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En el sueño que Don Bosco narró la noche del 25 de abril de 1875, la dimensión onírica se convierte en catequesis viva y representación simbólica de la lucha espiritual de los jóvenes. Ambientado en un vasto valle, el relato entrelaza figuras amigas –Buzzetti, Gastini y los otros salesianos– con imágenes poderosas: el caballo de la confianza en Dios, la horca de dos puntas de la Confesión y la Comunión, las bestias de las tentaciones, el manto protector de María. Con un lenguaje vívido, Don Bosco muestra cómo el camino hacia la salvación atraviesa insidias, caídas y elecciones valientes, pero cómo el muchacho posee el «arma» para resistir. Esta visión, retomada en las «buenas noches» de mayo y junio, se convierte en una invitación a la sinceridad, a la confianza con los superiores y a la perseverancia en la gracia.
Después de las oraciones, y desde la cátedra de siempre, se expresó así: Aquí me tenéis dispuesto a cumplir mi palabra. Sabéis que los sueños se nen durmiendo. Acercándose, pues, el tiempo de los ejercicios espirituales, pensaba en la forma que debía emplear para que mis jóvenes los hiciesen bien, y qué había de aconsejarles para que sacasen el fruto consiguiente. Y así me fui a descansar con este pensamiento la noche del domingo 25 de abril, víspera de los ejercicios. Apenas me acosté comencé a soñar… Me pareció encontrarme completamente solo en un valle extensísimo: por una y otra parte se veían altas colinas. Al fondo del valle, por una parte, el terreno se elevaba y resplandecía una luz vivísima y en la otra parte el horizonte se presentaba algo oscuro.
Mientras contemplaba esta llanura, vi venir hacia mí a Buzzetti con Gastini, los cuales me dijeron:
– Don Bosco, monte a caballo, ¡pronto!
Yo les contesté:
– ¿Os queréis burlar de mí? Sabéis que hace mucho tiempo que no monto a caballo.
Los dos jóvenes insistían; pero yo me resistía diciendo: -No quiero montar a caballo; una vez lo hice y me caí. Buzzetti y Gastini continuaban presionando cada vez con más tesón y repetían:
– Pronto, a caballo, que no tenemos tiempo que perder.
– Pero, en resumidas cuentas, cuando monte a caballo, ¿a dónde queréis conducirme?
– Ya lo verá, dese prisa y monte.
– Pero ¿dónde está el caballo? Yo no veo aquí ninguno.
– ¡Allí está!, exclamó Gastini, señalando hacia una parte del valle. Miré hacia el lugar indicado y, en efecto, vi un brioso y hermosísimo caballo. Tenía las patas gruesas y largas, la crin espesa y el pelo brillantísimo.
– Y bien, continué, puesto que queréis que monte a caballo, lo haré; pero si me caigo…
– Esté tranquilo, me respondieron; estamos nosotros aquí para ayudarle en cualquier circunstancia.
– Si me rompo el cuello, dije a Buzzetti, tú tendrás que ponérmelo en su sitio. Buzzetti se echó a reír.
– No es hora de reír, barbotó Gastini. Nos acercamos al animal. Monté a la grupa con mucho trabajo, ayudado por ellos, y al fin heme caballero en mi caballo. ¡Qué alto me pareció entonces aquel animal! Creía estar sobre un elevado pedestal, desde el cual divisaba todo el valle hasta sus más lejanos confines.
Cuando he aquí que mi caballo se puso en movimiento despertando en mí nueva admiración: me pareció entonces encontrarme en mi propia habitación, por lo que me pregunté a mí mismo: ¿Dónde estamos? Y veía venir en mi busca, a sacerdotes, clérigos y otras muchas personas, todos asustados y anhelantes. Después de recorrer un buen trecho, el caballo se detuvo. Entonces vi venir hacia mí a todos los sacerdotes del Oratorio en compañía de numerosos clérigos, los cuales rodearon al animal. Vi entre ellos a don Miguel Rúa, a don Juan Cagliero, a don José Bologna. Al llegar se pusieron firmes contemplando a aquel enorme animal que yo montaba, pero ninguno decía palabra. Yo los veía a todos con aspecto melancólico, y reflejaban una turbación que jamás había contemplado en ellos. Llamé junto a mí a don José Bologna y le dije:
– Bologna, tú que estás en la portería, ¿sabes decirme si hay alguna novedad en casa? ¿Cuál es la causa de la turbación que veo en todos los rostros?
