooperador busca ser, ante todo, una persona dedicada al bien común en el ámbito político, social y humanitario. Desde esta perspectiva, en segundo lugar, la atención privilegiada a los pobres y excluidos se convierte en la fuerza que impulsa la acción pastoral. En tercer lugar, se reafirma el compromiso por una comunidad creyente, en sostener la vitalidad a la Iglesia mediante un espíritu de servicio auténtico, verdadero y sin intereses. Por último, la invitación a formarse continuamente para que el testimonio en su conjunto y en todas partes se nutra de esa espiritualidad laical que forma a la vida evangélica, una vida portadora de la buena noticia, fermento en la sociedad.

6. Algunas propuestas pastorales
En esta última parte ofrezco algunas propuestas pastorales que pueden ser estudiadas y discutidas dentro de los diversos Grupos de la Familia Salesiana. Son propuestas que emergen de las diversas consideraciones hasta aquí expuestas y que están íntimamente relacionadas con la Palabra de Dios que nos ha acompañado en este AGUINALDO 2026. El deseo, para mí y para cada uno de los miembros de la Familia Salesiana, es poner siempre ante nosotros la fuerza y la luz de la Palabra. Desde esta energía pedimos al Espíritu de Dios que nos conceda coraje y determinación para vivir con fe el mensaje de Jesús, y viviéndolo para llevar el «vino de la esperanza» a los jóvenes.

1. «Haced lo que él os diga»: hacia una pedagogía de la escucha personal
Las palabras de María a los siervos de Caná se ofrecen como un verdadero método educativo. María invita a una escucha personal que lleva del individualismo indiferente a la autonomía responsable y solidaria, del conformismo exterior estéril a la conversión del corazón.
– Eduquemos a los jóvenes a la escucha personal de la palabra de Dios hacia una fe adulta y consciente.
– Promovamos el discernimiento a nivel personal y comunitario, de grupos y de asambleas.

2. María en Caná: educadora de la libertad auténtica
María no obliga a los siervos, sino que los orienta hacia Aquel que puede transformar su vida. Es el modelo de todo auténtico educador en la fe: no imponer, sino proponer; no obligar, sino acompañar; no sustituirse, sino hacerse capaz.
– Crecemos como educadores y educadoras que ayudan a los jóvenes a plantearse las preguntas correctas, evitando el peligro de dar respuestas prefabricadas.
– Nos hacemos conscientes de que la autoridad nace del testimonio coherente y auténtico, no del autoritarismo sofocante.
– Aceptamos que educar a la libertad significa también prevenir el riesgo del «no», de una respuesta negativa, de un rechazo, y que en todo caso es necesario respetar siempre las opciones de los jóvenes dentro de un camino gradual de crecimiento.

3. El arte de leer los signos del tiempo con los jóvenes
Una pastoral encarnada sabe leer la realidad juvenil sin prejuicios ni nostalgia del pasado. Los jóvenes viven en un mundo complejo, atravesado por desafíos inéditos: la revolución digital, la incertidumbre del futuro, la crisis de las instituciones tradicionales, las nuevas formas de pobreza existencial.
– Escuchemos con empatía: antes de juzgar, tratemos de entender el mundo juvenil desde dentro.
– Hacemos una lectura sapiencial: vemos en los cambios culturales no solo amenazas, sino también oportunidades para el anuncio.
– Promovemos la conversación en el Espíritu: la «sinodalidad» la vivimos de manera evidente cuando involucramos a los jóvenes mismos en la escucha recíproca, en el análisis de su realidad y en la formulación de nuevas propuestas.
– Con una mirada de fe, reconocemos la acción de Dios incluso en las situaciones aparentemente más alejadas del Evangelio.

4. Elegir: la libertad cristiana como respuesta vocacional
Uno de los puntos más delicados de la pastoral juvenil salesiana de hoy es la relación entre fe y libertad. Solo la «escucha libre» permite experimentar la fuerza liberadora del Evangelio.
– Ofrecemos a los jóvenes espacios y experiencias de un cristianismo valiente, no temeroso, una propuesta de vida cristiana sencilla y creíble.
– Nos orientamos a la acción: toda acción y propuesta concreta sean vividas y guiadas por la Palabra para que se conviertan en signos de una espiritualidad integral. El servicio surge entonces como expresión natural de una fe madura y de una libertad auténtica.

