3 Mar 2026, Mar

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Los dolores y las alegrías de San José

La devoción de Don Bosco a San José nacía de la constatación de su potente intercesión. Por este motivo, el fundador de los salesianos lo eligió como patrón secundario, junto a María Auxiliadora, y quiso mantener viva su memoria. De hecho, pidió a Giuseppina Pellico, hermana de Silvio Pellico, que tradujera una obra muy difundida del P. Jean-Joseph Huguet, titulada “Dévotion des sept dimanches consacrés à honorer les douleurs et les allégresses de Saint Joseph: avec indulgences plénières chaque dimanche”, publicada en Lyon en 1862.
Este texto propone un itinerario espiritual de siete domingos consecutivos dedicado a la meditación de los dolores y las alegrías de San José, enriquecido con las indulgencias plenarias concedidas por el Papa Pío IX. Se dedica un amplio espacio a relatos edificantes y a gracias atribuidas a su intercesión: protección durante las calamidades, curaciones, conversiones. En las secciones centrales se destacan la grandeza, el poder y el amor del santo hacia los hombres, su papel como refugio de los pecadores y patrón de la buena muerte.

Devoción de los siete domingos consagrados a honrar los dolores y las alegrías de San José
(con indulgencia plenaria cada domingo)

Índice

Prefacio
Breve reseña general sobre la devoción a San José y sobre las indulgencias que con la misma se pueden lucrar
Ejemplo
Ejercicios en honor de los siete dolores y de las siete alegrías de San José
Primer domingo. Excelencia del nombre de José
Ejemplo
Práctica
Segundo domingo. Grandeza de San José
Ejemplo
Práctica
Tercer domingo. San José colmado de gracias y de méritos
Ejemplo
Práctica
Cuarto domingo. Poder de San José
Ejemplo
Práctica
Quinto domingo. Amor de San José por los hombres
Ejemplo
Práctica
Sexto domingo. San José refugio de los pecadores
Ejemplo
Práctica
Séptimo domingo. San José patrón de la buena muerte
Ejemplo
Práctica
Salutación de San José
Meditación para la Fiesta de San José (19 de marzo)
Ejemplo
Práctica
Meditación para la fiesta del Patrocinio de San José
Ejemplo
Práctica

Prefacio
      La devoción al glorioso San José hace cada día nuevos y consoladores progresos en la Iglesia; los devotos hijos de María han comprendido que no se puede hacer cosa más grata a Jesús y a su divina Madre que honrar con culto particular a aquel que les fue unido con vínculos tan íntimos y tan puros, y de quien recibieron tan grandes servicios en el tiempo en que vivieron sobre esta tierra.
      La gloria de San José, ya tan grande, parece haber recibido un nuevo engrandecimiento después de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, su casta esposa. María es incomparable en todos sus privilegios, es singular en todas sus grandezas; ella es la única Inmaculada en su Concepción; es Madre, pero su fecundidad está coronada por las más bellas flores de su virginidad; es Virgen, pero su virginidad está coronada por los frutos de su fecundidad; es Reina, pero su reino se extiende sobre todas las grandezas y las potencias del universo; es bendita de Dios, pero lo es sobre todas las mujeres. Si ella es, pues, singular entre las madres, singular entre las vírgenes, singular entre las reinas, ¿no debía ser igualmente singular entre las esposas? Era, por tanto, necesario que San José fuera singular en sus méritos para que ella tuviera motivo de amarlo singularmente entre los santos. Ciertamente, María Santísima, no cediéndole en méritos sino a su divino Hijo, era mil veces más santa que San José; pero conviene decir, sin embargo, que este santo Patriarca debía tener una virtud en cierto modo proporcionada a la de María, ya que en las uniones bien ordenadas debe haber semejanza en las costumbres, en las inclinaciones y en las condiciones de ambas partes. Es, pues, verdad que la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, que elevó a un grado tan alto la gloria de María, contribuyó asimismo a aumentar la de José, el cual debía ser tanto más santo y más perfecto cuanto más su casta esposa estaba enriquecida de todos los dones de la naturaleza y de la gracia.
      Esta magnífica gema añadida a la diadema de María colmó el corazón de José de la más viva alegría; pues él sabía mejor que cualquier otro santo cuánto María merecía justamente el título de Inmaculada, él que durante los treinta años que pasó con aquella augusta Virgen, nunca había visto en ella la mínima imperfección, ni siquiera involuntaria. Esta incomparable gloria rendida a María en estos últimos tiempos nos da un particular derecho sobre el corazón de San José. De hecho, para que aquel privilegio fuera más glorioso para María, Dios ha querido concederlo a los votos y a las oraciones de sus hijos. ¿Qué cosa no podemos esperar después de esto de San José, siempre tan dispuesto a socorrer a los siervos fieles a María y a devolverles el céntuplo de cuanto han hecho por su castísima Esposa? Dirijámonos, por tanto, a él con la mayor confianza; no lo separemos de los homenajes que tributamos a María. Si honramos a María de modo especial el sábado, consagremos el miércoles a San José. Si somos fieles en celebrar el mes de María, preparémonos haciendo devotamente el mes de San José.
      Es imposible amar a María sin amar a San José; y quien no ama a uno debe necesariamente amar muy poco al otro. Estas dos devociones se fortalecen mutuamente y nos ayudan a rendir a Jesús el amor que le debemos. Si San Bernardo dijo: Per Mariam itur ad Iesum — Por medio de María se va a Jesús — nosotros no tenemos dificultad en añadir: Por medio de María se va a José, y por medio de José a María, y por el uno y por el otro a Jesús, y por medio de Jesús a María y a San José; en una palabra, Jesús, María y José nunca deben ser desunidos en nuestro amor.
      Es para enfervorizar aún más a los fieles en la devoción hacia este santo Patriarca que hemos creído útil imprimir por separado un extracto de nuestra obra el Poder de San José (esta obra, de la cual cuatro ediciones fueron vendidas en dos años, contiene en 450 páginas todo lo que concierne a la devoción a San José. Sus devotos encontrarán en ella dos meses de marzo, varias novenas, una visita para todos los días del mes, meditaciones para todos los miércoles del año, con una cantidad de ejemplos, de prácticas y de oraciones), para difundir entre todos los devotos hijos de María la práctica saludable de los Siete Domingos consagrados a San José. Hemos añadido dos meditaciones para las dos fiestas principales de San José, a fin de ayudar a los fieles a pasarlas más santamente; estas dos meditaciones, añadidas a las siete precedentes, podrán servir de novena a las almas devotas que desean obtener alguna gracia especial por la intercesión de este gran santo, a quien Jesús y María no saben negar cosa alguna.
      Que esta pequeña obra, puesta bajo los auspicios de María Inmaculada, coopere a dar a conocer y amar al más potente y al más caritativo de todos los santos.

Breve reseña general sobre la devoción a San José y sobre las indulgencias que con la misma se pueden lucrar
      Desde que el cielo reveló a la tierra la gloria de San José, tan poco conocida en los primeros siglos, a él, mucho mejor que a Mardoqueo, se le pueden aplicar las palabras del rey Asuero: De este modo debe ser honrado aquel a quien el Rey quiere elevar al colmo de los honores.
      Nuestro siglo, dice el docto y piadoso obispo de Luçon, parece haber acogido más especialmente estas palabras proféticas: Id a José y haced cuanto él os diga. Ya el heroico confesor, el sumo Pontífice Pío VII de santa memoria, había concedido muchas indulgencias en favor de aquellos que invocan a este tan potente Patriarca. El santo Pontífice Pío IX, que tan gloriosamente ocupa la cátedra de San Pedro, queriendo en su amor tan tierno y tan ardiente por María propagar por doquier la devoción de su casto Esposo, ha extendido a toda la Iglesia la conmovedora solemnidad del Patrocinio de San José, la cual se celebra el tercer domingo después de Pascua. Para reavivar la confianza de las almas devotas hacia aquel que se invoca como el patrón y el modelo de la vida interior, añadió a las prácticas en honor del Santo nuevas y grandes indulgencias a las que sus predecesores ya habían concedido.
      Por concesión de Gregorio XVI, con fecha del 22 de enero de 1836, se ganaban 300 días de indulgencia cada vez que, durante el año, a elección de los fieles, durante siete domingos consecutivos se recitaban las oraciones conocidas bajo el título de las siete alegrías y siete dolores de San José, y el séptimo domingo una indulgencia plenaria; Su Santidad Pío IX, el 1º de febrero de 1847, añadió una indulgencia plenaria a cada uno de los siete domingos, aplicable a las almas del purgatorio; y el 22 de marzo del mismo año Su Santidad extendió estas mismas indulgencias a todos aquellos que, no sabiendo leer o no teniendo las susodichas oraciones, recitarán en cada uno de los siete domingos siete Padrenuestros, Avemarías, Glorias, etc., añadiendo las debidas condiciones para la adquisición de las santas indulgencias.
      Los fieles siervos de San José respondieron a esta piadosa invitación del Vicario de Jesucristo adoptando con premura la práctica de los siete domingos consagrados a honrar al glorioso Esposo de María. Las preciosas gracias que han obtenido, los milagros que el Señor obró por intercesión de San José a favor de sus devotos han contribuido grandemente en estos últimos tiempos a propagar cada vez más la devoción a San José. Ahora, es precisamente para ayudar, en cuanto podemos, a las almas devotas a practicar este santo ejercicio que ofrecemos una meditación para cada uno de los siete domingos consagrados a las alegrías y a los dolores de nuestro santo Patriarca, a fin de que, dirigiéndonos a él con mayor amor y fervor, podamos obtener cuanto pidamos en su nombre.
      Aunque no hay tiempo determinado para lucrar las indulgencias plenarias concedidas a esta santa práctica, se podrían elegir preferentemente los domingos anteriores a la fiesta de San José; o aquellas coyunturas particulares en las que necesitamos gracias más abundantes, por ejemplo, para conocer la propia vocación, para obtener la conversión de un pecador o el buen éxito de un asunto que interese la gloria de Dios. Después de cada meditación se deberán recitar los dolores y las alegrías de San José.

