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La confesión ocupa un lugar central en la vida y en la misión de san Juan Bosco. Para él no era simplemente una práctica religiosa más, sino uno de los lugares privilegiados en los que se manifiesta la misericordia de Dios y se renueva el corazón del hombre. Don Bosco invitaba a confesarse con una sencillez que desarmaba, con la delicadeza de un padre y con la pasión de un verdadero pastor, capaz de llegar a los jóvenes, a los pobres, a los alejados y a los pecadores en los patios, en las plazas, en las cárceles y en las iglesias. En su experiencia sacerdotal, el sacramento de la Reconciliación se presenta como un camino concreto de esperanza, de verdad y de paz, ofrecido a todos con una bondad incansable y con esa franqueza afectuosa que hacía creíble su invitación a volver a Dios.
Un sacramento en el centro de todo
Quien conoce la vida de san Juan Bosco sabe que uno de los hilos conductores de su existencia sacerdotal es el sacramento de la Confesión. No una devoción entre tantas, no una tarea pastoral más: para don Bosco, la confesión era el corazón palpitante de la cura de almas, el lugar privilegiado donde la misericordia de Dios alcanzaba al pecador y lo regeneraba. Las Memorias Biográficas, la monumental colección en diecinueve volúmenes que documenta su vida, vuelven sobre este tema con una frecuencia extraordinaria —la palabra «confesión» aparece casi mil veces en esas páginas—, testimonio de lo central que era el sacramento de la Penitencia en su existencia y en su método educativo y pastoral.
Para don Bosco, esperanza, misericordia y confesión eran sinónimos. Esta síntesis tan eficaz revela la teología práctica que él vivía: la confesión no era ante todo un tribunal, sino la puerta abierta de par en par de la misericordia divina. Cualquiera que se le acercara con el peso del pecado encontraba en él no a un juez severo, sino a un padre que se regocijaba al ver al hijo volver a casa.
Incontables horas ante el confesionario
Apenas obtuvo la licencia para confesar el 10 de junio de 1843, don Bosco se dedicó a este ministerio con una intensidad que dejaba estupefactos a sus contemporáneos. Sus biógrafos señalan que, cuando llegó al Refugio de Turín, donde desempeñaba sus primeros servicios pastorales, todavía no estaba encargado de la predicación, pero en cuanto obtuvo la facultad de confesar, casi todos querían confesarse con él y él escuchaba a todos.
En los primeros tiempos del Oratorio de Valdocco, don Bosco se sentaba en un banco en un rincón del patio o de la capilla, y los muchachos se arrodillaban a su alrededor para confesarse, mientras otros se preparaban o daban gracias. Era un espectáculo insólito y conmovedor: un sacerdote sentado al aire libre, rodeado de niños que esperaban pacientemente su turno. En ciertos días festivos la multitud era tal que ni siquiera una docena de sacerdotes habría bastado; y sin embargo, los muchachos querían confesarse todos solo con él, y había que persuadirlos para que pospusieran la Comunión para el día siguiente.
Con el crecimiento del Oratorio y luego del Hospicio, las horas que don Bosco pasaba en el confesionario se volvieron legendarias. Se levantaba muy temprano y, antes incluso de salir de su habitación hacia la sacristía, ya sabía que le esperaban peticiones de confesión. Él mismo había escrito en sus propósitos de 1845: «Como al llegar a la sacristía la mayoría de las veces me piden enseguida que escuche en confesión, procuraré hacer una breve preparación para la santa Misa antes de salir de la habitación». Confesaba por la mañana temprano, confesaba durante los recreos, confesaba por la noche. No perdía una ocasión.
También había un ritmo semanal de confesiones en el Oratorio: cada mañana festiva se daba a los jóvenes la posibilidad de acercarse a los sacramentos, pero un domingo al mes estaba establecido para la confesión y comunión general de todos. Y en el reglamento escrito por don Bosco, la confesión se prescribía al menos cada quince días, con la posibilidad de acercarse cada sábado para quien lo deseara.