5. Los 150 años de los Salesianos Cooperadores: un modelo para hoy
La conmemoración de los 150 años de los Salesianos Cooperadores ofrece a la misión salesiana una oportunidad única: el sueño de Don Bosco de un «gran movimiento de personas» comprometidas con el bien de la juventud.
Protagonismo juvenil: los jóvenes no son solo destinatarios de la acción pastoral, sino sujetos activos. Como los primeros Cooperadores desde el principio, los jóvenes han compartido el sueño de Don Bosco. Lo mismo debe valer para los jóvenes de hoy: están llamados a ser protagonistas de la evangelización, de manera más explícita que sus coetáneos.
Alianzas educativas: la misión salesiana no puede ser obra de individuos, sino que requiere redes de colaboración entre familias, comunidades cristianas, escuelas, asociaciones y el mundo del trabajo. Los Salesianos Cooperadores de ayer y de hoy representan este espíritu de alianza pastoral.
Dimensión misionera: el carisma salesiano es intrínsecamente misionero. Toda opción pastoral no puede limitarse a la conservación de lo existente, sino que debe abrirse a las periferias, a las nuevas pobrezas, a los jóvenes más alejados.
Laicidad fecunda: los Salesianos Cooperadores testimonian la belleza de la vocación laical en la Iglesia. Esto significa valorar y tomar en serio el papel específico de los laicos en la educación a la fe, respetando y promoviendo su competencia y autonomía.

Conclusión
El AGUINALDO 2026 entrega a la Familia Salesiana un programa en conjunto exigente y fascinante. En un tiempo en que los jóvenes a menudo son descritos solo en términos de problematicidad o fragilidad, la propuesta salesiana los mira con los ojos de la fe: cuando encuentran propuestas creíbles y testigos autorizados, los jóvenes se muestran portadores sinceros de dones específicos, realmente capaces de escuchar auténticamente, dispuestos a tomar decisiones generosas.
Como María en Caná, nosotros educadores y educadoras en la fe estamos llamados a dar testimonio de Cristo a los jóvenes, no como «objeto» sino como relación liberadora, para proponer la vida cristiana no como reglas a seguir, sino como plenitud de vida ofrecida gratuitamente. «Haced lo que él os diga» no es una invitación a la obediencia ciega, sino a la libertad responsable comunicada por quien ya ha encontrado y experimenta el Amor, y quiere compartirlo porque en él está la verdadera vida.
Termino con una reflexión de Romano Guardini[17]. Él afirma que nuestra fe es una “fe contestada”, que debe verificar continuamente su propio fundamento, y desechar tal vez lo diverso y lo bello para atenerse solo a lo esencial». Esto quiere decir que cuando surge la duda o el desaliento, que a menudo nos atacan en nuestra misión, nos damos cuenta de que la verdadera fe es aquella «que siempre de nuevo se levanta contra la duda. […] Esa característica forma de fe que (san Juan Enrique) Newman tan bien describió cuando afirmó que “creer” significa “poder sostener la duda”».
El vino nuevo de las bodas de Caná, que simboliza la novedad promovida por quien cree, nosotros lo llevamos con alegría y esperanza también y, sobre todo, en medio de desafíos y dificultades, dudas e incertidumbres. Tanto en la Iglesia como en la sociedad, los jóvenes que acompañamos son portadores de una sed de vida auténtica. Tratan de encontrar creyentes, que comunican una propuesta cristiana creíble y por eso son creídos por ellos. Este es el desafío que el AGUINALDO 2026 nos confía a todos nosotros de la Familia Salesiana, que tenemos en cuenta a las nuevas generaciones.
El sueño de Don Bosco continúa cada vez que un joven descubre en los educadores y pastores que no encuentra un límite a su libertad, sino el camino para llegar a ser plenamente él mismo, un creyente que vive su fe al servicio de sus hermanos. Esta es la «buena noticia» que la misión salesiana está llamada a anunciar: la audacia de la fe y el gozo del compartir.
Este es el AGUINALDO que con alegría y emoción os ofrezco, y que me comprometo a vivir yo primero.

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El cartel de la STRENNA 2026, con el tema «HACED LO QUE ÉL OS DIGA», Creyentes, libres para servir, narra visualmente el pasaje del EVANGELIO sobre las bodas de Caná.