Ejemplo
      He aquí un hecho referido por autores serios y dignos de fe, el cual prueba cuán grato le es este devoto ejercicio en honor de San José y qué preciosas gracias obtienen quienes lo practican con devoción.
      Dos Padres franciscanos navegaban por las costas de Flandes, cuando se levantó una espantosa tormenta que hundió la nave en la que se encontraban trescientas personas. Por un verdadero acto de la divina Providencia, aquellos dos religiosos pudieron apoderarse de uno de los trozos de la nave, sobre el cual se sostuvieron tres días entre la vida y la muerte, teniendo incesantemente ante sus ojos el inmenso abismo que a cada momento amenazaba con engullirlos. Siervos fieles de San José, llenos de confianza en su potentísima protección, a él se encomendaron con fervorosa oración, no pudiendo ya esperar ayuda alguna sino de Dios. La oración aún no había terminado cuando ya fue escuchada. He aquí que de repente se disipa la tempestad, se serena el cielo y se calman las olas. La esperanza de salvarse renació en sus corazones. Pero he aquí un nuevo milagro. Ven venir hacia ellos sobre las aguas a un joven lleno de gracia y majestad, el cual, después de saludarlos cortésmente, se ofreció a servirles de guía. Pensad cuál fue su alegría ante tan inesperado socorro. Sobre aquel trozo de nave, guiados por aquel a quien ellos, confundidos, aún no sabían bien si era ángel u hombre, llegan sanos y salvos a la playa, donde, habiéndose postrado a los pies de su liberador, después de haberle dado los más vivos agradecimientos, le rogaron instantemente que les dijera su nombre. «Yo soy José, dijo él, a quien os habéis encomendado; si queréis hacer algo que me sea grato, no dejéis pasar día sin recitar devotamente siete veces la oración dominical y la salutación angélica, en memoria de los siete dolores de que mi alma fue afligida, y en consideración de las siete alegrías de que mi corazón fue perfectamente consolado en el tiempo que yo pasé sobre la tierra en compañía de Jesús y de María.» A estas palabras desapareció, dejándolos repletos de alegría y admirablemente fervorosos de honrarlo y servirlo todos los días de su vida.

Ejercicios en honor de los siete dolores y de las siete alegrías de San José
I.
      ¡Oh Esposo purísimo de María, glorioso San José, así como fue grande el trabajo y la angustia de vuestro corazón en la perplejidad de abandonar a vuestra inmaculada Esposa, así fue inexplicable la alegría cuando por el ángel os fue revelado el divino misterio de la Encarnación!
      Por este vuestro dolor y por esta vuestra alegría os rogamos que consoléis ahora y en los extremos dolores nuestra alma con la alegría de una buena vida y de una santa muerte, semejante a la vuestra, entre los brazos de Jesús y de María. Padrenuestro, Ave María, Gloria.

II.
      ¡Oh felicísimo Patriarca, glorioso San José, que fuiste escogido para el oficio de padre putativo del Verbo encarnado, el dolor que sentiste al ver nacer con tanta pobreza al niño Jesús se os cambió enseguida en júbilo celestial al oír la armonía angélica y al ver las glorias de aquella resplandeciente noche!
      Por este vuestro dolor y por esta vuestra alegría os suplicamos que nos impetréis que, después del camino de esta vida, pasemos a oír las alabanzas angélicas y a gozar los esplendores de la gloria celestial. Padrenuestro, Ave María, Gloria.

III.
      ¡Oh ejecutor obedentísimo de las divinas leyes, glorioso San José, la sangre preciosísima que derramó en la circuncisión el Niño redentor os traspasó el corazón; pero el nombre de Jesús os lo reavivó, llenándolo de contento!
      Por este vuestro dolor y por esta vuestra alegría obtenednos que, quitado de nosotros todo vicio en vida, con el nombre santísimo de Jesús en el corazón y en la boca, jubilosos expiremos. Padrenuestro, Ave María, Gloria.

IV.
      ¡Oh fidelísimo santo, que fuiste partícipe de los misterios de nuestra redención, glorioso San José, si la profecía de Simeón acerca de lo que Jesús y María iban a padecer os causó un espasmo de muerte, os colmó también de un bienaventurado gozo por la salud y la gloriosa resurrección que al mismo tiempo predijo que seguirían innumerables almas!
      Por este vuestro dolor y por esta vuestra alegría impetradnos que estemos en el número de aquellos que, por los méritos de Jesús y por intercesión de la Virgen Madre, han de resucitar gloriosamente. Padrenuestro, Ave María, Gloria.

V.
      ¡Oh vigilantísimo custodio, familiar íntimo del Hijo de Dios encarnado, glorioso San José, cuánto padeciste al sustentar y asistir al Hijo del Altísimo, particularmente en la huida que tuvisteis que hacer a Egipto; pero cuánto también os gozasteis, teniendo siempre con vosotros al mismo Dios y viendo caer por tierra los ídolos egipcios!
      Por este vuestro dolor y por esta vuestra alegría impetradnos que, manteniendo nosotros lejos al tirano infernal, especialmente con la huida de las ocasiones peligrosas, caiga de nuestro corazón todo ídolo de afecto terreno y todos, empleados en servir a Jesús y a María, por ellos solamente vivamos y felizmente muramos. Padrenuestro, Ave María, Gloria.

VI.
      ¡Oh ángel de la tierra, glorioso San José, que a vuestras órdenes admirasteis sujeto al Rey del cielo; si vuestra consolación al reconducirlo de Egipto se turbó por el temor de Arquelao, asegurado no obstante por el ángel, alegre con Jesús y María morasteis en Nazaret!
      Por este vuestro dolor y por esta vuestra alegría impetradnos que, libre nuestro corazón de los temores nocivos, gocemos de paz de conciencia y seguros vivamos con Jesús y María, y entre ellos también muramos. Padrenuestro, Ave María, Gloria.

VII.
      ¡Oh ejemplo de toda santidad, glorioso San José, perdido que tuvisteis sin vuestra culpa al niño Jesús, con el máximo dolor lo buscasteis tres días, hasta que con sumo júbilo gozasteis de haberlo encontrado en el templo entre los doctores!
      Por este vuestro dolor y por esta vuestra alegría os suplicamos con el corazón en los labios que intercedáis, para que nunca nos suceda perder a Jesús con culpa grave; pero si por suma desgracia lo perdiéramos, tanto con infatigable dolor lo busquemos hasta que favorablemente lo encontremos, particularmente en nuestra muerte, para pasar a gozarlo en el cielo y allí con vosotros en eterno cantar sus divinas misericordias. Padrenuestro, Ave María, Gloria.

Antífona. Ipse Iesus erat incipiens quasi annorum triginta, ut putabatur filius Joseph.
      Y. Ora pro nobis, sancte Joseph.
      R. Ut digni efficiamur promissionibus Christi
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Oremos.
      Deus, qui ineffabili providentia beatum Ioseph sanctissimae Genitricis tuae sponsum eligere dignatus es; praesta, quaesumus, ut quem protectorem veneramur in terris, intercessorem habere mereamur in coelis. Qui vivis et regnas in saecula saeculorum. Amen.

NB. Las oraciones solas son obligatorias para lucrar las indulgencias de los siete domingos, sin que sea necesario añadir las siguientes meditaciones.

Primer domingo. Excelencia del nombre de José
      Es sentimiento de muchos padres que Dios mismo sea el autor del nombre bendito de José, inspirándolo a sus padres para que su significación se cumpla en él de modo admirable. De hecho, este nombre, que en la lengua hebrea significa crecimiento, aumento, presagiaba, dice San Bernardo, el progreso que José debía hacer en la santidad, como el antiguo patriarca del mismo nombre, el hijo de Jacob, fue tan grande entre sus hermanos.
      Adán recibió del Señor el poder de poner nombre a aquella que le había sido dada por compañera. Así el Espíritu Santo quiso elegir un nombre para aquel que debía ocupar su lugar y representarlo ante la augusta Madre de Dios.
      Si el nombre del patriarca Isaac fue revelado por un ángel a su padre Abraham; si el nombre del santo Precursor San Juan Bautista fue anunciado por un ángel a Zacarías y a Santa Isabel, ¿no podemos entonces creer que José, escogido por Dios para ser el padre de Jesús y el casto esposo de María, haya gozado al menos del mismo privilegio?
      ¡Cuánto grande amor demuestra Dios por este santo Patriarca, al imponerle él mismo, para que no tuviera nada de terreno, el nombre que debe llevar entre los ángeles y entre los hombres!
      El Hijo de Dios quiso honrar este augusto nombre antes de su nacimiento, en el tiempo de su vida y después de su muerte. Antes de su nacimiento quiso que uno de aquellos antiguos patriarcas, que figuraban su divina persona, llevara el nombre de José. En el tiempo de su vida mortal fue el nombre bendito el que él pronunció primero con el de su Madre; es el nombre de José el que él repetía más a menudo, y siempre con todo el respeto y el amor del hijo más afectuoso y devoto.
      Después de su muerte, el divino Salvador no quiso confiar el cuidado de bajar de la cruz su propio cuerpo, de recibirlo entre los brazos y sepultarlo en el sepulcro, sino a aquel hombre justo de Arimatea que precisamente se llamaba José.
      Fiel imitadora de los ejemplos de Jesús, ¡con qué veneración y qué ternura la augusta María no debía pronunciar el nombre de José, de José que le estaba unido con vínculos tan estrechos y tan puros!
      Debe, pues, ser sumamente grato a María ver respetado y honrado el santo nombre de José. Ella mandó un día a un esclavo moro, que estaba a punto de recibir el bautismo, que tomara el nombre de José, en memoria de su santo esposo. Fue María quien, abriendo los cielos, descubrió a los ojos de Santa Gertrudis el incomparable esplendor del trono sobre el que se sentaba su glorioso esposo, y quien le hizo observar también cómo, solo al nombre de José, todos los santos del paraíso inclinaban dulcemente la cabeza para honrarlo.
      Entre todos los bienaventurados que reinan en el cielo, San José es el único que tiene el honor de ver su propio nombre asociado y como inseparablemente unido a los nombres divinos de Jesús y de María.
      Después del glorioso nombre de la Madre de Dios y del adorable Hijo de ella, el de José ocupa el primer lugar, y el cielo y la tierra no tienen otro que pronunciar, del cual las almas piadosas reciban una gracia más abundante, una esperanza más segura, una más dulce suavidad.
      De hecho, observad con qué tierna confianza se invoca el nombre de José en toda la Iglesia, cómo los parientes cristianos se reputan felices de poder imponérselo a sus hijos en la pila bautismal, como una prenda de salud y de protección celestial.
      ¡Cuán glorioso es vuestro nombre, oh mi amadísimo Padre! Él tiene la fuerza de disipar y de vencer las tentaciones del infierno. ¡Ah! quiero de ahora en adelante ser más fiel en invocarlo en esos momentos de prueba, y espero que me defenderéis contra los asaltos del enemigo infernal.
      El nombre de José, oh almas piadosas, sea con el de Jesús y de María vuestra primera palabra al despertar y la última antes de dormiros. Poned esos nombres amables al principio de todos vuestros escritos, como una oración eficaz y una prenda cierta de bendición; cumplid toda vuestra obra con estos nombres santos, y haga Dios que podáis exhalar el último suspiro pronunciando esos nombres tan suaves y tan aptos para reanimar vuestra confianza.

