7 Mar 2026, Sáb

Cardenal Repole: el kilómetro cuadrado de la solidaridad

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Hay un Turín que no coincide con las postales barrocas, las avenidas de la casa de Saboya o las primacías industriales. Es un Turín más silencioso pero tenaz, hecho de obras sociales, de santos sociales, de laicos comprometidos, de instituciones nacidas para responder a pobrezas muy concretas. A este Turín se refirió el cardenal Roberto Repole cuando, en enero de 2026, lanzó una propuesta a la vez simbólica y provocadora: proponer como patrimonio mundial de la humanidad de la UNESCO lo que él definió como el «kilómetro cuadrado de la caridad».

No se trata de un simple eslogan ni de una operación de marketing territorial. La idea nace de una constatación histórica y urbana: en una porción relativamente pequeña del centro turinés se concentra una densidad extraordinaria de obras caritativas, educativas y asistenciales nacidas entre los siglos XVIII y XX, muchas de las cuales siguen activas hoy en día. En unas pocas manzanas se entrelazan historias de congregaciones religiosas, de filántropos, de educadores, de voluntarios, de instituciones que han marcado profundamente la identidad social de la ciudad.
La propuesta del cardenal Repole fue lanzada el 17 de enero de 2026, durante su intervención en la ceremonia de inauguración de una escultura dedicada a la venerable Giulia di Barolo en el Palazzo Barolo, en presencia de las autoridades civiles, cuando presentó la idea de trabajar en el proyecto de candidatura a la UNESCO para esa área simbólica de la ciudad que incluye el Palazzo Barolo, la Basílica de la Consolata, la Casa Madre de los Salesianos fundada por Don Bosco, el Instituto Cottolengo – Pequeña casa de la Divina Providencia, el Sermig – Arsenal de la Paz y el Distrito Social Barolo. Esta propuesta invita a mirar este tejido no como una suma de lugares, sino como un relato unitario. Un relato que habla de respuesta a las necesidades, de proximidad a los pobres, de atención a los últimos, de capacidad para transformar la fe en estructuras estables de solidaridad.

Un patrimonio que no es solo arquitectónico
            Cuando se habla de patrimonio de la UNESCO, el pensamiento se dirige inmediatamente a monumentos, paisajes, centros históricos. Aquí el discurso es diferente. Ciertamente, muchos de los lugares implicados tienen valor artístico e histórico. Pero el corazón de la propuesta no reside en las piedras, sino en las prácticas sociales que esas piedras han custodiado.
El «kilómetro cuadrado de la caridad» abarca realidades ligadas a figuras como san Juan Bosco, san José Benito Cottolengo, la marquesa Giulia di Barolo y otros protagonistas del catolicismo social turinés. Hospitales, casas de acogida, obras educativas, centros de formación, servicios para personas con discapacidad, pobres, migrantes: una red que a lo largo de los siglos ha intentado dar respuestas estructuradas a necesidades emergentes.
El cardenal subrayó un punto decisivo: el mayor patrimonio de la humanidad es la humanidad misma. Desde esta perspectiva, el valor a reconocer no es solo histórico, sino moral y cultural. Es el testimonio de que una ciudad puede generar modelos de solidaridad duraderos, capaces de renovarse con el tiempo.

La tradición turinesa de la caridad organizada
            Turín tiene una larga tradición de caridad organizada. Ya en el siglo XIX, mientras la ciudad crecía como capital política y luego como polo industrial, surgían nuevas pobrezas: migraciones internas, trabajo infantil, marginación urbana. En ese contexto nacieron muchas de las obras que aún hoy caracterizan el territorio.
La respuesta no fue solo asistencialismo, sino a menudo un proyecto social: educación profesional, formación humana, reinserción laboral, cuidado integral de la persona. En este sentido, la caridad turinesa ha tenido también una dimensión pedagógica y social, anticipando modelos que hoy definiríamos como de bienestar comunitario.
El «kilómetro cuadrado» se convierte entonces en una especie de laboratorio histórico de la doctrina social cristiana y, más en general, de una cultura cívica de la solidaridad. Un lugar donde se ha experimentado que el cuidado de los más frágiles no es una actividad marginal, sino un componente estructural de la vida ciudadana.

