21 Mar 2026, Sáb

Educar en la devoción civil con san Francisco de Sales

⏱️ Tiempo de lectura: 13 min.

Francisco de Sales, obispo de Ginebra en el siglo XVII, revolucionó la espiritualidad cristiana al proponer una «devoción civil» accesible a todos, no reservada únicamente a monjes y contemplativos. Su obra más célebre, la Introducción a la vida devota (Filotea), enseña que la verdadera devoción no consiste en prácticas exteriores o actitudes afectadas, sino en un amor auténtico a Dios y al prójimo, vivido con alegría en las ocupaciones cotidianas. Oponiéndose a la concepción que relegaba la santidad a los monasterios, Francisco de Sales demuestra que militares, artesanos, esposos y príncipes pueden aspirar todos a la perfección cristiana. Su devoción es inteligente, discreta y alegre, perfectamente integrada en la vida social, transformando la religión en una presencia viva en el mundo en lugar de una huida de él.

Al dirigirse a Filotea a propósito de la vida de relación en el mundo, Francisco de Sales le da el siguiente consejo: «Ir a la caza de conversaciones o hacer todo lo posible por evitarlas son dos extremos igualmente reprobables, desde el punto de vista de esa devoción civil de la que os estoy hablando». Esta insistencia en la «devoción civil» fue, al parecer, lo que más impresionó a los lectores antiguos y modernos de la Filotea, porque revela la intención profunda del autor de formar no solo cristianos fervientes, sino también buenos ciudadanos de la ciudad terrenal.

Verdadera y falsa devoción
            A principios del siglo XVII, el sustantivo devoción aún no tenía el significado débil y despectivo que a menudo adquirirá más tarde. Un devoto no era todavía un beato o un hipócrita. Ello no impide que Francisco de Sales se sintiera obligado a descartar varias falsas interpretaciones de la devoción que ya eran comunes en su tiempo:

Quien es propenso al ayuno se creerá un buen devoto porque ayuna, aunque quizá su corazón esté lleno de rencor; y aunque por razones de sobriedad no se atreva a tocar con la lengua un poco de vino ni siquiera un poco de agua, no se recata, sin embargo, de sumergirla en la sangre del prójimo con la maledicencia y la calumnia. Otro se creerá devoto porque reza una gran cantidad de oraciones todos los días, aunque después su lengua abunde en palabras inconvenientes, arrogantes e injuriosas entre siervos y vecinos.

Todos estos sujetos, proseguía el autor de la Filotea, son comúnmente considerados devotos, pero no lo son en modo alguno; son solo «estatuas y fantasmas de devoción». Hay que añadir que no son las caras de cuaresma las que hacen a los santos. Se atribuye a Francisco de Sales, y no sin razón, la respuesta que habría dado un día a propósito de un santo varón que siempre tenía un aire triste: «Si un santo está triste, es un triste santo».
Cuando la devoción es afectada y extravagante, es falsa. También Francisco de Sales se reprochaba haber caído en ella una vez, en su adolescencia:

Cuando era joven estudiante en esta ciudad, me entró un gran fervor y un gran deseo de ser santo y perfecto; pensaba que para ello era necesario que inclinara la cabeza sobre el hombro al rezar las Horas, porque así lo hacía otro estudiante que era verdaderamente santo, y lo hice durante un tiempo con esmero, sin por ello volverme más santo.

¿En qué consiste, pues, la verdadera devoción? No es otra cosa que «una agilidad y vivacidad espiritual en virtud de la cual la caridad realiza sus acciones en nosotros, o nosotros a través de ella, con prontitud y afecto»; o también, es «una inclinación general y una presteza del espíritu para hacer lo que estimamos agradable a Dios». Es un amor de Dios que aspira a la perfección. La devoción es un fuego interior.

La religión al alcance de todos
            El éxito de Francisco de Sales consistió en poner la vida espiritual al alcance de todos, con un lenguaje claro y adaptado a la sensibilidad de la época. En efecto, si la devoción es amor, amor a Dios en primer lugar, pero también, y con un mismo movimiento, amor al prójimo, es accesible a todos, en todas las situaciones.