El arte de invitar: la franqueza afectuosa de don Bosco
Lo que distingue a don Bosco de tantos otros sacerdotes celosos es su extraordinaria capacidad de invitar a la confesión sin forzar, de abrir el camino del sacramento con un toque de humor, de sencillez, de ingenio que desarma. Las Memorias Biográficas dedican un capítulo entero del tercer volumen (cap. VII) a ilustrar «la admirable franqueza de don Bosco en Porta Nuova, en Piazza Castello, en Piazza d’Armi y en otros lugares para reconducir a los pecadores a Dios». Para él, cualquier lugar era bueno, cada encuentro una oportunidad.
En las tabernas, en las posadas, en los cafés, en las barberías a donde iba a buscar a los muchachos abandonados, don Bosco nunca perdía de vista el fin último: reconducir esa alma a Dios. Empezaba con un chiste, un juego de manos, un relato que captaba la atención; luego, poco a poco, llevaba la conversación al plano espiritual, y casi sin que el interlocutor se diera cuenta, se encontraba escuchando una invitación a la confesión. «Así, los obstinados sentían desvanecerse sus resistencias, acogían los buenos propósitos que la gracia divina les inspiraba y poco a poco se decidían a una buena confesión».
Con los muchachos del Oratorio el método era aún más directo y afectuoso. Se acercaba a un joven durante el recreo, le ponía una mano en el hombro, intercambiaba unas palabras alegres y luego, casi de pasada: «Oye, ¿y cuándo te vas a confesar? Ya hace un tiempo que no te dejas ver por el confesor…». El enfoque era tan natural y libre de juicio que rara vez los muchachos se echaban atrás. Y el que se confesaba primero, al volver alegre y sereno al patio, se convertía involuntariamente en el mejor embajador: al ver su alegría, los demás se animaban y lo seguían.
Fue célebre también su modo de acercarse incluso a los adultos más alejados de la práctica religiosa. Con una mujer que llevaba mucho tiempo sin confesarse, bastó que él pronunciara dulcemente la palabra «confesión» para que ella misma exclamara: «¡Confesión! Hace ya mucho tiempo que no me confieso». La brecha estaba abierta. Con los carreteros, con los gendarmes, incluso con los condenados a muerte en las cárceles senatoriales de Turín, a donde acudía cada semana con don Cafasso, don Bosco encontraba la manera de acercarse con delicadeza, de ganarse la confianza, de disponer lentamente el ánimo a la conversión. Nunca se resignó ante un rechazo: lo intentaba, esperaba, volvía.
También es memorable el episodio de los gendarmes que lo vigilaban durante el período de grandes dificultades con las autoridades civiles. Después de sus predicaciones, aquellos guardias que llevaban años sin confesarse se le acercaban conmovidos pidiendo ser escuchados en confesión. Don Bosco les prestaba «¡oh, con cuánto gusto!» esta caridad, tanto que —al cambiarse los guardias cada domingo— se puede decir que casi todos acabaron por confesarse y comulgar.
Sus recomendaciones: sinceridad, frecuencia, confianza
Don Bosco no se limitaba a invitar a la confesión: la enseñaba, la explicaba, la recomendaba con criterios precisos y concretos. La primera y fundamental enseñanza era sobre la sinceridad absoluta. «En primer lugar, os recomiendo que hagáis todo lo posible por no caer en pecado; pero si por desgracia os ocurriera cometerlo, no os dejéis inducir nunca por el demonio a callarlo en la confesión». Esta recomendación vuelve con una constancia impresionante en todos los contextos: en los sermones de la noche, en los discursos a las grandes asambleas, en las conversaciones personales.