Ejemplo
      El santo nombre de José, tan dulce para las almas que lo llevan, y para los ángeles, que se regocijan al ver a aquellos que les son confiados bajo un patrocinio tan poderoso, es formidable para los demonios, quienes no se atreven a dañar a aquellos que tienen a San José como su patrón. He aquí un hecho reportado por el padre Barry en confirmación de esta verdad: «He sabido, dice él, de buena fuente, que un hombre de considerable condición, habiendo tenido varios hijos que le habían sido arrebatados en su juventud, ya sea por maleficio o por otros accidentes, se dirigió a uno de sus amigos a quien sospechaba de magia, y le rogó que le enseñara algún expediente para conservar los hijos que Dios le daba. Aquel hombre, después de muchas negativas y dificultades, le dijo finalmente que quería darle una prueba de su amistad. Sé por experiencia, dijo él, que los demonios temen y tiemblan al oír pronunciar el nombre de José, y que difícilmente se atreven a hacer daño a aquellos que llevan ese nombre. Siga mi consejo: dé el nombre de José al primero de los hijos que Dios le conceda, y esté seguro de que escapará de la desgracia de la que los otros fueron víctimas. De hecho, habiendo tenido un hijo, fue nombrado José, y con gran satisfacción de los parientes vivió largamente.»
      Se puede, pues, creer, añadió el padre Barry, que una bendición especial está reservada a aquellos que llevan este nombre, ya que se ha observado que es raro que las personas que llevan este nombre se hayan distinguido por la maldad o por la infamia. Un piadoso eclesiástico, habiendo tenido la oportunidad de ver los registros de las causas criminales del Parlamento de Provenza, tuvo la curiosidad de recorrer los nombres de todos los delincuentes inscritos durante doscientos años, es decir, desde la época en que el nombre de José comenzaba a estar más en boga, y encontró que ninguno de esos desgraciados se llamaba José.

Práctica
      Invocar a menudo durante el día a Jesús, María, José.
      Recitar los siete dolores y las siete alegrías.

Segundo domingo. Grandeza de San José
      Decir que San José es el esposo de María, es decir de él, exclama San Juan Damasceno, cuanto más grande se puede decir.
      María, tan sublime en perfección, merecía ciertamente recibir de las manos de Dios un esposo de una santidad eminente.
      «Si hubiera habido una mujer más pura que María, dice el docto Billeurt, habría sido elegida para madre de Dios; y si se hubiera encontrado un hombre más justo que José, ese habría sido el esposo de María.»
      «Vosotros veis la dignidad de María, dice Bossuet, en cuanto que su bienaventurada virginidad fue elegida desde toda la eternidad para dar a Jesucristo al mundo; y veis la dignidad de José en cuanto que esa pureza de María, que fue tan útil a nuestra naturaleza, fue confiada a sus cuidados, y conservó al mundo una cosa tan necesaria.»
      San Pablo prueba que la excelencia de Jesucristo supera la de todos los ángeles por la nobleza de su nombre: Tanto melior angelis effectus, quanto prae illis differentius nomen haereditavit. ¡Qué estima no debemos tener de San José, el cual con razón lleva el nombre de padre de Dios, y que, después de haber sido asociado a la paternidad divina, pudo decir con el Padre Eterno, hablando al mismo Hijo: Le tendré por Padre, y él me obedecerá como Hijo; Ego ero illi in Patrem, et ipse mihi erit in Filium!
      Si Dios, dice San Pablo, al dar los cargos provee al mismo tiempo las cualidades necesarias para cumplir con los deberes: Qui facit nos idoneos ministros; ¡qué madurez de intelecto, qué rara prudencia no habrá dado a aquel hombre elegido por su sabiduría para la administración de asuntos tan importantes, como fueron el tener en custodia al Hijo de Dios mismo con su Santísima Madre María? ¡Qué elevación de espíritu no habrá dado a José que durante treinta años debía estudiar en la escuela de la Sabiduría encarnada; pero sobre todo qué capacidad de corazón, qué extensión de voluntad, qué grandeza de amor no habrá dado a aquel, ¡que debía ser el altar viviente sobre el cual debía reposar todo el fuego del amor de Dios, encerrado en la persona de Jesucristo! Pero si no podemos ni siquiera comprender las disposiciones de San José para esta sublime paternidad, ¿cómo podremos tener una justa idea de los méritos que el gran Patriarca adquirió en el ejercicio de sus funciones divinas?
      Algún doctor parece maravillarse de que el Salvador nunca haya pronunciado una palabra en alabanza de la Santísima Virgen y de San José, aunque haya elogiado a su Precursor, a San Pedro, e incluso a ciertos pecadores sinceramente convertidos. Es sin duda, porque al decirse su hijo y al rendirles toda la obediencia que los padres y las madres pueden pretender de sus hijos, no podía hacer cosa más honorífica ni más gloriosa para ellos.
      «Si el nombre de depositario, dice Bossuet, lleva consigo una prueba de estima y es señal de probidad: si para confiar un depósito elegimos entre nuestros amigos a aquellos cuya virtud es más reconocida, cuya fidelidad es más probada, en fin, los más íntimos, los más confidentes: ¡cuál será la gloria de San José, hecho por Dios depositario no solo de la beatísima Virgen María, tan grata a sus ojos por la pureza, sino también de su propio Hijo, que es el único objeto de sus complacencias y la única esperanza de nuestra salud! De modo que en la persona de Jesucristo San José es establecido depositario del tesoro común de Dios y de los hombres. ¡Qué elocuencia puede jamás igualar la grandeza y la majestad de este título!»
      «Habiendo Dios constituido a San José para ejercer la autoridad de padre sobre el Verbo encarnado, se debe tener por cierto, dice San Alfonso de Ligorio, que le confirió todos los dones que convenían a una carga tan grande. No se puede dudar que no lo haya enriquecido de todas las gracias y de todos los privilegios concedidos a los otros santos.»
      Si la sabiduría de San José tuvo un empleo tan noble en el gobierno del Verbo encarnado, no fue menos gloriosa para él su paciencia en los trabajos. Cada uno de sus pasos, todos los cuidados que se daba, los sudores que derramaba, no se referían sino a la vida de Jesús, de quien dependía la salud general de todos los hombres. De modo que, si otros santos sufrieron más que él, nadie ciertamente sufrió por un sujeto más digno. Los anacoretas hicieron grandes abstinencias para conservar la vida del alma; pero San José se privaba de lo necesario para sostener a Jesús y María. Los mártires han sufrido atroces tormentos por el nombre de Jesús, pero San José expuso su propia vida para salvar la de Jesús.
      Si servir fielmente a Dios es reinar, según dice Dios mismo, los servicios que San José le rindió son tan grandes y se refieren a cosa tan importante, y fueron empleados en un uso tan glorioso, que no solo lo distinguen de los otros santos, sino que puede ser su modelo, de modo que la noble cualidad de siervo, que Dios dio a los patriarcas, a los apóstoles y a todos los santos de la antigua y nueva ley, conviene singularmente a San José.
      Juzgad por estas sublimes consideraciones qué respeto debemos tener a este santo admirable, qué confianza debemos tener en su protección. Que si él es singular en los méritos, no hay duda de que lo es también en el poder y en el crédito que tiene en el cielo ante Jesús y María, a quienes ha rendido tan grandes servicios en el tiempo de su vida mortal.