La «devoción civil», que él enseña y propaga, tiene en cuenta todos los aspectos de la realidad humana, sobre la cual ejercerá una benéfica influencia. El autor de la Filotea llega a lanzar la palabra herejía para denunciar una actitud que le parece incompatible con una visión equilibrada de las realidades sociales y con la vida cristiana: «Es un error, más aún, una herejía, querer desterrar la vida devota de la compañía de los militares, del taller del artesano, de la corte del príncipe, de la vida cotidiana de las parejas casadas».
Para llevar una vida cristiana auténtica, no es indispensable retirarse del mundo, ir al desierto o entrar en un monasterio. Al dirigirse a Filotea, es decir, a toda persona que quiere amar a Dios, el autor se propuso trazarle un camino de ferviente vida cristiana en medio del mundo, enseñándole cómo es necesario servirse de las propias «alas para volar» a las alturas de la oración y, conjuntamente, de los propios «pies para caminar junto con los hombres en santa y amigable conversación».

En su libro encontramos, de hecho, una cantidad de consejos y enseñanzas sobre temas que, antes de él, la literatura espiritual había abordado poco, como la vida de todos los días con sus problemas, sus quehaceres y cuestiones relativas al matrimonio, las relaciones sociales, la vestimenta, el recreo, el juego, el baile o las amistades. De manera más general, se ha reconocido que el obispo de Ginebra tuvo el mérito de hacer entrar la religión en la vida y la vida en la religión.
La devoción es buena «tanto para los hombres como para las mujeres», se lee en el prefacio del Teótimo. Filotea es un nombre femenino elegido para designar a toda alma que aspira a la devoción —escribe—, añadiendo con una pizca de ironía que «los hombres también tienen un alma como las mujeres».
Por otra parte, la devoción no depende del «temperamento natural». Hay personas que tienen «el corazón inclinado al amor», para las cuales «es fácil querer amar a Dios», pero corren «el peligro de amar mal [porque su amor] está ligado a la facilidad de amar». Otros tienen «el alma ácida, áspera, melancólica y hosca»: su amor será «más válido y loable, así como el otro será también más gracioso y delicioso». Todas estas personas dotadas de un temperamento diferente «sin duda amarán a Dios en la misma medida, pero no de la misma manera».

Una devoción inteligente y discreta
            La devoción del cristiano debe ser «inteligente» y es preciso entender las oraciones que uno reza: «Deseo que tengáis una traducción al francés de todas las oraciones que recéis —escribía Francisco de Sales a la baronesa de Chantal—. No quiero que las digáis en francés, sino en latín, cosa que favorece la devoción, pero quiero que conozcáis de algún modo el sentido de las oraciones que recitáis». Dará el mismo consejo a Filotea en la Introducción a la vida devota, añadiendo una advertencia contra los excesos de la devoción verbal, «porque un solo Padrenuestro recitado con sentimiento vale más que muchos recitados deprisa y corriendo».

Para comprender su propia religión, el cristiano que vive en el mundo debe formarse. Como director espiritual, Francisco de Sales recomendaba la escucha de la palabra de Dios durante la predicación y la lectura de obras útiles para la formación espiritual, como la vida y las obras de santa Teresa de Ávila, así como las de grandes autores espirituales de su tiempo. Si la lectura personal de la Biblia no estaba todavía a la orden del día para los católicos, sin embargo, un alimento abundante estaba a disposición de las personas deseosas de alcanzar la perfección cristiana. El obispo de Ginebra contribuiría a ello de manera relevante, particularmente con la publicación de la Filotea y del Teótimo.
El cristiano debe saber de modo especial que en la vida espiritual lo que cuenta ante todo es lo interior. La devoción —dirá a las visitandinas— debe ser «íntima, fuerte y generosa» (E I 1005). Si la persona devota se encapricha de prácticas y de ejercicios hasta el punto de hacer de ellos un fin, si se viste con ellos como con un hábito propio de la vanidad humana, hay que inducirla a deshacerse de ellos, porque el amor verdadero la «despoja de los afectos más placenteros, como los que sentía en las consolaciones espirituales, en los ejercicios de piedad y en la perfección de las virtudes».
En todo, pero sobre todo en la devoción, es necesaria la discreción. Cuidado con los excesos que irritan a familiares y conocidos: «¡Oh, qué feliz seréis —escribe a una de sus corresponsales— si observáis con esmero la moderación que os he indicado en vuestras prácticas religiosas, adaptándolas todo lo que podáis a vuestras ocupaciones domésticas!». «Regulad ante todo vuestras prácticas de piedad —escribe a otra conocida suya— de manera que su duración no fatigue vuestra alma ni irrite las de aquellos con quienes Dios os hace vivir».
He aquí una especie de código de la devoción civil, destinado a una joven esposa cuyos deseos de perfección corrían el riesgo de volverla insoportable. Después de haberle aconsejado visitar alguna vez los hospitales, consolar y socorrer a los enfermos, le hace unas recomendaciones precisas:

