8 Abr 2026, Mié

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La historia de Ilodigwe Emmanuel Chekwube es la de un joven nigeriano que, educado en la fe, decidió responder a una llamada más grande que él. Salesiano de Don Bosco, dejó Nigeria para servir donde la presencia de la Congregación era más frágil. Desde Liberia hasta Hungría, se ha enfrentado a la barrera del idioma, al choque cultural y a la soledad del extranjero; no con sus propias fuerzas, sino con la certeza de que quien envía, provee. Su relato es un testimonio concreto de fe misionera vivida en el corazón de Europa.

 

Me llamo Ilodigwe Emmanuel Chekwube. Soy de Isuaniocha, en el área de gobierno local de Awka North, en el estado de Anambra, Nigeria. Soy el quinto de seis hermanos —cuatro chicos y dos chicas— y crecí en una sólida familia católica en la que se vivía la fe. Esta educación me ayudó a madurar una relación personal y cada vez más profunda con Dios.

Tuve a mi alrededor testigos creíbles que me guiaron en el amor a Jesús y en el crecimiento espiritual. Tras los exámenes de selectividad, sintiendo en mi corazón el deseo de servir a Dios y a los jóvenes, entré en contacto con los Salesianos. En 2012 hice mis primeros votos y, desde entonces, mi amor por el carisma de Don Bosco se ha arraigado aún más.

Ya durante el posnoviciado —e incluso antes— me llamaba la atención que en diversas partes del mundo se cerraran algunas casas salesianas por falta de hermanos. Esta realidad me interpeló profundamente y despertó en mí el deseo de estar disponible para los lugares donde la presencia salesiana era más frágil.

Cuando empecé a pensar seriamente en la misión, mi mayor miedo era este: «¿Y si me envían a un país donde no se habla inglés? ¿Qué será de mí?». El miedo era real, pero no permití que paralizara mi respuesta. Tras un tiempo de intensa oración y de diálogo con algunos misioneros, encontré el valor para presentar mi solicitud para las misiones.

Mi primera solicitud fue aceptada, pero, como la Inspectoría necesitaba tirocinantes, me enviaron inicialmente a una zona misionera interna: Liberia. Después de un año de servicio, seguía sintiendo con fuerza la llamada ad gentes y volví a presentar la solicitud. Esta vez fui destinado a Hungría, una de las Inspectorías más pequeñas de la Congregación.

Mi miedo se hizo realidad: llegué a un país donde no se hablaba inglés.

No fue fácil integrarme en un entorno completamente nuevo, donde todo era diferente: el idioma, el clima, la cultura, la comida, el estilo de vida. La adaptación requirió tiempo y paciencia. Sin embargo, una certeza me sostuvo: mi relación con Aquel que me ha enviado es más grande que cualquier dificultad. Si el Señor me llama a servir en una nueva tierra, estoy dispuesto a empezar de cero.

Este es también el mensaje que deseo transmitir a quien lee: cuando Dios te llama a algo nuevo, responde con confianza. Estate preparado para empezar de nuevo. Él nunca abandona a quien se confía a Él.

Con esta convicción aprendí a confiar más, a ejercitar la paciencia y a dedicarme seriamente al estudio del idioma. El húngaro no fue fácil, pero con la ayuda de Dios, de los hermanos y de los jóvenes, pude aprenderlo. Todavía hay aspectos en los que debo mejorar, pero reconozco que no ha sido mi fuerza la que me ha sostenido, sino Su gracia. Quien envía, también provee lo necesario para la misión.

Pronto celebraré diez años desde mi llegada a Hungría. El servicio en esta Inspectoría ha sido para mí una experiencia rica y positiva. En un contexto europeo marcado por el descenso de practicantes, Hungría sigue siendo un país donde la Iglesia, la familia y la dignidad de la persona conservan todavía un reconocimiento social significativo. Doy gracias a Dios por haberme concedido servirle aquí.

Nuestra Inspectoría es pequeña; sin embargo, en la misión no cuenta ante todo la cantidad, sino la calidad de la presencia y del testimonio. Ciertamente, sería una gracia poder acoger a nuevos misioneros para así ampliar el servicio a los jóvenes y la difusión del Reino de Dios.

La escasez numérica representa un desafío, pero no es la más grande. La dificultad más profunda que percibo se refiere a la transmisión de la fe en las familias. Antaño, los padres enseñaban a sus hijos a rezar y los guiaban en el camino cristiano; hoy, a veces ocurre que la participación en la vida eclesial está motivada únicamente por actividades escolares o deportivas. El domingo corre el riesgo de convertirse en un día como cualquier otro. Y, sin embargo, el tiempo dedicado a Dios es lo que da sentido y plenitud a todo lo demás. Santificar el día del Señor significa volver a poner a Dios en el centro.

¿Cuál es, pues, mi tarea como misionero salesiano? Es vivir la fe de manera creíble y reevangelizar ante todo con la vida. A los jóvenes de hoy no les impresionan tanto las palabras como la coherencia. Si ven que lo que anuncias se corresponde con lo que vives, entonces se abren a la escucha. Creo que este es un camino privilegiado para la reevangelización de Europa: el testimonio concreto. Vivir de tal manera que cualquiera pueda «leer el Evangelio» en tu vida. Representar a Cristo, no las lógicas del mundo.

Actualmente vivo en la comunidad de Péliföldszentkereszt con tres hermanos procedentes de India, Vietnam y Hungría. Ejerzo el servicio de guía espiritual y profesor de religión en un instituto salesiano. Lo considero una verdadera frontera misionera: muchos estudiantes no provienen de familias practicantes, pero están en búsqueda. Tienen preguntas, desean un sentido, buscan la plenitud.

Mi presencia entre ellos quiere ser un acompañamiento: ayudarles a acercarse a Cristo a través de la escucha, el ejemplo y la paciencia. No siempre es fácil, sobre todo cuando surgen malentendidos culturales o lingüísticos, pero intento vivir con humildad, dispuesto a aprender y a enseñar. Nuestra comunidad también anima un oratorio y una intensa actividad parroquial. Trabajar juntos es un gran don: nosotros sembramos y confiamos a Dios el crecimiento.

Quisiera concluir señalando tres pilares que sostienen la misión: oración, adoración y peregrinación. Sin oración, la misión pierde fecundidad. La grandeza de la obra de Don Bosco nació de la entrega total al Señor, por intercesión de María Auxiliadora. En la adoración silenciosa obtengo fuerza para las fatigas diarias; ante Él encuentro luz, consuelo y un renovado valor. Él es la fuente de mi alegría. También la peregrinación, vivida como experiencia espiritual, fortalece el cuerpo y el corazón en la fe.

Esta historia mía es también una invitación: no dejéis que el miedo acalle la voz de Dios. Si sentís la llamada hacia tierras lejanas, partid con confianza. Si vuestra misión es local, sed misioneros en lo cotidiano. Todo cristiano, dondequiera que se encuentre, está llamado a ser un reflejo de la luz de Cristo.

don Ilodigwe Emmanuel Chekwube, sdb

Editor BSOL

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