Siguiendo la estructura en cuatro partes propuesta por el Rector Mayor, la ilustración destaca:  María (a la izquierda) observa y percibe la necesidad; dirige esa conciencia hacia Don Bosco (en el centro), que representa el discernimiento lleno de fe y la acción compasiva de la misión salesiana, y juntos miran a Jesús (con la aureola), que señala el camino; en primer plano se ve a los sirvientes, que escuchan, eligen y finalmente comparten el vino transformado de las jarras, para que la comunidad reciba la abundancia de Dios. Los colores y la agrupación enfatizan la comunión, el servicio y la atención: la mirada de María despierta la conciencia (MIRAR), la presencia de Cristo da profundidad y dirección (ESCUCHAR), los gestos libres y confiados de los sirvientes revelan el asentimiento interior (ELEGIR), y su acto de llevar el vino manifiesta el servicio gozoso (ACTUAR). Cerca de la parte superior de la composición, el pequeño cubo flotante sirve como una sutil provocación, un recordatorio de cómo a veces podemos permitirnos estar confinados por miedos internos, actitudes rígidas o incluso por nuevas ideologías y sistemas modernos que prometen progreso, pero que silenciosamente limitan nuestra apertura al Espíritu y a la auténtica libertad humana. Toda la imagen es un recordatorio de que cuando el amor escucha la palabra de Cristo, el corazón encuentra la libertad para elegir, servir y compartir la alegría transformadora de Dios.

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  1. Papa Francisco, Carta encíclica Lumen fidei (29 de junio de 2013).
  2. Papa Francisco, Audiencia general, 8 de junio de 2016: https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2016/documents/papa-francesco_20160608_udienza-generale.html
  3. Joseph Ratzinger-Benedetto XVI, Gesù di Nazaret, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 2007, p.292. [Edición española: Jesús de Nazaret, primera parte, La Esfera de los libros, Madrid 2007].
  4. Idem.
  5. Dominic VELIATH, “Encounter of the Salesian Charism. South Asian Context”, en, Journal of Salesian Studies, July–December 2015, Vol.16, n.2, pp.189-207; cf. https://www.salesian.online/wp-content/uploads/2020/03/JSS_16_N_2_Encounter_of_the_Salesian_Charism_with_the_Southern_Asian_Context-Dominic_Veliath1.pdf
  6. Idem, p. 207. “El carisma salesiano sigue en peregrinación. Toda peregrinación implica una cierta dosis de riesgo; a veces uno se ve desafiado a aventurarse por lo que puede parecer un rumbo aún inexplorado. Es en este contexto que todo salesiano, incluido el salesiano en el contexto del sur de Asia, confiado en la presencia permanente del Espíritu de Dios, arraigado en el carisma salesiano y en comunión fraterna con la congregación salesiana en general, está llamado a continuar su camino con un poco de esa confianza que tan perspicazmente ha descrito el poeta Antonio Machado en su poema Caminante no hay Camino: «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar».”
  7. De la carta que Madre Teresa escribió a toda la familia de las Misioneras de la Caridad, durante la Semana Santa de 1993, el 25 marzo. https://es.catholic.net/imprimir.php?id=69841
  8. Pietro BRAIDO, Don Bosco, prete dei giovani, nel secolo delle libertà, (LAS – Roma 2009), Vol. I, Cap. VII: La rivelazione di Don Bosco educatore (1846-1850), p.216 [Edición española: Don Bosco sacerdote de los jóvenes en el siglo de las libertades, Didascalia, Rosario-Argentina, 2009, p. 229]
  9. Idem., p.223 [Edición española; p. 236].
  10. San Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, 6 de enero de 2001.
  11. Simone Weil, Quaderno IV, pp. 182-183 [Escritos esenciales, Sal Terrae, Santander, 2000]
  12. Carta al señor Vespignani, 11 de abril de 1877, en Francesco MOTTO (a cura di), Giovanni BOSCO, Epistolario, Vol. V (1876-1877), LAS-Roma 2012, p.344. [Cita en Const. 19]
  13. P. Braido, Don Bosco prete dei giovani nel secolo delle libertà. Vol. 2, LAS 2009. Suggerisco la lettura del Capitolo ventiduesimo, Un progetto di solidarietà cattolica nella missione tra i giovani (1873-1877), pp.173-205 [Edición española: Don Bosco sacerdote de los jóvenes en el siglo de las libertades, vol. 2, Didascalia, Rosario-Argentina, 2009. Sugiero la lectura del capítulo 22, Un proyecto de solidaridad católica en la misión entre los jóvenes pp.180-214.
  14. E. Viganò, La Asociación de Cooperadores Salesianos, Carta publicada en ACG n. 318, 1986.
  15. https://www.asscc-mondiale.org/webSite/wp-content/uploads/2016/02/congrmond2012_interventorm_spagnolo.pdf
  16. Bollettino Salesiano Luglio 1885, Anno IX. n. 7: [la cita se puede encontrar en MB XVII, 463; MBe XVII, 398].
  17. R. Guardini, Sorge um dem Menschen, Bd. I, Werkbund, Würzburg 1962, tr. it. di Albino Babolin, Ansia per l’uomo, vol. I, Morcelliana, Brescia 1970, p. 130.

P. Fabio ATTARD

Rector Mayor de los Salesianos de Don Bosco