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Una mañana me levanto, salgo de casa, hay un bache en la acera, no lo veo y me caigo.
Al día siguiente, salgo de casa, olvido que hay un bache en la acera, me caigo. Tercer día, salgo de casa intentando recordar que hay un bache en el pavimento, pero no lo recuerdo, y me caigo.
Cuarto día, salgo de casa intentando recordar que hay un bache en el pavimento, lo recuerdo, pero no veo el bache y me caigo. Quinto día, salgo de casa, recuerdo el bache en el pavimento y camino mirando al suelo, lo veo, pero aunque lo veo, me caigo.
Sexto día, salgo de casa, recuerdo el bache en el pavimento, lo busco con la mirada, lo veo, intento saltarlo, pero me caigo.
Séptimo día, salgo de casa, veo el bache, tomo carrerilla, salto, rozo con los dedos de los pies el borde del otro lado, pero no es suficiente y me caigo.
Octavo día, salgo de casa, veo el bache, tomo carrerilla, salto, ¡aterrizo al otro lado! Me siento tan orgulloso de haberlo conseguido, salto de alegría… y al saltar, vuelvo a caer en el agujero.
Día nueve, salgo de casa, veo el agujero, tomo carrerilla, salto por encima y continúo mi camino.
Décimo día, sólo hoy, me doy cuenta de que es más cómodo y seguro caminar por la acera de enfrente.
El camino de la vida está plagado de baches: hábitos, vicios grandes y pequeños, fallos molestos y, sin embargo, siempre los mismos. En la familia siempre discutimos por las mismas cosas, siempre confesamos los mismos pecados, siempre cometemos los mismos errores. Convertirse significa tomar la otra acera.