Y él me contestó:
– Yo no sé dónde estoy, ni lo que hago… Estoy aturdido… Vinieron algunos, hablaron, se marcharon; la portería es un continuo ir y venir que yo no comprendo.
– ¡Oh! ¿Es posible, me decía yo a mí mismo, que hoy haya de suceder algo extraordinario?
Entonces uno me entregó una trompeta, diciéndome que me quedara con ella porque la necesitaría. Yo le pregunté:
– ¿Dónde estamos?
– Toque la trompeta, me dijo.
Soplé y se oyeron estas palabras: -Estamos en el país de la prueba…
Después se vio descender de lo alto de la colina tal cantidad de jóvenes, que creo pasasen de los cien mil. Ninguno de ellos hablaba. Todos, armados de una horca, avanzaban a toda marcha hacia el valle. Vi entre ellos a todos los alumnos del Oratorio y de otros colegios nuestros y a muchísimos que yo no conocía. Entretanto, por una parte del valle comenzó a oscurecerse el cielo de tal manera que parecía de noche y apareció un número inmenso de animales que parecían tigres y leones. Aquellos monstruos feroces, de cuerpo descomunal, con patas robustas y cuello largo, tenían la cabeza más bien pequeña. Su hocico producía espanto; con los ojos enrojecidos y casi fuera de las órbitas se lanzaron contra los jóvenes, los cuales, al verse asaltados por aquellos animales, se aprestaron para la defensa. Los muchachos tenían en la mano una horca de dos puntas con la que hacían frente a aquellas alimañas, levantándola o bajándola según la dirección del ataque de las mismas.
Los monstruos, no pudiendo vencer a sus víctimas al primer asalto, mordían las puntas de la herramienta, se rompían los dientes y desaparecían. Había algunos, cuya horca sólo tenía una punta, y eran heridos por las fieras atacantes; otros la tenían con el mango roto; otros carcomido por la polilla; otros eran tan presuntuosos, que se arrojaban contra los animales sin arma alguna siendo víctimas de su temeridad, y no pocos encontraron la muerte en la lucha. Muchos conservaban la horca con el mango nuevo y con dos puntas.
Entretanto mi caballo fue rodeado desde un principio por una cantidad extraordinaria de serpientes. Pero saltaba y coceaba a diestro y siniestro, y las aplastaba o las alejaba, elevándose cada vez a mayor altura y ganando en corpulencia. Pregunté entonces a alguno qué significaban aquellas horcas de dos puntas. Me trajeron una y vi escrito sobre una de sus puntas: Confesión. Y en la otra: Comunión.
– ¿Qué significan esas dos puntas?, pregunté.
– Toca la trompeta, me respondieron.
Soplé y salió esta voz de la trompeta: Confesión y Comunión bien hechas.
Soplé de nuevo y se oyó lo siguiente: Mango roto: Confesiones y Comuniones mal hechas. Mango carcomido: Confesiones defectuosas.
Terminado este primer asalto, di con el caballo una vuelta por el campo de batalla y vi muchos heridos y muchos muertos.
Observé que algunos yacían por el suelo estrangulados, con el cuello horriblemente inflamado y deforme; otros con el rostro desfigurado de una manera horrible, y otros muertos de hambre, a pesar de que tenían junto a sí un plato de riquísimos confites. Los estrangulados son los que habiendo tenido la desgracia de haber cometido algún pecado de pequeños, no se confesaron nunca de él; los de la cara deforme, eran los golosos; los muertos de hambre, los que se confiesan, pero después no ponen en práctica los avisos y amonestaciones del confesor.
