27 Jul 2026, Lun

Conozcamos a don Bosco (13). El teólogo Giovanni Borel

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Anónimo, Retrato de don Giovanni Borel (1801-1873), finales del siglo XIX, temple sobre cobre, 37,5 × 29 cm, Museo Casa Don Bosco, Turín-Valdocco.

 

Giovanni Borel emerge como sacerdote turinés de sólida formación, profundamente inserto en el tejido pastoral y caritativo de la ciudad. Capellán real y luego director espiritual del Refugio de la marquesa Barolo, se dedicó durante más de treinta años a la asistencia de las jóvenes acogidas, a las religiosas y a las instituciones vinculadas, colaborando también con el Cottolengo y con don Cafasso, sobre todo en el ministerio de las cárceles. Predicador brillante y popular, unía sencillez evangélica y celo apostólico. Decisivo fue su vínculo con don Bosco: conocido en el Convitto, se convirtió en su amigo, guía y principal sostenedor en los primeros años del Oratorio, defendiéndolo, ayudándolo económicamente y asumiendo su responsabilidad en los momentos más difíciles. Acompañó así, de modo discreto pero determinante, el nacimiento y la consolidación de la obra salesiana hasta su muerte, ocurrida en 1873.

 

 

Porque tenía verdaderos amigos.

 

 

Conocemos poco de la familia de don Borel. De los registros bautismales de la parroquia San Giovanni Battista de Turín (es decir, la iglesia catedral), sabemos que Giovanni Luigi Teobaldo María, hijo de Giuseppe Antonio Borel y Carola Motto, vino al mundo el 1 de julio de 1801 y fue bautizado al día siguiente. Un hermano mayor, Luigi Giuseppe, había nacido en 1798, mientras que otro más joven, Michele Gaetano, nació en 1804. Tanto el año 1801 como el hecho de que el nombre registrado fuera Giovanni (y no Giovanni Battista) resultan confirmados por documentos civiles y eclesiásticos.

En los registros oficiales, eclesiásticos y civiles, su apellido es Borel, pero don Bosco en las Memorias del Oratorio, y a menudo también en las cartas, escribe “Borrelli” o “Borelli”. Tal vez pensaba que “Borel” fuera una forma dialectal y quiso italianizarla. La marquesa Barolo lo llamó siempre “Borel”, pero es poco verosímil que el nombre y la familia fueran de origen francés.

Frecuentó la escuela primaria y secundaria según el sistema escolar vigente en la época. Por tanto, entre 1809 y 1814, fue alumno de las escuelas turinesas establecidas según el modelo francés, que prescribía tres años de estudios primarios y tres años de estudios secundarios (seguidos del liceo). De 1814 a 1817, en cambio, completó sus estudios secundarios conforme al restaurado sistema saboyano, que preveía, después de los estudios elementales y la latinidad inferior, tres años de latinidad superior (gramática, humanidades y retórica). Luego pasó al bienio de filosofía (1817-1819) y al quinquenio de teología (1819-1824).

En la diócesis de Turín estaba en uso el clericato externo, un sistema gracias al cual un seminarista podía residir en su propia casa y asistir a los cursos filosóficos y teológicos en la Universidad o en el seminario. Borel formó parte de un grupo de “seminaristas externos” asignados a una de las cuatro iglesias destinadas a este fin, bajo la guía de un prefecto encargado por el arzobispo. Vistió el hábito eclesiástico en 1817 y entró a formar parte del grupo de clérigos agregados a la iglesia del Corpus Domini. Él mismo lo confirmó cuando prestó su testimonio en el proceso de beatificación de Giuseppe Benedetto Cottolengo.

Las inscripciones relativas a sus estudios teológicos y a los exámenes se encuentran en el Archivo Histórico de la Universidad de Turín. Obtuvo el bachillerato el 29 de marzo de 1821, la licenciatura el 3 de junio de 1823 y el doctorado el 24 de mayo de 1824 (desde ese momento pudo ostentar el título de “teólogo”). Es interesante notar que la firma del teólogo Luigi Guala, profesor de la facultad de teología y rector del Convitto eclesiástico de San Francisco de Asís, aparece en todos los certificados de examen de Borel.

Fue ordenado sacerdote el 16 de septiembre de 1824, a la edad de 23 años.