En todo esto, tened cuidado de que el señor vuestro marido, vuestros criados o los señores vuestros parientes no tengan motivo para sentirse molestos porque pasáis demasiado tiempo en las iglesias, vivís demasiado tiempo retirada, descuidáis durante demasiado tiempo los cuidados de la casa o, como sucede a veces, juzgáis con demasiada rigidez la conducta ajena o desdeñáis demasiado abiertamente las conversaciones en las que no se observan escrupulosamente las reglas de la devoción. En todo esto, debemos ser dominados e iluminados por la caridad, que nos lleve a secundar la voluntad del prójimo en todo aquello que no sea contrario a los mandamientos de Dios.

La devoción civil requiere adaptarse al otro y no hacerle sentir ninguna superioridad espiritual. A la madre de Chantal, que quería dedicarse demasiado al ayuno, y ella sola en medio de las primeras visitandinas, le escribió parafraseando a san Pablo: «Deberéis ser judío con los judíos y gentil con los gentiles, comer con los que comen, reír con los que ríen».

Elegir los propios modelos
            ¡Atención! Hay santos que han llevado una vida más digna de admiración que de imitación: «¿No es algo que asusta —escribía— ver a un san Pablo ermitaño, en pleno desierto, confinado en una cueva como un salvaje, y que solo come pan y solo bebe agua?». Todas las formas de ascesis que se practican en la soledad y en el desierto no son aconsejables para todos indistintamente. No se puede, por tanto, proponer a la gente del mundo modelos de devoción «puramente contemplativa, monástica o religiosa»: hay que elegir modelos de santos que hayan vivido «en el estado seglar».
Francisco de Sales no dudaba en buscar «santos» entre personajes del Antiguo Testamento, como en particular «Abrahán, Isaac y Jacob, David, Job, Tobías, Sara, Rebeca y Judit». ¿Quién más amable que la ideal pareja bíblica, formada por Isaac y Rebeca, «la más casta pareja casada de los tiempos antiguos»? Estos «fueron observados a través de la ventana acariciándose de tal manera que Abimelec pudo fácilmente entender, aunque no hubiera nada deshonesto en ello, que no podían ser sino marido y mujer».
Entre las figuras del Nuevo Testamento y los santos del cristianismo, elige en primer lugar a «la santa Virgen, con san José, san Luis, santa Mónica y cien mil otros que están en la falange de los que vivieron en el mundo». Elogia a la «extraordinaria santa Magdalena», «la reina y la maestra de todas las perfumistas», así como a santa Marta, la «cocinera de nuestro querido Maestro», de la que se dice «que preparaba el pan de Nuestro Señor, que lo acogía en su casa y se preocupaba mucho de que no le faltara nada».
El autor de la Filotea cataloga gustosamente los modelos cristianos según su profesión: «San José, Lidia y san Crispín fueron perfectos devotos en sus talleres; santa Ana, santa Marta, santa Mónica, Áquila y Priscila en sus matrimonios; Cornelio, san Sebastián, san Mauricio bajo las armas; Constantino, Elena, san Luis, el beato Amadeo, san Eduardo en sus tronos». En cuanto al «gran san Mauricio», destacará que este heroico soldado sufrió el martirio del corazón antes que el del cuerpo, porque «vio matar ante sus ojos a toda su querida legión; y se puede decir que sufrió el martirio tantas veces como soldados vio caer».