Ejemplo
      En los primeros años del siglo XVII la peste causaba gran estrago en la ciudad de Aviñón. El clero y la magistratura recurrieron a San José con voto de celebrar cada año solemnemente su fiesta, si los libraba de aquella cruel epidemia. Desde ese momento no hubo más víctimas y el flagelo desapareció enteramente; pero el estrago se trasladó a Lyon. Allí se encarnizó aún más horriblemente y se creyó por un momento que la ciudad sería enteramente despoblada. Instruidos por el ejemplo de los aviñoneses recurrieron también a San José y sus oraciones fueron escuchadas y la peste cesó de encrudecer.
      Desde ese tiempo comenzó la devoción de los lioneses por este gran Patriarca. El padre Barry, contemporáneo, cuenta en su libro varios milagros obtenidos por este gran santo en tal ocasión. «El año pasado, dice él, cuando la peste hacía más estragos, sé que muchos de los habitantes llevaban en el dedo un anillo sobre el cual estaba escrito el nombre de San José a fin de ser preservados de la peste; y Dios, bendiciendo su fe y su confianza en este amable nombre, no permitió que ninguno de ellos fuera afectado por el mal.»

Práctica
      Dad una limosna a un pobre o haced una oración en honor de San José.
      Recitad los siete dolores y las siete alegrías.

Tercer domingo. San José colmado de gracias y de méritos
      Se debe juzgar de las gracias que Dios comunica a sus santos por estos dos grandes principios: por las relaciones que tienen con Jesucristo y por la excelencia de su dignidad y vocación. «Cuanto más cerca está una cosa de su principio, dice Santo Tomás de Aquino, más participa de su enérgica influencia; lo que hizo decir a San Dionisio, que los ángeles, estando más cerca de Dios que los hombres, participan más de sus divinos favores.» Ahora bien, José estaba tan cerca del principio de la santidad como podía estarlo un hombre. ¿Y no es en verdad Jesucristo el divino sol de justicia, cuya luz y cuyo calor obran la santidad en las almas, según que más o menos participan de ella? ¿Y no le fue concedido a San José recibir inmediatamente durante treinta años las celestiales influencias? No se puede dudar, dice San Alfonso de Ligorio, que mientras José vivió con Jesucristo sus méritos y su santidad no crecieron de tal manera que sobrepasaron los méritos de todos los demás santos.
      Cuanto más altas y sublimes son la dignidad y el oficio a que un santo es destinado por la Providencia, tanto más preciosas y abundantes deben ser las gracias que le son comunicadas, siendo propio de la sabiduría de Dios el dar a sus santos las gracias convenientes al grado a que los eleva. Ahora bien, como la dignidad de José, esposo de María y padre de Jesús, es sin igual, así su santidad, después de la de la Madre de Dios, ha estado por encima de la santidad de todos los hombres.
      Es doctrina recibida en la Iglesia que hay gracias particulares para los diferentes estados a que Dios nos llama; por consiguiente, San José ha debido recibir una gracia particularísima relativa al título augusto de casto esposo de María y de padre putativo de Jesús. Todos los doctores reconocen que recibimos una gracia de adopción filial cuando Dios nos hace el honor de hacernos sus hijos adoptivos; debemos, por tanto, también admitir una gracia de adopción, por así decirlo, paterna, que el Salvador derramó en el corazón de José eligiéndolo por padre; y esta gracia ha sido tanto más notable, siendo incomparablemente más glorioso para un hombre virtuoso ser padre de Dios que simplemente pertenecerle en calidad de hijo adoptivo.
      San José concurre con Jesús y María al cumplimiento de los decretos eternos de Dios para la salvación del género humano; él es preelegido desde el origen del mundo para tan altos destinos, dice un docto obispo; y la adorabilísima Trinidad, formando el corazón de Jesús y haciendo sobre tal modelo el corazón de María, hizo el corazón de José tan semejante al del Hijo y de la Madre como lo puede permitir la gloria divina del Hijo y la incomunicable gloria de la Madre.
      Si el Espíritu Santo se comunicó con tanta plenitud a los Apóstoles, cuyo oficio no concernía sino al cuerpo místico del Hijo de Dios, que es la Iglesia, ¿qué diremos del corazón de aquel gran Patriarca? El Espíritu Santo no descendió sobre él en forma de lengua de fuego; pero el Padre Eterno le confió a su Unigénito, que es su palabra y su Verbo. ¿Quién podrá, pues, relatar las riquezas espirituales y las gracias que José descubrió en Jesús? Es algo horrible, dice la ley, ver a un padre pobre mientras el hijo se encuentra en la abundancia. ¿Quién creería, por tanto, que el Salvador, que es el Señor de todas las virtudes, pudo olvidar a José, a quien tiernamente amaba como a su padre? Debemos, pues, creer que lo enriqueció inmensamente con toda clase de gracias y virtudes. Habiéndole complacido ser deudor a José de todos los socorros que necesitaba en su infancia —del alimento, del sustento, de la conservación misma de su vida— ¿podía no compensarlo abundantemente? Este gran Santo encontró, pues, en el amor de Jesús una inefable fuente de gracias y de medios para aumentar estas mismas gracias.
      Pero esta fuente tenía sus crecimientos y en ciertas ocasiones se derramaba con mayor abundancia. En la corte de los reyes de esta tierra hay días de alegría y de fiesta en que prodigan con mayor profusión y derraman a manos llenas las riquezas de sus tesoros. Por ejemplo, al nacimiento de un príncipe, después de una señalada victoria, después de algún estrepitoso servicio prestado al Estado o a la persona misma del príncipe, muchos suelen hacer su fortuna. Así obraba Dios con José; todos los días para él eran favorables, pero había días más favorables y más venturosos. ¿Quién podría dudar que entonces, cuando se cumplía algún misterio, Dios no derramara sobre José sus tesoros con mayor profusión? Yo considero a este gran Santo en el nacimiento de Jesucristo, postrado y todo en lágrimas a los pies del pesebre, y en el transporte de mi admiración me digo a mí mismo: ¡Oh, Dios mío! Si alguna vez el cielo debió derramar sus gracias sobre la tierra, fue en aquel día. Pero ¿sobre quién habrán descendido con mayor abundancia estas gracias tan liberalmente derramadas, sino sobre José? Él se encuentra solo con María en el establo de Belén; él tiene la ventura de adorar primero al Mesías, al Salvador recién nacido; él recibe sus primeras miradas; recoge sus primeros suspiros y sus primeras lágrimas. ¿No deberá, pues, haber recibido también sus primeras gracias, como los primeros rayos del sol naciente?
      Lo considero aún en la huida a Egipto. ¡Cuánto no debió sufrir en aquel largo viaje viendo los padecimientos y las privaciones de Jesús y de María! ¡Qué deseo de endulzar sus rigores, qué disgusto de no poder hacerlo! Él es sensible a los padecimientos de Jesús y de María; ¿Jesús y María serán insensibles a sus votos? Él vigila sobre la Providencia; ¿la Providencia tendrá los ojos cerrados sobre él? Y así dígase de los otros misterios. Toda, toda enteramente la vida de José estuvo colmada de tales preciosas circunstancias de gracias, de méritos y de virtudes.

Ejemplo
      El señor Augery, abogado en el parlamento del Delfinado, encontrándose en Lyon en el tiempo en que la peste afligía esta ciudad en el año 1638, vio a uno de sus hijos, Teodoro Augery, de siete años, golpeado por el flagelo con todos los indicios que presagiaban una muerte próxima e inevitable. En su extremo dolor, el afligido padre se dirigió con la más viva confianza a san José y le prometió que, si le salvaba al hijo, en honor de él asistiría durante nueve días a la santa misa en la iglesia que le estaba consagrada, iluminaría con cirios su imagen y colocaría un cuadro cuya inscripción indicara el beneficio obtenido por su intercesión. Mientras tanto, los médicos, visitado el joven enfermo, lo encontraron en un estado tan deplorable que lo hicieron transportar inmediatamente al lazareto, diciendo que no más de dos horas permanecería aún con vida. Pero apenas llegó al lazareto, el niño fue curado en un instante. El padre, lleno de gratitud hacia su glorioso benefactor, cumplió su voto con sentimientos de grandísima devoción. Fue él mismo, dice el P. de Barry, quien me dio el acta del hecho, escrita de su puño y letra y en la cual narraba todas las circunstancias de aquella curación.
De BARRY.

Práctica
      Dar gracias a Dios por las gracias concedidas a san José.
      Recitar los siete dolores y las siete alegrías.