Al sacerdote recién ordenado se le pedía seguir, después de la ordenación, durante unos dos años, las conferencias morales en una de las sedes reconocidas (seminario, universidad, Convitto de San Francisco de Asís), como complemento del curso teológico y preparación para el ejercicio del ministerio. No tenemos documentación sobre la sede frecuentada por Borel, pero puesto que fue indicado entre los sacerdotes que gravitaban en torno a las posiciones de Cafasso (quien, sin embargo, comenzará a enseñar solo hacia 1836), podemos suponer que había seguido al menos algunas de las conferencias públicas del teólogo Guala. En cualquier caso, el vínculo de don Borel con el Convitto y su orientación teológico-pastoral resultan innegables.

En 1824, cuando fue ordenado sacerdote, ya estaba prestando servicio como “clérigo de la Casa y de la Capilla Real”; en 1831 fue promovido a “Capellán real”, función que desempeñó hasta 1841. Escribe Natale Cerrato: «El clero de corte, presente en horas determinadas para ejercer funciones específicas de servicio religioso, constituía la “Real Capilla”, con al frente el gran limosnero, que era el arzobispo de Turín. De él dependían seis limosneros, eclesiásticos de familia noble, que lo representaban en la corte, participando en las funciones litúrgicas sin vestir ornamentos sagrados, sino permaneciendo con mantellina negra como asistentes de las personas reales. Además de los limosneros había capellanes y clérigos, que prestaban el servicio litúrgico, unos celebrando la misa y predicando, otros sirviendo según los turnos establecidos. El oficio de capellán regio era una posición honorífica y ambicionada, que comportaba un sueldo y dejaba amplio tiempo libre para otras ocupaciones».

En 1837 presentó la solicitud de pensión como capellán regio, pero continuó el servicio hasta diciembre de 1840, cuando fue nombrado Director espiritual del Refugio de la marquesa Barolo. Mientras aún prestaba servicio en el Palacio real, junto con el teólogo Carlo Antonio Borsarelli, fue director espiritual del Real Colegio San Francisco de Paula, desde el año académico 1829-30 hasta el 1842-43. Sus principales tareas eran la celebración diaria de la misa para los estudiantes, la predicación dominical en la congregación de la escuela (explicación del evangelio por la mañana e instrucción sobre la doctrina cristiana por la tarde), la lección diaria de catecismo. La escuela de San Francisco de Paula estaba situada en el antiguo convento de los Mínimos, que albergaba también un colegio universitario.

Borel colaboraba también con el canónigo Giuseppe Benedetto Cottolengo, fundador de la Pequeña Casa de la Divina Providencia. La institución acogía enfermos crónicos físicos y mentales, sobre todo pobres. A pesar de sus otros compromisos, dedicó muchos años a las necesidades espirituales de la Pequeña Casa, como él mismo testificó en el proceso diocesano de beatificación de Cottolengo, celebrado entre 1863 y 1873.

No podemos decir con certeza cuándo comenzó el servicio pastoral entre los encarcelados; ciertamente en 1840 ya colaboraba con don Cafasso y probablemente continuó tal cooperación por el resto de su vida. Es seguro que don Bosco, cuando, como alumno del Convitto, coadyuvó a Cafasso en el ministerio de las cárceles, encontró allí también a Borel, al canónigo Borsarelli y a don Mathias, director de la Cofradía de la Misericordia. Junto con don Cafasso, Borel dedicó especial cuidado a los condenados a muerte. Las Memorias biográficas, además, nos ofrecen detalles interesantes sobre su método con los presos.

El 29 de diciembre de 1840 don Borel recibió el nombramiento de director espiritual del Refugio, como sucesor del difunto don Luigi Delrivo. Desde ese día se dedicó con celo a las instituciones Barolo durante más de 30 años. Este fue, entre todos, su ministerio más importante, por amplitud, intensidad y dedicación, pero también el más exigente por la gran responsabilidad que comportaba. Era director espiritual y maestro de las jóvenes internadas en el Refugio y de las hermanas de San José que las cuidaban; era también director espiritual de las Hermanas Penitentes de Santa María Magdalena (popularmente llamadas Magdalenas), que vivían en semi-clausura en su monasterio junto al Refugio. Su trabajo incluía la celebración diaria de la misa, la predicación, el catecismo, las confesiones y la dirección espiritual, el cuidado pastoral de las enfermas.

De los archivos de la Opera Pia Barolo obtenemos los nombres de varios sacerdotes colaboradores del teólogo Borel en las instituciones fundadas por la marquesa: don Pietro Ponte (1821-1892), capellán del Instituto Santa Ana; don Sebastiano Pacchiotti (1806-1884), capellán asociado del Refugio; don Bosco, capellán asociado del Refugio y capellán designado del Hospitalito de Santa Filomena de 1844 a 1846; don Giovanni Giacomelli (1820-1901), capellán del Hospitalito desde 1854; padre Marcantonio Durando (1801-1880), vicenciano, superior religioso oficial de las hermanas Magdalenas.