Junto a cada uno de los que tenían el mango carcomido, había una palabra escrita. Uno tenía escrito: Soberbia; otro, Pereza; otro, Inmodestia, etc. Hay que hacer notar que los jóvenes, al caminar, pisaban sobre una alfombra de rosas y se sentían contentos de tal circunstancia; pero apenas habían avanzado unos pasos, después de lanzar un grito, caían muertos o quedaban heridos, pues bajo las rosas había abundantes espinas. Otros, en cambio, pisando aquellas rosas valerosamente, caminaban sobre ellas y se animaban recíprocamente saliendo victoriosos.
Pero de nuevo se oscureció el cielo y en un momento aparecieron más animales y monstruos que la primera vez, todo lo cual sucedió en menos de tres o cuatro segundos, y hasta mi caballo se vio asediado por aquellas alimañas. Los monstruos siguieron creciendo sin medida, de forma que también yo comencé a sentir miedo, y me parecía que sus zarpas arañaban mi cuerpo. Suerte la mía que en aquel momento también me proporcionaron a mí una horca; entonces comencé a combatir y los monstruos se dieron a la fuga. Todos desaparecieron, vencidos en la primera acometida, porque se daban a la fuga.
Entonces soplé la trompeta y resonó por todo el valle esta voz: – ¡Victoria, victoria! –
Pero ¿cómo, dije yo hemos conseguido la victoria? ¡Y a pesar de ello hay tantos muertos y tantos heridos!
Entonces toqué nuevamente la trompeta y se oyó esta voz: Tregua a los vencidos. Después el cielo se serenó y apareció un arco iris tan bello, de tantos colores, que es imposible describirlo. Era de tal magnitud, como si se apoyara en Superga y, describiendo una curva, llegase a caer sobre el Moncenisio. He de hacer notar que los vencedores tenían sobre sus cabezas coronas tan brillantes, de tantos y tales colores, que causaba maravilla contemplarlas; además, sus rostros resplandecían con una belleza incomparable. Hacia el fondo, en una zona del valle y en medio del arco iris, se veía una especie de tribuna ocupada por gente llena de júbilo y de una hermosura imposible de imaginar. Una nobilísima Señora regiamente vestida se acercó a la orilla de aquel balcón diciendo:
– Hijos míos, venid, cobijaos bajo mi manto. Y al mismo tiempo extendió un anchísimo manto y todos los jóvenes corrieron a colocarse bajo él; noté que algunos en vez de correr volaban y llevaban escrito en su frente: Inocencia; otros caminaban a pie y otros se arrastraban; también yo comencé a correr y en el instante que duró mi carrera, dije para mí: -O esto termina o, si continúa un poco más, moriremos todos. Yal decir esto, mientras continuaba corriendo, me desperté.
Por el motivo que más adelante dirá, volvió sobre el tema el 6 de mayo, fiesta de la Ascensión. Dispuso que se reuniesen estudiantes y aprendices para rezar las oraciones de la noche, y les habló de esta manera:
La otra noche no os lo pude decir todo porque estaba presente un forastero. Estas cosas deben quedar entre nosotros, y no se deben escribir ni a los padres ni a los amigos. Yo os lo digo todo a vosotros, incluso mis pecados: aquel valle, aquel país de prueba, es el mundo. La semioscuridad es el lugar de perdición; las colinas, los mandamientos de la ley de Dios y de la Santa Iglesia; las serpientes, los demonios; los monstruos, las malas tentaciones. Aquel caballo creo que representaba al caballo que hirió a Heliodoro y es la confianza en Dios; los que pisaban sobre las rosas y caían muertos, son los que se entregan a los placeres de este mundo que ocasionan la muerte al alma. Los que pisoteaban las rosas son los que desprecian los placeres del mundo y salen vencedores. Los que volaban a colocarse bajo el manto de la Señora, son los inocentes.