Cuarto domingo. Poder de San José
      Si en el mundo se considera afortunado a aquel que tiene un amigo entre los grandes de la corte, el cual goza de las buenas gracias y tiene libre acceso a la persona del Soberano, porque se espera obtener por su mediación lo que se desea, ¡cuánto no debemos estimar feliz al fiel siervo de José que tiene en la corte celestial un poderoso protector, siempre dispuesto a presentar sus súplicas y sus votos al Señor! Dirigid una mirada a la innumerable multitud de los santos que componen la celestial Jerusalén, y observad si hay uno solo que más que él sea favorecido por Dios y sea más potente ante él que el gran San José. Él fue escogido y llamado en los eternos decretos de la Providencia para ser el jefe de la santa Familia: Quem constituit Dominus super familiam suam; él fue por la gracia unido inseparablemente a la adorable persona del Unigénito de Dios y a su beatísima Madre.
      El Hijo de Dios, dice Santa Teresa, nunca le negó nada a San José, mientras vivía bajo su dependencia; ¡cuánto menos le negará lo que le pide por nosotros ahora que él reina a la diestra de Dios su Padre! ¿Puede creerse que lo ame menos en el cielo de lo que lo amaba sobre la tierra? Si en el tiempo de su vida mortal lo eligió su más querido favorito para estar siempre cerca de su persona, a fin de recibir de él todos los servicios que necesitaba, y para corresponderle con el más tierno y más agradecido afecto, ¿es posible que no le continúe el mismo favor actualmente que reina en el esplendor de los santos? ¿Qué ha hecho él para perder la gracia de Dios y dejar de ser su primer ministro en el cielo como lo fue sobre la tierra? ¿No debe más bien concederle los mismos privilegios, habiéndolo hecho cercano a su divinidad más que a cualquier otro santo, y no negarle cuanto desea? Dubitandum non est, quod Christus familiaritatem et reverentiam quarti exhibuit illi cum viventi tanquam filius patri suo, in coelis utique non negavit, sed potius complevit.
      Es cosa cierta que San José goza ante Dios de mayor crédito que los ángeles y todos los bienaventurados. ¿Cuál es, de hecho, el príncipe sabio y generoso que no se muestre sensible a las oraciones de su padre o de su antiguo gobernador mucho más que a las súplicas de todos los siervos que componen su corte y su reino?
      San Antonino da aún una excelente razón. El poder de una persona dice aquel gran doctor, proviene de la naturaleza, de la gracia y del mérito. La naturaleza hace a un padre omnipotente sobre el corazón de su hijo; la gracia hace a un marido omnipotente sobre el corazón de su propia esposa; el mérito hace a un siervo omnipotente ante su amo, a quien haya prestado grandes servicios. Ahora bien, ¿qué criatura tiene lazos más estrechos que José con Jesús y con María, siendo el padre del uno y el esposo de la otra? ¿Quién podría ser más grato a Dios que aquel gran santo cuya pureza angélica nunca fue ofuscada por el soplo de las pasiones, y que durante treinta años ejerció todas las obras de misericordia hacia la adorable persona del Hijo de Dios con tan ardiente celo, con humildad tan profunda y con fidelidad tan inviolable? «Y si está escrito, dice San Bernardo, que el Señor hace la voluntad de aquellos que le temen, ¿cómo rehusará hacer la de San José que lo nutrió tanto tiempo con el sudor de su frente? Voluntatem timentium se facies quomodo voluntatem nutrientium non faciet?» «Debemos estar bien persuadidos, dice San Alfonso de Ligorio, que Dios, en consideración de sus grandes méritos, nunca negará a San José una gracia en favor de aquellos que lo honran.» ¡Ah! si, por testimonio del mismo Jesucristo, todo es posible a aquel que tenga solamente de fe cuanto es grande un grano de mostaza, ¿no debemos creer, sin temor a errar, que San José es omnipotente en el cielo, habiendo sido su fe más grande que la de Abraham y de los Apóstoles, y su caridad más ardiente que la de los querubines y serafines?
      «Varios santos, dice el Doctor Angélico, han recibido de Dios el poder de asistirnos y ayudarnos en ciertas necesidades particulares; pero el poder de San José no es limitado; se extiende a todas nuestras necesidades; y todos aquellos que lo invocan con confianza están seguros de ser prontamente escuchados.» Los otros santos gozan, es verdad, de gran crédito en el cielo; pero ellos interceden y suplican como siervos, y no mandan como dueños. José, que ha visto a Jesús sometido a su autoridad, obtiene cuanto desea del Rey su Hijo; y, como dice el docto Gerson, no pide, sino que ordena: Non impetrat, sed imperat. «Jesús, dice San Bernardino de Siena, quiere continuar en el cielo dando a San José pruebas de su respeto filial obedeciendo a sus deseos; Dum pater orat natum, velut imperium reputatur.» «¡Oh! ¡cuán felices seremos, dice San Francisco de Sales, si podemos merecer tener parte en sus santas intercesiones! porque nada le será negado, ni por María Santísima, ni por su Hijo. Nos obtendrá, si en él confiamos, un santo aumento de toda clase de virtudes, pero especialmente de aquellas que él poseía en más alto grado, cuales son la santísima pureza de cuerpo y de espíritu, la amabilísima virtud de la humildad, la constancia, el valor y la perseverancia; virtudes que nos harán victoriosos de nuestros enemigos en esta vida, y dignos de ir a gozar en la vida eterna la recompensa que está preparada para aquellos que imitarán los ejemplos que San José les ha dado.»
      Si el Señor bendijo una vez la casa real de Faraón, si multiplicó sus riquezas y sus ingresos en consideración de José su siervo, ¿podremos nosotros después de esto dudar que Jesús, por amor de José su padre adoptivo, no quiera enriquecernos con sus más preciosos bienes, y aumentar las pocas gracias, virtudes y buenos hábitos que ya tenemos? ¡Ah! nuestro Señor le dijo a él, mucho mejor aún que no dijo el rey de Egipto al hijo de Jacob hecho su primer ministro: «Mi reino está todo en tus manos, yo reposo sobre ti más tranquilo que sobre cualquier otro, después de mi Madre, para efectuar el designio de salvar a todos los hombres. Dejo a tu disposición el tesoro de mis gracias, haz partícipes libremente a tus hermanos; descúbreles la riqueza y la belleza de la morada que les he preparado en mi reino, y de la cual gozarán eternamente si son fieles en servirme y honrarme.»

Ejemplo
      La superiora de la congregación de las religiosas del Verbo Encarnado estaba, hace pocos años, afectada de una enfermedad de los ojos tal que ya no podía leer; la vista se le había nublado y temía perderla enteramente. Consultados los mejores doctores, respondieron que aquello era efecto de una fluxión que ellos juzgaban incurable. Esta buena monja, viendo que los hombres no sabían curarla, y el arte se declaraba impotente para librarla de su enfermedad, se dirigió llena de confianza a San José su amadísimo protector, e hizo voto de recitar durante un año el oficio compuesto en honor de él. Apenas terminada su oración, fue en el mismo instante enteramente curada de aquella molestia.
(La devoción a San José).

Práctica
      Recitar hoy tres veces el Ave Ioseph.
      Recitar los siete dolores y las siete alegrías.

Quinto domingo. Amor de San José por los hombres
      No hay otra medida del amor que se tiene al prójimo que la del amor que se tiene a Dios. El amor de Dios y del prójimo son, dice San Gregorio, dos anillos de una misma cadena, dos ríos que brotan de la misma fuente. Es indudable que el amor de San José hacia Dios, cuando aún estaba sobre la tierra, superaba incomparablemente el amor de todos los hombres, de todos los santos y de todos los ángeles. Es por el amor, de que José arde por Dios, que hay que medir el que tiene por nosotros; y es fácil comprender que uno y otro sobrepasan el entendimiento humano.
      A esta razón fundamental hay que añadir muchas otras. José es nuestro padre, ya que somos hijos de María, hermanos y coherederos de Jesucristo, su divino Hijo. Jesús, al hacerse su Hijo, le puso en el corazón un amor más tierno que el del mejor de los padres; y esto no solo para ser amado como hijo, sino para que ese mismo amor se extendiera sobre todos los hombres que se habían convertido igualmente en sus hijos. Juzgad si José, el más tierno de los padres, podría olvidar a los hombres confiados a su ternura. Queriendo Dios que nuestro glorioso santo sirviera de padre a su único Hijo, quiso también, dice una venerable hermana de San José, primera carmelita en Francia, que él ocupara el lugar de padre de sus hermanos adoptivos, de los miembros místicos del divino Infante. Es de este modo que le comunicó una gracia muy especial de amor, de ternura y de solicitud por nosotros, la cual lo lleva a hacernos tanto bien como el padre más abnegado pueda desear a sus hijos, a quienes ama más que a sí mismo.
      Divinísimo Jesús, que habéis reposado tantas veces sobre el corazón de José para encender en él un horno de amor proporcionado a los cuidados paternos de que estaba encargado, habéis sabido engrandecer ese corazón, para que todos los cristianos pudieran encontrar en él un asilo en sus penas y en sus trabajos. San José sabe que su divino Hijo nos amó hasta encarnarse, sufrir y morir por nosotros. ¡Cuántas veces en el curso de su vida no ha oído al Salvador manifestar el vivo deseo que ardía de dar por cada uno de nosotros, hasta la última gota, su sangre! ¿Cómo sería, pues, posible que José nos mirara con indiferencia y viera perecer sin dolor a una familia de la que Jesucristo es el primogénito?
      Es al servicio de los hombres que San José fue enriquecido con tantas gracias y privilegios tan gloriosos, y que fue elegido para ser el casto esposo de María y el padre de Jesús. Si no hubiera habido hombres, y si Dios no los hubiera amado hasta el punto de encarnarse para salvarlos, José no habría recibido el título sublime que lo coloca por encima de todos los ángeles y de todos los santos. Él conoce estas verdades; ¿cómo podría, pues, él, tan agradecido, no estar agradecido y no amarnos?
      Cuando José vivía sobre la tierra estaba dotado de un corazón excelente, inclinado a la compasión y a la misericordia hacia todos los hombres. Ahora que en el cielo su caridad es perfecta, ¿podría ser insensible a nuestros peligros, a nuestras miserias? José es nuestro padre sí, pero de la misma naturaleza que nosotros; él sufrió y lloró como nosotros; conoció todos nuestros peligros; y este es un motivo más para amarnos y compadecernos en nuestras penas.
      Es porque José es el padre de todos los cristianos que debemos dirigirnos a él con filial confianza; recurrir a su caridad en todas nuestras necesidades, y probaremos la verdad de lo que nos es dado por cierto por Santa Teresa; es decir, que nunca persona alguna, por pobre y abandonada que fuera, lo invocó en vano; siempre desde lo alto de los cielos él dirige sus miradas llenas de misericordia hacia los infelices que lo imploran desde su triste exilio.
      De las manos de José, como de las manos de María, llueven a torrentes las gracias; él derrama las bendiciones del cielo sobre todos los hombres, pero las esparce con mayor abundancia sobre aquellos que lo invocan. Implorémoslo con confianza, y no nos desanimemos si nuestra oración no es escuchada tan prontamente como quisiéramos. El docto fundador de los religiosos del Verbo Encarnado decía a una persona que deseaba obtener una gracia: «Recitad durante nueve días con viva fe las letanías de San José; si no la obtenéis, repetid veinte veces semejantes novenas, y le diréis: así continuaré haciendo hasta que obtenga la gracia.»
      Un alma que persevera de este modo en la oración, y se aplica al mismo tiempo a imitar las virtudes del glorioso San José, está segura de obtener lo que desea, si la petición puede servir a la gloria de Dios.