Santa Mónica, madre de san Agustín, es citada a menudo como modelo de esposa, de viuda, de madre y de educadora: «¡Con cuánta firmeza persiguió la empresa de servir a Dios, en su matrimonio, en su viudez!». Como educadora fue admirable: «Mientras estaba encinta del gran san Agustín, lo consagró varias veces a la religión cristiana y al servicio de la gloria de Dios, como él mismo afirma cuando dice haber gustado la sal de Dios desde el vientre de su madre». Cuando el hijo comenzó a seguir un mal camino, ella «con tanto fervor y tanta perseverancia luchó contra las malas inclinaciones de san Agustín, siguiéndolo por mar y por tierra, hasta hacerlo felizmente más hijo de sus lágrimas, con la conversión de su alma, de lo que había sido hijo de su sangre por la generación de su cuerpo».

En el momento en que Filotea se compromete en la vida devota «bajo la forma de una elección y de una decisión», el autor de la Introducción a la vida devota le pone ante los ojos no solo «el cortejo de los vírgenes, hombres y mujeres, más blancos que el lirio», sino también «la asamblea de las viudas» adornadas de «santa mortificación y humildad», y sobre todo «la multitud de numerosas personas casadas que viven tan dulcemente juntas y con respeto mutuo, lo que no puede estar desvinculado de una gran caridad»; y añade: «Observad cómo estas almas devotas compaginan el cuidado de su casa exterior con el de su interior».

«Hay que seguir las leyes del mundo en el que se está»
            Un principio general de la enseñanza salesiana reza: «Puesto que nos encontramos en este mundo, debemos seguir sus leyes», sin olvidar, sin embargo, el añadido, «en todo lo que no sea contrario a la ley de Dios».
Las leyes del mundo son ante todo las leyes de la civilidad, de la cortesía, de la buena educación. El cristiano debe ser cortés. La devoción, cuando es verdadera, es también verdadera humanidad, sabiduría, tacto, moderación, constancia. Francisco de Sales declara con determinación: «No quiero en absoluto una devoción fantástica, turbulenta, melancólica, arisca y triste, sino una devoción dulce, suave, agradable, pacífica y, en una palabra, una piedad extremadamente franca, que se haga amar por Dios en primer lugar, pero también por los hombres». El respeto de las reglas sociales y de las convenciones puede sufrir a veces excepciones, como en el caso del rey David que «ante el arca de la alianza danzó y se agitó un poco más de lo que el decoro requería», pero era a causa de la «extraordinaria y desmedida alegría que tenía en el corazón».
Además, civilidad no significa doblez. Hay que ser siempre sincero y hacer que lo exterior corresponda al sentimiento íntimo, sin por ello mostrarse desagradable en sociedad con el pretexto de la «verdad» y la «franqueza».
El mundo, recuerda Francisco de Sales cuando usa este sustantivo en el significado ambivalente que tiene en la Escritura, está regido por la ley de la triple concupiscencia, es decir, por el deseo del placer, de los bienes y de los honores. Ahora bien, estas tres realidades temporales no revisten fundamentalmente un valor negativo.
El placer está ligado a ciertos actos y experiencias tanto a nivel de los sentidos como a nivel de nuestras facultades superiores. Si el placer no se desvía y se mantiene en una justa medida, y sobre todo si el deseo es legítimo y no se transforma en dependencia y en esclavitud, ¿qué mal hay en ello? También las monjas de la Visitación deberán acoger «con paz y dulzura de espíritu» no solo toda suerte de «penas y de mortificaciones», sino también las cosas que encuentren «del todo agradables y plenamente conformes a su voluntad y necesidad, como beber, comer, descansar, tener recreo y cosas similares, para que, siguiendo el consejo del Apóstol, todo lo que hagamos, sea hecho en nombre de Dios y únicamente para agradarle».
En lo que concierne a los bienes del mundo, los cristianos deben cuidarlos más aún que las personas «de mundo», porque «los poseemos, pero no como nuestros»: «Dios nos los ha dado para cultivarlos y quiere que los hagamos fructificar y ser útiles». Tampoco está prohibido aumentarlos: «Tengamos, pues, este cuidado lleno de gracia por la conservación, e incluso por el aumento de nuestros bienes temporales, cuando se presente una justa ocasión y en la medida en que lo requiera nuestro estado, porque Dios quiere que lo hagamos así, por amor a él». El cristiano puede tener riquezas, pero no deberá dejarse «envenenar» por ellas, es decir, no deberá apegar su corazón a ellas.
En cuanto a la búsqueda de honores y de una buena reputación, no está en sí misma en contradicción con la humildad cristiana bien entendida. Cada uno debe esforzarse por conservar su buen nombre, que es «uno de los fundamentos de la sociedad humana; sin él no solo somos inútiles, sino incluso perjudiciales para el público, a causa del escándalo que recibiría». En consecuencia, «la caridad exige y la humildad agradece que lo deseemos y que lo conservemos preciosamente». Nos servirá para no «ofender la vista de los buenos» ni para «dar satisfacción a la de los malvados».