El nombre de Borel aparece repetidamente en las Memorias del Oratorio, en el epistolario de don Bosco y en las Memorias biográficas, como amigo y sostenedor. Don Bosco lo había conocido por primera vez cuando era seminarista, durante un curso de ejercicios espirituales. Con él se había confrontado sobre los medios de perseverancia en la vocación y había memorizado su respuesta: “Con el recogimiento y con la comunión frecuente se perfecciona y se conserva la vocación y se forma un verdadero eclesiástico”.

Más tarde lo había vuelto a ver varias veces durante los años pasados en el Convitto, compartiendo el ministerio pastoral en la cárcel y en otras instituciones caritativas de la ciudad. “Desde el primer momento en que he conocido al T. Borel —leemos en las Memorias del Oratorio— he observado siempre en él a un santo sacerdote, un modelo digno de admiración y de ser imitado. Cada vez que podía detenerme con él tenía siempre lecciones de celo sacerdotal, siempre buenos consejos, estímulos al bien. En los tres años pasados en el Convitto fui por el mismo invitado varias veces a servir en las funciones sagradas, a confesar, a predicar con él. De modo que el campo de mi trabajo ya era conocido y en cierto modo familiar. Hemos hablado largamente varias veces sobre las reglas que debían seguirse para ayudarnos mutuamente a frecuentar las cárceles y cumplir los deberes que nos estaban encomendados, y al mismo tiempo asistir a los muchachos, cuya moralidad y abandono llamaban cada vez más la atención de los sacerdotes”.

En el otoño de 1844, Borel —a petición de don Cafasso y con el consentimiento de la marquesa Barolo— acogió en el Refugio a don Bosco, que necesitaba un lugar donde vivir y un trabajo remunerado mientras se terminaba el Hospitalito. Desde ese momento se convirtió en su más estrecho y fiel sostenedor. Gradualmente lo puso en contacto con personas acomodadas de la nobleza y de la burguesía turinesa. Lo ayudó y lo defendió durante la fase del Oratorio itinerante (1844-46), exponiéndose a su favor, como cuando fue expulsado de San Pietro in Vincoli y se trasladó a la capilla de los Molinos, o cuando, a comienzos de 1846, los párrocos de los alrededores expresaron el temor de que el Oratorio interfiriera con la actividad de las parroquias. Sobre todo no lo abandonó en los momentos más difíciles: estuvo a su lado durante la ruptura con la marquesa Barolo, lo ayudó económicamente para el alquiler y, más tarde, para la compra de la propiedad Pinardi. Cuando el Oratorio se estableció definitivamente en Valdocco, fue él quien bendijo la capilla-cobertizo. En los años siguientes continuó colaborando con don Bosco en la predicación, en las confesiones, en las relaciones públicas, en la administración del Oratorio: llevaba los libros contables, registraba entradas, salidas y hechos dignos de nota (por ejemplo, en 1846 anotó que en la fiesta de san Luis participaron 650 jóvenes).

Cuando, a finales de 1845, la salud de don Bosco se precipitó, informó a la marquesa, que en ese período estaba en Roma. También la Barolo estaba preocupada y escribió a Borel: “Recordará cuántas veces le he recomendado que tuviera miramientos y lo dejara descansar, etc., etc. No me hacía caso; decía que los curas debían trabajar”. Finalmente, cuando en el verano de 1846 don Bosco enfermó gravemente, le prestó todos los cuidados y, durante la convalecencia en los Becchi (entre agosto y noviembre), asumió la responsabilidad del Oratorio con la ayuda de los teólogos Vola y Carpano, de los sacerdotes Trivero y Pacchiotti.

Goffredo Casalis escribe: «Estos [los sacerdotes mencionados] durante el espacio de cuatro meses, de acuerdo con el teólogo Borelli, suplieron en todo al ausente Fundador del instituto, y promovieron su amplia actuación de modo que muy pronto se ganaron la estima y el afecto de todos los jóvenes; estima y afecto que debieron procurarse, como el Fundador, al precio de grandísima paciencia y de innumerables sacrificios, pues en sus inicios esta institución era mucho más pobre de lo que lo es en la actualidad, y tenían que vérselas con jóvenes descarriados y privados de toda educación, muchos de los cuales a menudo no tenían un pedazo de pan para saciarse, y estaban extremadamente harapientos y sucios; y además les tocaba, como sucede a todos los que quieren hacer el bien, soportar no pocas y no pequeñas contradicciones. A su regreso, D. Bosco encontró mayor decoro en la capilla y volvió a ver un tropel de nuevos muchachos que por primera vez saludaron a su bienhechor. Las cosas estaban muy bien encaminadas […].