Ejemplo
      Mientras en 1638 la peste afligía la ciudad de Lyon, muchas curaciones milagrosas fueron obtenidas por intercesión de San José. Nos contentaremos con referir la siguiente narrada por un testigo ocular y digno de fe en una obra impresa entonces. «El padre Melchor del Fany, ocupado durante un mes en servir a los que estaban en cuarentena, fue contagiado por la peste, y la enfermedad hizo progresos tan rápidos que ya no se tenía esperanza de salvarlo. En agonía durante tres días, estaba a punto de exhalar el último suspiro, cuando uno de sus hermanos hizo voto de invitar al moribundo, en caso de curación, a celebrar nueve misas en honor de San José en la iglesia a él consagrada, prometiendo servírselas. Apenas hecho ese voto, el enfermo recuperó el habla, se encontró mejor, y en pocos días fue completamente curado.»
      Fue en esta ocasión que el padre de Barry compuso su obra sobre la Devoción a San José, la cual está llena de hechos extraordinarios y milagrosos. En poco tiempo se publicaron 26 ediciones, ¡tan grande era en los lioneses la confianza en San José!
(De BARRY, pág. 246).

Práctica
      Agradecer a San José las gracias que él nos obtuvo.
      Recitar los siete dolores y las siete alegrías.

Sexto domingo. San José refugio de los pecadores
      El antiguo José fue establecido por Faraón como protector de todos los súbditos de su reino. De ahí que a cada pregunta suya: Id a José, les decía, y haced todo lo que él os diga. El Señor, eligiendo a San José para ser la guía y el jefe de la Sagrada Familia, lo estableció igualmente protector de todos los hombres. «Dios, dice Santa Teresa, lo ha hecho en cierto modo su ministro plenipotenciario, su tesorero general, para ayudar y aliviar a las almas, por grandes que sean sus necesidades.» Pero es especialmente con respecto a los pobres pecadores que él demuestra toda la ternura de su corazón, porque si el antiguo patriarca José recibió con tanta bondad a sus propios hermanos, que habían querido darle muerte, si, olvidando sus crueles ultrajes, llevó la caridad hasta el punto de abrazarlos e incluso excusarlos en su culpa, ¡con cuánta mayor misericordia aún San José acogerá a los pobres pecadores, y les hará sentir que no ha sido elevado a un grado de gloria tan alto sino para sacarlos de las manos del demonio y reconducirlos al seno de Dios, de quien se habían alejado por el pecado!
      Si el segundo José no llora sobre la desgracia de los que pierden a Dios, hará mucho más, haciendo que derramen lágrimas de contrición. El recuerdo de la amargura de que se llenó su corazón, cuando perdió a Jesús, aunque sin culpa, aumenta su compasión por los pecadores y lo compromete aún más vivamente a obtenerles la gracia de llorar sus extravíos. Él mismo será su guía para conducirlos al templo, donde, después de tres días de tristeza y lágrimas, no dejarán de reencontrar a Jesús: Tu quaerens cum Joseph Mariaque reperies, dice Orígenes.
      El amor que San José nos tiene es un amor compasivo, que lo hace sensible a nuestras miserias, y como el pecado es el mayor de todos los males, él tiene mayor ternura y compasión por los pecadores. La conformidad de su corazón con el de su divino Hijo le inspira ese piadoso afecto. ¡Qué tierno amor no debe tener por los pecadores el santo Patriarca, que estuvo tanto tiempo en compañía de un Dios descendido del cielo y hecho hombre para salvarlos!
      Id, pues, desdichados pecadores, id a José con confianza, y decidle como aquellos gentiles que, deseosos de ser introducidos ante el Salvador, decían al apóstol San Felipe: Domine, volumus Jesum videre. ¡Ah! padre piadoso, conducidme vos mismo a Jesús; rebeldes y culpables no osamos presentarnos nosotros mismos: pero os repetiremos lo que los egipcios dijeron a aquel que era vuestra figura: «Nuestra salvación está en vuestras manos: Salus nostra in manu tua est.» Merced a vuestra paternal mediación y a vuestras oraciones esperamos volver a la gracia de Jesús. ¡Qué consolación para los pobres pecadores encontrar un abogado tan potente en el padre mismo de su Juez, un defensor tan celoso en una causa de tan grave importancia, cuyo resultado infalible es la privación o la posesión de una felicidad eterna!
      Entre las alabanzas que la Iglesia le comparte, se encuentra el título de vencedor del infierno. Él mereció este glorioso título cuando, para sustraer al divino Infante de la muerte que Herodes le preparaba, lo transportó a Egipto; porque, siendo aquel malvado príncipe figura y ministro del dragón infernal, perseguidor de Jesús y de todas las almas por él rescatadas, José, venciendo a aquel príncipe, venció al demonio: y esta primera victoria fue solamente el preludio de otra más ruidosa. El docto Orígenes observó que, en la orden que el ángel dio a José de ir a Egipto, estaba comprendido el poder de expulsar de allí a todos los demonios que habían fijado en cierto modo el centro de su morada en aquella tierra infiel. De hecho, en el instante en que el santo Patriarca entró allí con el santo Niño y la Madre, los ídolos fueron derribados, los oráculos callaron, el padre de la mentira se encontró encadenado, y los espíritus de las tinieblas huyeron al primer aparecer del divino Sol de justicia, aunque apenas naciente y aún escondido bajo el velo de la humanidad, como había predicho el profeta Isaías. Estas victorias sobre el infierno pertenecían indudablemente al Infante-Dios, pero él ha querido servirse del brazo derecho de San José. De ahí que desde aquel momento el demonio vencido comenzó a temer el santo nombre de José. Por eso, ¿con cuánta mayor razón no lo temerá ahora que ve resplandecer con tanta magnificencia su mérito, su santidad, su dignidad y su poder, por lo cual tiene en el cielo un lugar junto a María su casta esposa, a quien invocamos como Madre de misericordia y refugio de los pecadores? De ahí que el espíritu del mal no se acerca sino con temor al cristiano que se declara devoto siervo de San José. Recurrid, por tanto, con la mayor confianza a este santo Patriarca, si deseáis obtener la gloria eterna; id, presentaos a José; encomendadle vuestra alma, honradlo siempre; esta devoción es un indicio de la divina elección y casi una prenda de salvación.
      He aquí las palabras que una santa favorita de extraordinarias revelaciones pone en boca de María: «En el último día, cuando todos los hombres sean juzgados, los condenados experimentarán un amargo pesar por no haber conocido, a causa de sus pecados, cuán potente y eficaz era la protección de San José para ayudarlos a salvarse y volver a la gracia de Dios. El mundo no ha conocido lo suficiente cuán admirables son las prerrogativas con que el Señor favoreció a mi santo Esposo, y cuán potente es su intercesión ante mi divino Hijo y ante mí. Os aseguro que San José es uno de los más capaces de retener la justicia de Dios contra los pecadores.»

Ejemplo
      Una persona, cuyo nombre debo callar por respeto, me escribe la siguiente carta, dice el Padre de Barry: «Habiendo sabido que os dedicáis a recopilar hechos adecuados para demostrar el poder y la bondad de San José, quiero narraros uno cuya manifestación me es dictada por la gratitud. En mi juventud hice voto de castidad, y tuve la desgracia de violarlo. Avergonzado de mi pecado, no tuve la fuerza de acusarme en el santo tribunal, y profané los Sacramentos. Mi conciencia, desgarrada por crueles remordimientos, me hizo pagar caro el triple delito. Ya no tenía paz ni de día ni de noche, viéndome siempre cerca de precipitarme en las llamas eternas. Detestaba mi culpable debilidad; maldecía el infame placer que me había arrastrado a tal abismo, y sin embargo no podía decidirme a hacer la confesión que sola habría puesto fin a mis penas. En tal estado de perplejidad me vino la idea de recurrir a San José. Fue una buena inspiración. Recité devotamente durante nueve días el himno de vísperas y la oración de su oficio. Apenas terminada aquella novena, me sentí libre de aquella falsa vergüenza. Confesé mi pecado no solo sin repugnancia, sino de buena gana, y terminaron mis penas. Convencido por esta experiencia del poder y la bondad de San José, llevo desde entonces su imagen sobre mí con la intención de no separarme más de ella; desde ese momento he vencido con facilidad todas las tentaciones, y he recibido tantas gracias que nunca podré agradecer lo suficiente a mi gran protector.»

Práctica
      Rezar a San José por la conversión de los pecadores.
      Recitar los siete dolores y las siete alegrías.