Ahora, los que deseen saber qué arma tenían, si fueron vencedores o vencidos, muertos o heridos, que vengan a mí que se lo comunicaré poco a poco. Si bien no conocía a todos aquellos jóvenes, pude identificar a los que se encuentran aún en el Oratorio. Y otros que tal vez vendrán con el tiempo, si los llegase a ver, me acordaría perfectamente de su fisonomía.
El secretario don Joaquín Berto, que escribió este relato, añade que hay muchas cosas que don Bosco explicó de una manera prolija, pero que él no recuerda. En la mañana del 7 le preguntó en su habitación:
– ¿Cómo hace usted para acordarse de todos los jóvenes que vio en el sueño y para decir a cada uno el estado en que se encontraba, especificando de una manera tan precisa sus defectos?
– ¡Ah! Con el Otis Botis Pia Tutis. Era una de las respuestas que solía dar cuando quería eludir una pregunta embarazosa.
También don Julio Barberis, al hablarle de esto mismo, oyó esta respuesta de labios de don Bosco, cuyo semblante se había tornado muy serio. – ¡Se trata de algo más que de un sueño! Y cortó la conversación, pasando a hablar de otra cosa.
Don Joaquín Berto termina su relato con estas palabras: «También yo, que estoy escribiendo esta reseña, quise preguntarle lo que me interesaba, obteniendo una respuesta tan precisa, que hube de decir emocionado hasta las lágrimas: – «Si hubiese venido un ángel del cielo no me habría hablado con tanta precisión».
Por segunda vez sirvió el sueño de tema para las «buenas noches». Y fue el 4 de junio. He aquí el diálogo que se entabló entre don Julio Barberis y don Bosco en presencia de los jóvenes del Oratorio:
– Si me permite, don Bosco, esta noche desearía hacerle algunas preguntas. En las noches pasadas, como había entre nosotros algunos forasteros, no me atreví a hacerlo. Desearía nos diese alguna explicación sobre el último sueño.
– Habla, habla, contestó don Bosco. Cierto que ya ha pasado mucho tiempo desde que hice la narración del mismo, pero no importa.
– Hacia el final del sueño, continuó don Julio Barberis, dijo que algunos volaron a colocarse bajo el manto de María, que muchos corrían y otros iban despacio, que algunos caminaban sobre el barro y quedaban atollados y que, por tanto, no llegaban a colocarse bajo su amparo. Nos dijo que los que volaban eran los inocentes; es fácil de comprender quiénes eran los que iban de prisa, pero ¿quiénes eran los que quedaron empantanados?
– Estos últimos, replicó don Bosco, que por lo general no llegaban a colocarse bajo el manto de María, son aquellos que están apegados a los bienes de la tierra. El egoísmo no les deja pensar más que en sí mismos; ellos mismos se llenan de fango y no son capaces de hacer un esfuerzo para conseguir las cosas del cielo. Ven que la Virgen María les llama, querrían ir, dan algunos pasos, pero el fango les atrae.
Y así sucede una y otra vez. Lo dice El Señor: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. Los que no se elevan a los tesoros de la gracia, ponen su corazón en las cosas de la tierra y no piensan más que en los goces terrenales, en enriquecerse, en prosperar en los negocios y adquirir fama. Y para el Paraíso, nada.
– Hay otra cosa, prosiguió don Julio Barberis, que usted, don Bosco, no ha contado al narrarnos el sueño, pero que la ha dicho a alguno en particular y desearía diese de ella una explicación, y es lo siguiente: Alguno le preguntó sobre su estado, a saber, si corría o si iba despacio, si se había puesto bajo el manto de la Virgen, si tenía el arma rota o carcomida. Y usted contestó que no lo pudo ver bien porque se interponía una nube entre usted y el joven.