Una propuesta que interpela al presente
            La candidatura a la UNESCO, si llegara a concretarse, tendría ciertamente un valor simbólico y turístico. Pero su alcance más interesante es quizás otro: obligar a la ciudad —y no solo a ella— a interrogarse sobre el presente.
¿Qué queda hoy de esa tradición? ¿Siguen siendo capaces las obras históricas de interpretar las nuevas necesidades? ¿Encuentra respuestas adecuadas la pobreza contemporánea, a menudo más oculta y compleja? Y además: ¿se percibe la solidaridad como un patrimonio común o se delega en unos pocos sujetos especializados?
La propuesta del cardenal Repole puede leerse como una invitación a no musealizar la caridad. Reconocer un patrimonio no significa embalsamarlo, sino valorarlo como una realidad viva. Un «kilómetro cuadrado de la caridad» solo tiene sentido si la caridad sigue siendo practicada, repensada y adaptada a los desafíos actuales: soledad urbana, fragilidad juvenil, nuevas pobrezas laborales, inmigración, envejecimiento de la población.
El diálogo entre la Iglesia y las instituciones civiles
            Un elemento interesante de la propuesta es la implicación de las instituciones civiles. La presencia de autoridades locales en la presentación de la idea indica que el tema de la solidaridad puede convertirse en un terreno de colaboración entre la Iglesia y las administraciones públicas.
Históricamente, muchas obras caritativas nacieron en el ámbito eclesial, pero luego dialogaron con lo público, integrándose en los sistemas de bienestar. Hoy, en un contexto de recursos limitados y necesidades crecientes, la colaboración entre sujetos religiosos, laicos e institucionales es cada vez más crucial.
La candidatura a la UNESCO, en este sentido, podría convertirse en una ocasión para el diseño conjunto de proyectos: no solo la protección del pasado, sino la inversión en políticas sociales innovadoras. De lo contrario, el riesgo es que todo se reduzca a una operación conmemorativa.

Una narrativa alternativa de la ciudad
            Cada ciudad elige cómo contarse. Turín se narra a menudo a través de la industria automovilística, la innovación tecnológica, la cultura de sus museos. El «kilómetro cuadrado de la caridad» propone una narrativa complementaria: Turín como ciudad de la caridad organizada.
No es un detalle secundario. Las narrativas influyen en las prioridades. Si una ciudad reconoce la solidaridad como parte de su propia identidad, quizás estará más inclinada a invertir en lo social, a apoyar el voluntariado, a valorar el tercer sector.
Además, en una época en que las ciudades compiten a nivel global para atraer recursos y atención, proponer la solidaridad como elemento distintivo es una elección a contracorriente pero potencialmente poderosa.

Más allá de Turín: un mensaje universal
            Aunque arraigada en un contexto local, la propuesta tiene un alcance más amplio. Muchas ciudades en el mundo tienen lugares simbólicos de caridad y compromiso social. Reconocer su valor cultural significa afirmar que el cuidado de los frágiles no es solo un asunto privado o religioso, sino un bien para toda la humanidad.
En este sentido, el «kilómetro cuadrado de la caridad» podría convertirse en un modelo narrativo: no solo sitios de poder, belleza o riqueza, sino también lugares de solidaridad como patrimonio de la humanidad.
Es una perspectiva que dialoga con las sensibilidades contemporáneas: sostenibilidad social, inclusión, derechos humanos. La caridad, reinterpretada en clave moderna, se acerca a los temas de la justicia social y la cohesión comunitaria.

Una provocación fecunda
            Queda por ver si la candidatura a la UNESCO tomará forma concreta. Los procesos son largos y complejos. Pero, más allá del resultado, la propuesta ya tiene un mérito: volver a poner en el centro el tema de la solidaridad como valor público.
En una época marcada por polarizaciones e individualismos, hablar de caridad como patrimonio común es una provocación cultural. Invita a considerar la solidaridad no como un gesto ocasional, sino como una infraestructura moral de las ciudades.
Quizás este sea precisamente el punto más fuerte de la intuición del cardenal: recordar que el verdadero patrimonio de una comunidad no son solo sus palacios o sus plazas, sino la calidad de las relaciones que sabe construir, sobre todo con los más débiles.
Si el «kilómetro cuadrado de la caridad» logra hacer reflexionar sobre esto, ya habrá alcanzado un resultado significativo, independientemente de los reconocimientos oficiales. Porque, al fin y al cabo, el valor de una ciudad se mide también por cómo sabe cuidar de sus habitantes más frágiles.

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Editor BSOL

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