10 Abr 2026, Vie

Conozcamos a Don Bosco (6). Carácter de acero y corazón de oro

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La personalidad de Don Bosco fue el resultado de un equilibrio entre su naturaleza impulsiva y fogosa y una mansedumbre que alcanzó a través de un constante trabajo de autoeducación. De estatura más bien baja y aspecto humilde, escondía un carácter fuerte y decidido. Testimonios de sus contemporáneos confirman su temperamento «fácil de encender», obstinado y propenso a la ira, que supo sublimar transformando la agresividad en tenacidad y perseverancia. Esta conquista del autocontrol fue fundamental para su método educativo. Se convirtió en un modelo de paciencia, humildad y dulzura, cualidades no innatas sino adquiridas con gran esfuerzo, que le permitieron comprender y ayudar a los jóvenes más vulnerables de la Turín industrial.

 

 

Por qué comenzó a educarse a sí mismo

 

Juan Bosco representa una de las figuras más fascinantes de la pedagogía del siglo XIX: un hombre de apariencia modesta que escondía una personalidad extraordinaria. Detrás de su estatura media-baja y el porte humilde de un campesino piamontés se ocultaba un carácter fuerte y decidido, forjado a través de un constante trabajo sobre sí mismo. El contraste entre su naturaleza impulsiva y fogosa y la mansedumbre que logró conquistar con los años revela el secreto de su grandeza educativa. Don Bosco no nació santo: se convirtió en un modelo de paciencia y dulzura precisamente porque supo dominar un temperamento «fácilmente inflamable» y transformar su propia agresividad en tenacidad, su propia obstinación en perseverancia. Este camino de autoeducación, iniciado desde la infancia, fue la clave que le permitió comprender a los jóvenes más frágiles del Turín industrial y dedicarles una obra destinada a cambiar la historia de la educación.

 

Quienes conocieron a Don Bosco lo describieron como pequeño, delgado, de porte humilde, con el pelo rizado descuidado y orejas más bien grandes, mientras que en las fotografías él «crece», se vuelve más alto (por el corte del espacio sobre la cabeza, los efectos verticales al remarcar los pliegues del hábito, el desplazamiento de su figura del centro a un lado de la escena), su rostro se suaviza y, gracias a los retoques, a veces se vuelve incluso bello.

En realidad, el Don Bosco adulto era físicamente un braquitipo de estatura media-baja (un metro y sesenta y tres centímetros de altura), que caminaba «… un poco balanceándose» (MB, VI, 2) como los campesinos. Estaba dotado de una fuerza física extraordinaria; había practicado el culturismo y el fisicoculturismo cultivando los campos o en los largos entrenamientos de saltimbanqui para divertir a sus compañeros. Su rostro, además, no tenía nada de asceta; era un rostro abierto, cordial, bonachón, paternal, aunque orgulloso y valiente, que traslucía una generosa bondad.

El perfil psicológico de Don Bosco adulto era el de un sujeto «llamado normal» («llamado», porque lo normal en sentido absoluto no existe), con un yo fuerte, dinámico, calificable por la acción, por un profundo sentido del deber y por una clara conciencia de su propia responsabilidad. Y como siempre hay una relación entre ser y actuar, tenía una personalidad activa, perseverante, tenaz, extrovertida; era un sacerdote «en mangas de camisa», trabajador y alegre, que prefería persuadir más con los hechos que con las palabras.

Tenía, sin embargo, la paciencia, el sentido práctico y la tenacidad de quien es hijo de la tierra, como testificó don Giovanni Battista Lemoyne: «Nos decía: —En las mayores dificultades, nunca pierdo de vista la meta. Cuando encuentro un obstáculo, no me desanimo, hago como aquel que, yendo por el camino, en un punto lo encuentra bloqueado por una gran roca. Si no puedo quitarla, me subo a ella, o la rodeo, o bien, dejando en ese punto la empresa comenzada, para no perder inútilmente el tiempo esperando, me pongo inmediatamente a otra cosa. Mientras tanto, con el tiempo las cosas maduran: los hombres cambian y las dificultades iniciales se allanan. Yo, sin embargo, nunca pierdo de vista la obra emprendida—» (PC, 665-666).

Aun con la seguridad de que el Señor lo ayudaría, Don Bosco nunca dejó de usar todos los medios para superar los muchos obstáculos, aplicando al pie de la letra el dicho: «A Dios rogando y con el mazo dando». Y sorteó muchos obstáculos, también porque su vida transcurrió en un período de grandes transformaciones, por lo que se vio envuelto en una época de cambios, como por ejemplo el paso de una sociedad de economía agrícola a una de economía industrial.