– Tú eres teólogo y lo debes saber, contestó don Bosco. Mira. Había varios jóvenes, por cierto no muy numerosos, a los cuales no pude ver bien. Yo observaba, los reconocía, pero no podía ver nada más. Y los tales, queridos míos, son aquellos que permanecen cerrados para con los superiores, los que no les abren su corazón, los que no son sinceros. Si ven un superior por una parte, en vez de hacerse encontradizos con él, evitan el encuentro. Algunos de éstos vinieron a preguntarme el estado en que los vi, pero ¿qué queréis que les respondiese? Podía decirles: Tú no tienes confianza con los superiores, tú no les abres el corazón. Por eso no olvidéis lo que os voy a decir: una de las cosas que mayor bien os puede hacer es ésta: manifestaos a vuestros superiores, tened mucha confianza con ellos, sed abiertamente sinceros.
– Aún desearía preguntarle una cosa, prosiguió don Julio Barberis, pero me temo que me tache de demasiado curioso.
– ¿Quién no sabe que eres curioso?, le contesté a don Bosco. (Risas generales). Pero afortunadamente tu curiosidad es buena. Cuando un jovencito pregunta siempre esto o aquello a quien lo puede saber, para instruirse, hace bien. En cambio hay algunos que están siempre como los mochuelos. Jamás preguntan nada. Esto no es buena señal.
– ¡Ah! Entonces no quiero ser de estos, dijo don Julio Barberis. La pregunta que hace mucho tiempo quería hacerle, es la siguiente. En aquel célebre sueño, ¿vio solamente el pasado de los jóvenes, o también el porvenir, lo que cada uno hará y lo que llegará a conseguir?
– Sí, sí, respondió don Bosco. No solamente vi el pasado, sino también el porvenir que se presenta ante los jóvenes. Cada joven tenía ante sí varios caminos, unos estrechos y espinosos y otros cubiertos de clavos de puntas afiladas. Pero todas estas sendas estaban cubiertas también de gracias del Señor, e iban a parar a un jardín amenísimo, en el que se disfrutaba de toda suerte de delicias.
– ¿Con esto nos quiere decir, prosiguió don Julio Barberis, que sabría indicarnos a cada uno el camino que debemos seguir, esto es, ¿cuál es nuestra propia vocación, adónde iremos a parar y qué derroteros seguiremos?
– Respecto al camino que cada cual ha de seguir, dijo el Siervo de Dios, y cómo acabará, no es el caso hablar ahora de ello. Decirle a un joven: -Tú seguirás por el camino de la impiedad, no es cosa que haga bien; sólo lograría llenarle el corazón de pavor. Lo que sí puedo decir es esto: que si ése emprende tal camino, puede tener la seguridad de que sigue la senda del cielo, que es para la que es llamado; y que quien no sigue este camino, no va por un sendero derecho. Algunos caminos son estrechos, llenos de guijarros y recubiertos de espinas, pero tened buen ánimo, mis queridos hijos; junto a las espinas también está la gracia de Dios; y, por otra parte, es tan grande el bien que nos aguarda al final del camino, que pronto se olvidarán las heridas.
Lo que deseo que no olvidéis es que todo esto fue un sueño que nadie está obligado a creer. He comprobado que todos los que me piden explicaciones, toman bien mis avisos; con todo, haced lo que recomendaba san Pablo: Omnia autem probate, quod bonum est tenete. Otra cosa que desearía que no olvidaseis es que recordéis al pobre don Bosco en vuestras oraciones, a fin de que no me suceda lo que dice san Pablo: Cum aliis praedicaverim, ego reprobus efficiar, que mientras os predico a vosotros no suceda que yo me condene. Yo procuro avisaros, pienso en vosotros, os aconsejo, pero temo hacer como la clueca, que va buscando insectos, gusanillos, semillas y toda clase de alimentos, pero todo para sus pollitos, y si no tiene otra comida abundante preparada para ella, se muere de hambre. Rezad, pues, por mí al Señor, para que no me suceda esto, sino que yo también consiga adornar mi corazón con muchas virtudes, de forma que pueda agradar a Dios y podamos todos juntos ir a gozar de Él y a glorificarlo en el Paraíso. Buenas noches.