Séptimo domingo. San José patrón de la buena muerte
      Un alma cristiana desea no solo un protector que pueda sostenerla en sus últimos combates con el infierno, sino que desea más un amigo piadoso que sepa consolarla, fortificarla y endulzarle las tristezas de la agonía. ¿Quién mejor que San José puede desempeñar un oficio tan dulce e importante, habiendo él mismo recibido en su lecho de muerte los más poderosos socorros y las más tiernas muestras de afecto de Jesús y María? Ellos lo servían con sus propias manos y lo confortaban con una caridad digna del Hombre-Dios y de su santísima Madre; suplían los socorros que su indigencia no les permitía darle con cuidados redoblados, con muestras de ternura que arrebataban a los ángeles de admiración. José, de este modo ayudado y asistido por Jesús y María, murió de una muerte que no se debe llamar muerte. Fue entre sus caricias que se durmió en un sueño de paz. Recibió dulcemente la muerte entre los brazos de la vida, sin angustias y sin el menor dolor.
      Ahora el Padre putativo de Jesús, el casto esposo de la Madre de la divina gracia, reina en el cielo con una gloria ciertamente inferior a la de María, pero decorado con prerrogativas que lo ponen por encima de todos los bienaventurados; es de allí que derrama sobre sus fieles siervos, presa de los horrores de la agonía, gracias abundantes, que él obtiene de los méritos de Aquel que fue su Hijo sobre la tierra y que se complace en glorificarlo en el cielo. Jesucristo, para recompensar a San José por haberle salvado la vida liberándolo del furor de Herodes, le dio el poder especial de sustraer a las insidias del demonio a los agonizantes que se han puesto bajo su poderosa protección. Padre de nuestro juez, ¿podría acaso carecer de autoridad para aplacarlo y reconducirlo a la clemencia? Vencedor de los espíritus infernales, ¿no podrá él alejarlos y dispersarlos con su presencia? Favorecido él con la muerte más santa y más afortunada que se pueda dar, ¿no vendrá con su divina esposa a ayudar a morir bien a los cristianos fieles que invocan su nombre? El Hijo de Dios, dice el venerable Bernardino de Bustis, teniendo las llaves del paraíso, dio una a María y la otra a San José, para que puedan introducir en el cielo a todos sus hijos. No hay más que recordar a nuestro Señor los servicios que San José le prestó, dice la venerable Inés de Jesús, para obtener todo lo que se quiere de la bondad divina. Varios santos, añade el Doctor Angélico, han recibido de Dios el poder de asistirnos en ciertas necesidades particulares; pero el crédito del augusto Esposo de María no tiene límite, se extiende a todas nuestras necesidades, y todos los que con confianza recurren a él están seguros de ser escuchados. Dirijámonos, pues, a este bendito Patriarca para obtener, por su intercesión, la gracia de una buena muerte, esa gracia tan preciosa, la corona de las misericordias de Dios, la prueba más grande de su amor y prenda de habernos elegido. Y puesto que no conocemos nuestro último día, no dejemos pasar ninguno sin rendirle algún devoto homenaje, a fin de merecer la gracia de perseverar como él, hasta el último aliento de nuestra vida, en la justicia y en la caridad.
      «Nunca habría creído que la muerte fuera tan dulce», decía en su última hora el docto y piadoso Suárez, quien escribió páginas tan bellas en honor de San José.
      «He temido mucho la muerte», decía en su lecho de dolor un piadoso obispo de la Sociedad de María, Mons. Douarre; «hoy ya no la temo. Desde hace diez meses la considero en mi meditación, y desde hace veinticinco años ruego a San José que me obtenga la gracia de hacer una buena muerte.» (Anales de la Propagación de la Fe, n. 133).
      Vuestro nombre, oh José, es para nosotros una fuente inagotable de gracias; de ahora en adelante, de nuestro corazón pasará más a menudo a nuestros labios, que lo pronunciarán con un amor totalmente filial. En nuestras pruebas lo invocaremos como ángel consolador; en nuestros padecimientos como alivio saludable, que calmará nuestros dolores; en nuestros combates como potente baluarte que nos defenderá de los dardos de nuestros enemigos. Y cuando llegue para nosotros ese momento supremo en que el alma pasará de esta morada de barro a las moradas eternas, si en esa hora nuestra lengua aún tiene fuerza para pronunciar vuestro nombre, pueda, oh José, con vuestro nombre en los labios y con los de Jesús y María exhalar el último suspiro.

Ejemplo
      La venerable hermana Prudenziali Zagnoni, célebre en la orden de San Francisco por la eminencia de sus virtudes, habiendo tenido en toda su vida una gran devoción a San José, fue recompensada a la hora de su muerte con el más dulce favor. El santo se le apareció y vino él mismo a aliviarle los espasmos de los últimos instantes, y para colmo de consuelo tenía entre sus brazos a Aquel que forma la alegría de los ángeles, la belleza del paraíso, la vida de las almas inocentes: el niño Jesús. No se puede expresar la inefable felicidad de la que fue inundado el corazón de la santa enferma. Baste decir que las mismas religiosas que la asistían se maravillaban al verla dirigir la palabra ahora a San José, ahora a su divino Hijo; agradecer a uno por haber venido a hacerle una visita, la cual para ella era como un anticipo del paraíso; agradecer al otro por haber venido, bajo una forma tan amable, a invitarla al banquete nupcial que él preparó en el cielo para sus esposas vírgenes. Los gestos y las miradas de la enferma indicaban que San José había hecho algo más; que le había dado al Niño entre sus brazos como para recordar a aquella su devota sierva su bienaventurada muerte en Nazaret entre los brazos del Salvador»
(Leyenda Franciscana, 14 de febrero).

Práctica
      Los devotos hijos de María y de José están invitados a repetir cada noche, antes de dormirse, las siguientes bellas invocaciones, a las cuales están unidas preciosas gracias y grandes indulgencias:
      ¡Jesús, José, María, os doy con mi corazón mi alma!
      ¡Jesús, José, María, asistidme en mi última agonía!
      ¡Jesús, José, María, expire en paz con vosotros mi alma!
      Trescientos días de indulgencia cada vez que se recitan devotamente estas tres jaculatorias; cien días por cada una de ellas; las indulgencias son aplicables a las almas del purgatorio.
      Recitar los siete dolores y las siete alegrías.

Salutación de San José
      Te saludo, José, lleno de gracia; Jesús y María están contigo; tú eres bendito entre todos los hombres, y bendito es Jesús, fruto de tu casta Esposa.
      San José, padre putativo de Jesús y esposo de la Bienaventurada Virgen María, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
      «Ave, Joseph, gratia plene, Iesu et Maria tecum; benedictus tu in hominibus, et benedictus fructus Sponsae tuae, Iesus.
      «Sancte Ioseph, pater nutriti Iesu et Beatae Virginis Mariae sponse, ora pro nobis peccatoribus, nunc et in hora mortis nostrae. Amen.»


Meditación para la Fiesta de San José (19 de marzo)
Santa Teresa modelo de confianza en San José
      Una de las glorias de la misión providencial de Santa Teresa en sus últimos tiempos ha sido propagar el culto de San José en toda la Iglesia Católica. «Santa Teresa, dice el P. Patrignani, ha sido una estrella de las más resplandecientes, uno de los más bellos diamantes de la corona de San José. Fue suscitada por Dios para propagar la devoción del casto esposo de María en el mundo entero.»
      Con aquella página celestial en la que su pluma seráfica hizo el elogio de San José y demostró su poder ante Dios, ella reanimó la confianza de los cristianos en el bendito Patriarca que nunca es invocado en vano.
      Dejemos que ella misma hable.
      «Tomé por abogado y por protector al glorioso San José, y me encomendé a él con el mayor fervor. Su socorro se manifestó visiblemente. Este tierno padre de mi alma, este amadísimo protector, se apresuró a sacarme del estado en que languidecía mi cuerpo; como me libró de peligros mayores y de otro tipo, que amenazaban mi honor y mi eterna salud. Para colmo de ventura, él siempre me escuchó más allá de mis oraciones y de mis esperanzas. No recuerdo haber pedido hasta ahora una gracia que no me haya obtenido. ¡Qué espectáculo presentaría a vuestros ojos si me fuera dado referir las gracias insignes con que Dios me colmó, y los peligros, tanto del alma como del cuerpo, de los que fui librada por mediación de este gran santo! El Altísimo concede a los otros santos solamente la gracia de socorrernos en tal o cual necesidad; pero el glorioso San José, lo sé por experiencia, extiende su poder sobre todas nuestras necesidades. Nuestro Señor quiere con ello hacernos entender que del mismo modo que le estuvo sometido sobre esta tierra de exilio, reconociendo en él la autoridad de padre putativo y de gobernador, se complace todavía en el cielo en hacer su voluntad al escuchar todas sus peticiones. Muchas personas a quienes yo había aconsejado encomendarse a este incomparable protector lo han experimentado igualmente; de ahí que el número de almas que lo honran va creciendo, y el feliz éxito de su mediación confirma cada día más la verdad de mis palabras. Dediqué para el día de su fiesta todo el celo de que era capaz, más por vanidad que por devoción; quería que esta fiesta se celebrara con la pompa más solemne y con la más elegante exquisitez. En esto mi intención era recta, es verdad, pero he aquí el lado desagradable: al mínimo bien obrado con la ayuda de la divina gracia, yo cometía una infinidad de imperfecciones y de defectos; mientras que para el mal, para la exquisitez y la vanidad, tenía en mí una astucia y una actividad admirable. ¡Quiera el Señor perdonármelo!
      Conociendo hoy por larga experiencia el maravilloso poder de San José ante Dios, quisiera persuadir a todos de honrarlo con un culto particular. Hasta ahora siempre he visto a las personas que tienen por él una devoción verdadera y sostenida por las obras progresar en la virtud; porque este protector celestial favorece de manera maravillosa el avance espiritual de las almas que a él se encomiendan. Desde hace muchos años, en el día de su fiesta, le pido un favor particular, y nunca me lo ha negado. Si por alguna imperfección mi petición se alejaba del fin de la gloria divina, él la enderezaba de tal modo que me redundaba en un bien mayor.
      Si tuviera autoridad para escribir, ¡qué puro placer sentiría al contar minuciosamente las gracias de las que tantas personas son, al igual que yo, deudoras de este gran Santo; ciertamente lo haría. Pero me basta con conjurar por el amor de Dios a aquellos que no me dan crédito a que lo prueben; y verán cuán ventajoso es encomendarse a este gran Patriarca y honrarlo de manera especial. Las personas que practican la oración mental deberían amarlo siempre con filial ternura. Por mi parte, no sé cómo se puede contemplar a la Reina de los ángeles prodigar sus cuidados maternales al Niño Jesús sin dar gracias al mismo tiempo a su casto Esposo por la perfecta solicitud con que socorría a la Madre y al Hijo. Aquellos que no encuentran quien les enseñe a orar, tomen por maestro a este admirable santo, y bajo su dirección no teman extraviarse. ¡Quiera Dios que no me haya extraviado yo misma al atreverme a hablar de él!
      A ejemplo de santa Teresa, a pesar de todas vuestras miserias e imperfecciones, diríjanse con confianza a san José, oh almas piadosas; pidan por su potente mediación las gracias que necesiten: gracia de conversión, gracia de renovación espiritual, gracia de una buena muerte. Cuando los pueblos, apremiados por el hambre, se dirigían al rey de Egipto para obtener trigo, aquel príncipe los enviaba a José, a quien él había establecido dispensador de todas las riquezas de su reino. Es también a José, su primer ministro, a quien el Salvador nos envía para obtener más seguramente, por su intercesión, las gracias que nos son necesarias: Ite ad Joseph; recurramos a él con la firme confianza de obtener cuanto pidamos. Él es el favorito del Rey del cielo, a quien debemos agradar si queremos ser bien acogidos por la divina majestad; él es el padre que debemos hacernos favorable para poder obtener algún favor del Hijo; él es el intendente de su casa, que debe presentar nuestras súplicas para hacerlas agradables al dueño; él es el mejor y el más caritativo abogado que podemos emplear ante su esposa, para patrocinar nuestra causa ante Jesucristo, reconciliarnos con él y ponernos en sus buenas gracias hasta nuestro último aliento.
      Id, pues, a José, para que interceda por vosotros. Todos los cristianos encuentran en la vida de este gran Patriarca grandes motivos de confianza. Los nobles y los ricos deben considerar, al orarle, que san José es el bisnieto de los patriarcas y de los reyes; los pobres consideren que él vivió como ellos en la pobreza; los artesanos que él trabajó continuamente como un simple artesano; las personas vírgenes que él conservó durante toda su vida la más perfecta virginidad, y fue elegido por Dios para ser el custodio y el protector de la Reina de las vírgenes; las personas casadas que él fue el jefe de la más augusta familia que pueda jamás existir; los niños que él fue el padre putativo de Jesús, el conservador y el gobernador de su infancia; los sacerdotes que él tuvo a menudo la suma ventura de llevar a Jesús entre los brazos, que incluso ofreció al Padre eterno las primicias de la sangre del Salvador en el día de la circuncisión; las personas religiosas que él santificó su soledad de Nazaret con la práctica de las más perfectas virtudes y con piadosos razonamientos con Jesús y María.
      Desde el que se sienta en el trono hasta el que, para vivir, debe mendigar el pan, todos encuentran en su crédito motivos para esperar, en sus grandezas poderosos motivos para honrarlo y en sus virtudes cosas que imitar.