La ciudad de Turín era en aquellos años protagonista de un notable desarrollo demográfico. Bajo el impulso de la expansión industrial, llegaban de otras provincias y de las regiones limítrofes, incluida Lombardía, personas solas (especialmente muchachos) o familias enteras en busca de trabajo. Como escribe Stella (1979, I, 104), abundaban los «… muchachos que ocupaban las calles, las plazas y los prados, hijos de familias desfavorecidas, de padres a menudo desempleados, sin un oficio, sin la esperanza de tenerlo; o que conseguían cualquier empleo con tal de vivir, con tal de mejorar sus condiciones de vida».

En ese clima de confusión, Don Bosco se dio cuenta de que los niños y los jóvenes representaban una de las partes más frágiles de la sociedad (la que paga más caro el precio de cualquier transformación social) y que era necesario organizar algo más acorde con los «signos de los tiempos» para ayudarlos. Por estas razones, precisamente en el Refugio, como ya hemos escrito, dio inicio el 8 de diciembre de 1844 al Oratorio, que representó una nueva modalidad de agrupación de los jóvenes, fruto de su apertura sociológica. Lo dedicó a San Francisco de Sales, el obispo de Ginebra fallecido en 1622, porque como explicó el propio Don Bosco: «… exigiendo la parte de nuestro ministerio gran calma y mansedumbre, nos habíamos puesto bajo la protección de este Santo, para que nos obtuviera de Dios la gracia de poderlo imitar en su extraordinaria mansedumbre…» (MO, 141).

 

«Todo bajo control»

Don Bosco tuvo sin duda dificultades para sublimar sus pulsiones instintivas debido a su temperamento «fácilmente inflamable y a la vez poco flexible y duro» (MB, I, 94). Mientras que su hermano José era apacible, dócil y paciente, Juan reveló desde pequeño un temperamento impulsivo, fogoso y a veces incluso violento, como cuando golpeó a «… puñetazos» a unos muchachos que blasfemaban (MB, I, 124). Además, le costaba obedecer, someterse y a menudo era también un niño obstinado. Su párroco, el teólogo Pietro Antonio Cinzano, lo definió como «testarudo» (MB, IV, 286).

La tendencia a la agresividad, aunque controlada, se manifestaba también como clérigo y como sacerdote. Escribió don Giovanni Giacomelli, su compañero de seminario y gran amigo: «De naturaleza muy sensible incluso para las cosas pequeñas, se entendía cómo sin virtud se habría dejado dominar por la cólera. Ninguno de nuestros compañeros, y eran muchos, tenía tanta inclinación como él a tal defecto. Sin embargo, era evidente la gran y continua violencia que se hacía para contenerse» (MB, I, 407).

También don Giovanni Battista Lemoyne testificó: «Demostró también fortaleza de ánimo al vencer su natural fogoso, de modo que parecía uno de los hombres más mansos. Él mismo me confió que en su niñez y juventud se sentía fuertemente inclinado a la ira, pero con el tiempo llegó a tener tal dominio de sí mismo, que a veces, incluso en encuentros dolorosos, parecía casi insensible» (PC, 665).

El teólogo Ascanio Savio destacó su «… natural bilioso» (MB, IV, 559) y el mismo don Cafasso afirmó que «… había que dejarlo hacer a su manera» (MB, III, 50); incluso el doctor Giovanni Albertotti (1929), que lo atendió en los últimos dieciséis años de su vida, señaló, en su breve biografía dedicada al ilustre paciente, su carácter «pronto y fogoso». Don Michele Rua, finalmente, subrayó el esfuerzo que hizo Juan Bosco para controlar estas pulsiones agresivas:

«Don Bosco era de carácter fogoso, como yo y muchos otros conmigo hemos podido constatar; pues en varias circunstancias nos dimos cuenta de cuánta violencia debía hacerse para reprimir los impulsos de cólera por las contrariedades que le sucedían.

Y si esto ocurría en su edad avanzada, da lugar a creer que aún más vivo era su carácter en la juventud. Solo que, a imitación de San Francisco de Sales, conociendo esta su inclinación, velaba continuamente sobre sí mismo, de manera que conservaba siempre la calma, y era un modelo de paciencia, mansedumbre y dulzura» (PC, 667).