Testigos de la alegría cristiana
            El reproche que con más frecuencia se ha dirigido a la devoción es bien conocido: «El mundo, mi querida Filotea, difama todo lo que puede la santa devoción, pintando a las personas devotas con un rostro sombrío, triste y afligido, y diciendo por ahí que la devoción vuelve a la gente melancólica e insoportable». Al proponer a un joven el ejemplo de san Luis, Francisco de Sales le muestra que este santo era «de buen humor» y que este rey sabía «reír amablemente cuando se presentaba la ocasión».
Son numerosas las invitaciones a la alegría diseminadas en las cartas y en los escritos de Francisco de Sales. No se acabaría nunca de espigar expresiones como las siguientes: «Vivid alegre mientras podáis»; «estad siempre alegre»; «no os abandonéis en absoluto a la tristeza»; «vivid en paz y en la alegría, o al menos estad contenta»; «despertad a menudo en vosotras el espíritu de jovialidad y de suavidad»; «en esta breve peregrinación nuestra, vivamos alegremente, secundando los gustos de nuestros anfitriones en todo aquello que no sea pecado»; «conservad la santa y cordial alegría, que alimenta las fuerzas del espíritu y edifica al prójimo»; «conservad una santa alegría de espíritu, la cual, difundida con modestia en vuestras acciones y palabras, será de consuelo para las personas que os vean»; «sed constante, valiente y alegre, porque [la Bondad divina] os hace el don de querer ser toda suya»; «vivid plenamente contenta ante Dios»; «vivid generosa y noblemente alegre en Aquel que es nuestra única alegría».
¿Por qué buscar continuamente lo que no va bien? Es un hecho que cuando el espíritu de contradicción se vuelve sistemático, nada va bien. De ahí este reproche a los «hermanos rebeldes»: «Me obligáis a decir que buscáis las cloacas y los estercoleros, en lugar de los jardines y los vergeles». ¿Nos aflige la realidad? «Hay que dejar pasar las aflicciones por el corazón, pero no permitir que permanezcan en él». ¿El mundo va mal? ¿Acaso hay que imitar a los israelitas «que nunca pudieron cantar en Babilonia, porque pensaban en su tierra»? Yo, dice Francisco de Sales, «yo querría que cantásemos en todas partes».
El cristiano no se lamenta de las imperfecciones que descubre en sí mismo: «Todos quisiéramos estar sin imperfecciones; pero, mi queridísima Hija, hay que tener paciencia; nuestra naturaleza es la humana y no la angélica». Él no ignora nada de nuestra condición mortal, pero no quiere asustar nuestro espíritu. Su comportamiento en el camino cotidiano de la vida se movía en la misma dirección. Según Michel Favre, su secretario y confidente en todo momento, el obispo «tenía un natural jovial y gracioso, enemigo de la tristeza y la melancolía; no obstante, mantenía un comportamiento humildemente grave y majestuoso, el rostro dulce y sereno, acompañado de una moderada contención y de gran modestia, nada descuidado o desordenado en su porte, ni demasiado expansivo en los momentos de alegría. Nunca mostraba un semblante triste, y mucho menos ceñudo, por mucho que le hubieran importunado, sino que recibía a cada uno con un rostro muy sereno y contento». Estaba convencido de que «Dios es el Dios de la alegría».

TAGS:

P. Wirth MORAND

Salesiano de Don Bosco, profesor universitario, biblista e historiador salesiano, miembro emérito del Centro de Estudios Don Bosco, autor de varios libros.