El temor a callar los pecados por vergüenza era para él una de las tragedias espirituales más graves. Escribía con la pluma temblándole en la mano: «Mientras escribo, me tiembla la mano al pensar en el gran número de cristianos que van a la perdición eterna solo por haber callado o no haber expuesto sinceramente ciertos pecados en la confesión». Y a quien se encontrara dudando de la validez de alguna confesión pasada, le dirigía un llamamiento sentido: arregla enseguida las cosas de tu conciencia, exponiendo sinceramente lo que te pesa, como si te encontraras en el lecho de muerte.
La segunda recomendación era la frecuencia. Don Bosco fijó en el primer domingo de cada mes el día de confesión y comunión general en el Oratorio, recomendando a cada uno que se acercara al sacramento como si fuera la última confesión de su vida. Esta conciencia del momento presente, esta urgencia espiritual no era melancolía, sino intensidad de vida: cada confesión podía ser la última, por lo tanto, cada confesión debía hacerse con todo el corazón.
La tercera recomendación se refería al confesor y a la relación de confianza con él. Don Bosco exhortaba a sus muchachos a poner en práctica los consejos recibidos en la confesión, y los invitaba a llevar consigo a sus amigos: «Procurad llevar a algún compañero vuestro a escuchar la palabra de Dios o a acercarse al sacramento de la Confesión». La confesión no era un hecho privado e individualista: tenía una repercusión en la comunidad, tenía un poder de contagio del bien.
En cuanto a los confesores, don Bosco tenía indicaciones precisas: nunca se debía maltratar a los penitentes ni asombrarse por su ignorancia o por las cosas declaradas en la confesión. La bondad, la paciencia, la discreción eran cualidades indispensables. El confesor estaba obligado al secreto absoluto: «Aunque tuviera que perder la propia vida, no puede decir a nadie la más mínima cosa relativa a lo que ha oído en confesión». Esta garantía de absoluta confidencialidad era para don Bosco un elemento esencial para que los penitentes tuvieran la confianza de abrirse completamente.
Un legado vivo
Mirando el conjunto de la vida de don Bosco, emerge un retrato de sacerdote que se tomó en serio las palabras de Cristo a sus apóstoles: «A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados». Para él, esta potestad no era un privilegio que guardar celosamente, sino una responsabilidad que ejercer con generosidad sin límites, en el confesionario y fuera de él, por la mañana temprano y por la noche tarde, con los niños y con los condenados a muerte, en las iglesias y en las plazas, dondequiera que un alma necesitara reencontrar la paz con Dios.
Don Bosco había entendido una cosa sencilla y profunda: que los muchachos abandonados, los pobres, los pecadores no necesitaban ser condenados, sino ser amados; y que el amor más grande que un sacerdote podía ofrecer era el de acompañarlos a la misericordia de Dios, a través de ese sacramento que él había aprendido a amar desde niño, cuando su madre Margarita lo había llevado de la mano a la iglesia para su primera confesión.
La invitación de don Bosco no ha perdido nada de su frescura. Resuena hoy con la misma dulzura insistente con la que él se acercaba a sus muchachos en el patio del Oratorio, a quienes encontraba por la calle, a los alejados y a los cansados. Es una invitación dirigida de modo particular a quien desde hace tiempo se ha alejado de este sacramento de la salud y de la paz: nadie está demasiado lejos de Dios como para no poder volver a casa.
Siguiendo sus huellas, recogemos su llamamiento y lo hacemos nuestro. Para quien desee acercarse o volver a acercarse a la Confesión —quizás después de años de lejanía, quizás con algún temor o incertidumbre sobre cómo proceder— hemos recogido en ESTA PÁGINA algunas indicaciones prácticas y espirituales, con la esperanza de que puedan ayudar a abrirse a la gracia de Dios y a recibir su perdón. Como recordaba don Bosco a sus muchachos: no callar nada por vergüenza, confiarse con fe en la bondad del confesor y volver serenos como quien ha sido abrazado por el Padre.
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