Borel era un hábil predicador, usaba un estilo popular y vivaz, muy apreciado; por eso se le invitaba a menudo a pronunciar panegíricos y misiones en la diócesis de Turín y en otros lugares. Él se prestó siempre con generosidad y celo apostólico. Sus sermones eran sencillos, agradables, ricos en humor y anécdotas, pero sustanciosos, profundamente cristianos, conmovedores y de gran efecto. Don Cafasso dijo de él que “era quizá el mejor orador de toda la diócesis por su facilidad para hablar nuestro buen piamontés, por los proverbios, los chascarrillos, las frases agudas que le brotaban de los labios, y por la claridad al explicar cualquier dificultad doctrinal, sirviéndose de las comparaciones más apropiadas al caso; tanto más cuando se trataba de hablar a la juventud, que era su delicia”.

En este ministerio estuvo siempre disponible también para don Bosco. Un domingo, después de haber pasado toda la mañana en varias iglesias celebrando, predicando y confesando, le dijeron que en el Oratorio había necesidad de él para un sermón. La persona que fue a llamarlo lo encontró en el huerto comiendo pan y pimiento. Él no se demoró: pocos minutos después estaba en el púlpito de la capilla de Pinardi predicando a una multitud de muchachos. Predicó también en la iglesia de San Francisco de Sales, después de 1852. Eran famosos sus diálogos públicos con don Bosco. Se sentaba entre los muchachos y representaba de modo muy divertido el papel de un joven ingenuo, de un canalla, de un penitente desprevenido, mientras don Bosco instruía y predicaba desde el púlpito. La noticia de que en un determinado domingo el teólogo “conversaría” bastaba para llenar la iglesia de oyentes atentos. En 1849, con la ayuda de don Borsarelli, don Ponte y don Gastaldi, predicó con éxito a los muchachos de los tres oratorios reunidos en la iglesia de la Cofradía de la Misericordia para un curso de ejercicios espirituales de siete días (22-28 de diciembre).

Su estilo de vida era evangélicamente sencillo y frugal. Nunca se preocupó por sí mismo. En los años sesenta la salud se deterioró. A menudo se vio obligado a permanecer en cama o inmovilizado en una silla en el Refugio. El 25 de marzo de 1869, don Bosco regresó de Roma con la noticia de la aprobación de la Sociedad salesiana. Desde sus habitaciones, Borel oyó a los muchachos del Oratorio exultar y a la banda tocar: comprendió lo que estaba ocurriendo. Eran alrededor de las ocho de la tarde. Salió de la cama, bajó a la calle apoyándose en su bastón, entró en el patio del Oratorio. Allí se encontró con don Bosco y se enteró de la buena noticia. “¡Gracias, Señor, ahora puedo morir feliz!” exclamó y sin añadir nada más regresó al Refugio.

El 8 de mayo de 1870, en reconocimiento de sus méritos, fue condecorado con uno de los títulos honoríficos más prestigiosos del Reino: caballero de la Orden de los Santos Mauricio y Lázaro. Aún desempeñó alguna actividad sacerdotal, pero los dos últimos años de vida los pasó confinado en la cama. Murió el 8 de septiembre de 1873, a los 72 años de edad, quizá por una hemorragia cerebral. Era tan pobre que no dejó ni siquiera el dinero suficiente para el entierro. Su ataúd fue llevado al cementerio por los directores salesianos reunidos en Valdocco para las conferencias de otoño, con el acompañamiento de la banda del Oratorio y de todos los muchachos de la casa.

Bajo la imagen de san Francisco de Sales colgada en su pobre cuartito había escrito las palabras de san Pablo: “Omnibus omnia factus sum”, me he hecho todo para todos.

 

 

Arthur J. LENTI, Don Bosco historia y espíritu, vol. I, pág. 383

 

P. Bruno FERRERO

Salesiano de Don Bosco, experto en catequesis, autor de varios libros. Fue director editorial de la editorial salesiana Elledici. Es redactor jefe del periódico italiano "Il Bollettino Salesiano", en versión impresa.