Al sublimar su propia agresividad, Don Bosco se convirtió, de hecho, en un modelo de paciencia, mansedumbre y tolerancia, hasta el punto de que de adulto mantuvo casi siempre la calma, la dulzura de corazón y la serenidad de mente. Además, la sublimación de tal pulsión le reportó tenacidad, perseverancia y constancia. Afrontó, en efecto, con segura determinación todos los obstáculos que encontró en el curso de su vida, desde los relativos al Oratorio «ambulante» (1844-1846) hasta la expansión de la familia salesiana y la aprobación de la misma Sociedad.

Don Bosco dio una gran prueba de tenacidad al recorrer el camino que lo llevó a la fundación de la Sociedad Salesiana. Después de haber madurado, en los años 1854-1859, la idea de una asociación religiosa, tuvo que sortear la ley del 29 de mayo de 1855, que decretaba la supresión de las comunidades religiosas y la incautación de sus bienes. Con perseverancia, luchando durante quince años, llegó a la fundación de la Sociedad Salesiana, y «… supo superar todas las vicisitudes de la vida para llegar a su objetivo» (MB, I, 95), logrando siempre concluir las obras emprendidas.

 

Humilde, fuerte, robusto

De adulto, Don Bosco fue un luchador tenaz, un líder tranquilizador y carismático; y sobre todo, dotado de espíritu de sacrificio, de constancia y de humildad. Escribe Braido: «Es, sin embargo, un hombre discreto y sabio. Para no sobrecargar su acción, no se deja llevar por la avidez del bien. Don Bosco, en este sentido, piensa que lo óptimo es enemigo de lo bueno. Por lo tanto, la sobriedad, la prudencia, el sentido del límite lo guían en la realización práctica de la «apertura»».

La humildad no fue ciertamente una meta fácil de alcanzar para una personalidad como la de Don Bosco, caracterizada por un yo fuerte, ganador, de líder. Él mismo, refiriéndose a su pasada estancia en el seminario de Chieri, recordó así: «En ciertos días se permitía el juego de los tarots, y en esto participé durante algún tiempo. Pero también aquí encontraba lo dulce mezclado con lo amargo. Aunque no era un jugador experto, sin embargo, era tan afortunado que ganaba casi siempre. Al final de las partidas yo tenía las manos llenas de dinero; pero al ver a mis compañeros afligidos porque lo habían perdido, yo me afligía más que ellos. Se añade que en el juego fijaba tanto la mente, que después ya no podía ni rezar, ni estudiar, teniendo siempre la imaginación atormentada por el rey de copas y el fante de espadas, por el 13 o el quince de tarots. Por lo tanto, tomé la resolución de no volver a participar en este juego, como ya había renunciado a otros. Esto lo hice a mediados del segundo año de filosofía, 1836» (MO, 93).

Y ya como clérigo condenó severamente ciertos arrebatos de su carácter y quiso combatir sus propias «… pasiones, especialmente la soberbia que en mi corazón había echado profundas raíces».

En su pedagogía, Don Bosco privilegió la virtud de la humildad, y fue el primero en dar ejemplo, humillándose durante toda su vida a tender la mano a cualquiera que pudiera ayudarlo. Desde joven se entrenó en la humildad, desde que, por la violencia de su hermanastro mayor, tuvo que irse de casa y mendigar trabajo en la granja Moglia donde, además del sustento, ganaba quince liras al año.

Leyendo atentamente la vida de Don Bosco, uno queda particularmente impresionado por los «buenos modales» que usaba normalmente con todos y en particular con las personas humildes, del pueblo. Como sacerdote, trataba de «usted» incluso a los presos; se descubría la cabeza incluso ante los porteros de los palacios, cuando se dirigía a ellos para buscar a alguna persona. Si llegaba a Valdocco algún huésped importante, lo acogía con todo respeto, acompañándolo, siempre con su birrete en la mano, por toda la Casa.

Don Bosco hablaba, predicaba y escribía de manera simple y comprensible para todos (y esto también es un signo de humildad). Había además en él un reservado pudor, una discreción privada por todo lo que concernía a su mundo personal, que raramente traslucía. Tanto cuando hablaba como cuando escribía (y nos referimos particularmente al epistolario), si se citaba a sí mismo, usaba la tercera persona para expresarse de modo no subjetivo, como si hablara de otro. En sus escritos, además, solía anteponer, como signo de humildad, el simple apelativo «sacerdote» a su nombre y apellido. Y basta con mirar sus fotografías, donde la expresión del rostro no sugiere en absoluto la intención de dar una imagen carismática de sí mismo.

 

 

Giacomo DACQUINO, Psicología di don Bosco, pág. 50 y ss.

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