Ejemplo
      San José es tan grande que a veces escucha incluso a aquellos que le rezan maquinalmente, sin intención formal de obtener alguna gracia. Hace pocos años, un pobre jovencito de la ciudad de Turín, que no tenía ningún principio de religión, habiendo comprado un céntimo de tabaco, quiso leer el trozo de papel en el que se lo habían dado; había una oración a San José para obtener una buena muerte. El buen joven apenas comprendía el sentido, y sin embargo estaba tan conmovido que no podía separarse de él; por lo que sus compañeros, impulsados por la curiosidad, querían ver ese trozo de papel, pero él se lo escondió y se puso a divertirse con ellos. Sin embargo, estaba impaciente por releer esa oración, tanta era la inefable dulzura que había experimentado al leerla la primera vez. Habiéndola releído varias veces, la sabía de memoria y la recitaba sin pensarlo.
      San José no fue insensible a ese homenaje involuntario; tocó el corazón de aquel pobre joven, el cual, habiéndose presentado a un sacerdote que recoge e instruye a los jóvenes abandonados, fue por este reducido a Dios. El buen joven correspondió a la gracia. Tuvo tiempo de instruirse en la religión que hasta entonces había descuidado; pudo hacer bien su confesión y comunión, pero poco después cayó en una enfermedad por la que murió consolado, alabando e invocando el nombre de San José.

Práctica
      No terminar el día sin pedir a Dios, por la intercesión de San José, la gracia que más se necesita.

Meditación para la fiesta del Patrocinio de San José
(Tercer domingo después de Pascua)
      San José tuvo parte en la obra más importante que jamás se haya hecho. Gobernó la Sagrada Familia con tanta prudencia como fidelidad. Fue el custodio de aquel que gobierna todos los seres creados; el ángel del gran consejo le rindió los oficios que nos rinden a nosotros nuestros ángeles custodios; él es el custodio del Salvador del mundo, habiéndolo salvado de mil peligros; el dueño del Señor; el superior del Rey y de la Reina del cielo; su tutor, su nutricio, su guía, su amigo, su defensor. Tuvo esta ventaja, como observan los santos doctores, que sus cuidados, su obra y sus solicitudes tenían por objeto inmediato la adorable persona del Salvador. Aquellos que nutren a Jesucristo en los pobres, que son sus miembros sufrientes, merecen una gran recompensa, y el Espíritu Santo les promete abundancia en los bienes temporales y eternos; pero nada es comparable a la gloria y a la ventura de San José que realmente nutrió al Hijo de Dios mismo, y a quien el Señor pudo verdaderamente decir, más que a cualquier otro hombre: Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era huérfano y me acogisteis.
      Si Dios prometió antiguamente dar a los hombres que recibieran un Profeta, en nombre del Profeta, la recompensa debida al Profeta mismo, ¿no está él obligado por la misma ley a dar a José, el cual ha recibido un Dios en nombre de Dios, recompensas dignas de la grandeza de Dios?
      El derecho natural, la razón y la santidad de José ¿no requieren acaso que Nuestro Señor haga sentar a este santo Patriarca sobre un trono lo más cercano a él después del de su augusta Madre? Todo poder ha sido dado al Hijo de Dios tanto en el cielo como en la tierra; y en el reino de la gloria ¿podrían haber siervos interpuestos entre su Padre y él? ¿Se puede creer que el amable Salvador haya colocado lejos de sí a un Santo que lo albergó durante treinta años en su propia casa, que lo llevó en sus brazos tan a menudo, que lo amó con un amor tan tierno y constante?
      María es la soberana de los cielos, Regina coeli; y en el imperio de esa augusta Reina ¿habría alguien por encima de su casto Esposo? Estaban demasiado unidos en la tierra para que estén separados en la eternidad. Si, en virtud de la adopción divina, debemos esperar poder un día ver a Dios sin velo y gozar de una gloria similar a la suya, ¿qué recompensa más magnífica aún debe estar reservada a aquel que fue elegido para ser el padre del único Hijo de Dios?
      Díganos, oh bienaventurado José, díganos los honores que Jesús, su hijo adoptivo, le rinde en presencia de los Ángeles y de los Bienaventurados, haciéndole sentar en el cielo sobre el trono de gloria que él mismo formó para usted. ¡Qué inefable consolación llenó su corazón cuando oyó salir de su divina boca estas maravillosas palabras:
      «Venid, padre mío, venid a triunfar en el reino que os fue preparado desde los principios del mundo; venid a gozar de la felicidad que merecisteis con los largos y laboriosos servicios que me habéis prestado, no solamente en la persona de los más pequeños entre mis hermanos, sino a mí mismo. Me habéis albergado en vuestra casa, cuando, habiendo dejado el cielo, yo vivía como extranjero y como huérfano entre los hombres; y yo ahora, después de haberos liberado de vuestro exilio, quiero daros una morada permanente, un puesto de honor en la patria celestial; vestisteis mi cuerpo expuesto al rigor de las estaciones con paños y vestidos, y yo os revestiré de los ornamentos más bellos de mi gloria; me nutristeis con el fruto de vuestros sudores cuando tuve hambre, y yo os saciaré de las delicias eternas que mis elegidos saborean largamente en el banquete del Cordero inmaculado: me habéis dado de beber cuando yo estaba sediento, y yo os saciaré en eterno en los torrentes de los goces divinos; vosotros habéis soportado a menudo el peso de las fatigas y de los trabajos para proveer a mi sustento, y yo os haré gozar de ahora en adelante de un reposo infinito en la duración e inefable en la dulzura; venid pues, venid, mi amado, venid a tomar posesión de todos estos bienes.»
      Después de esta invitación llena de amor, ¿no es verosímil que Jesús, dirigiéndose a su Padre celestial y presentándole a San José, le dijera —pero con mayor ternura de lo que hizo el joven Tobías hablando de su guía, el arcángel Rafael, a quien aún no conocía—: Padre mío, ¿qué recompensa daremos a este hombre que pueda igualar los buenos oficios que he recibido de él? Él ha sido el custodio y el protector de la virginidad de mi Madre; él me hizo una cuna el día de mi nacimiento; me condujo a Egipto para librarme del furor deicida de Herodes; me crió con el mayor cuidado, me amó y me colmó de toda clase de bienes; Bonis omnibus per eum repleti sumus. ¿Qué le daremos?
      Gran Dios, que participáis en las obligaciones que el Verbo encarnado cree tener hacia San José; bondad soberana que nunca os dejáis vencer en generosidad por vuestras criaturas; Dios del cielo, que habéis prometido vuestra gloria a aquellos que dan en vuestro nombre un vaso de agua al pobre mendigo, ¿qué testimonio de gratitud no rendiréis al gran Patriarca? Padre de toda bondad, ¿no recompensaréis la fidelidad y la prudencia de ese bienaventurado siervo, dándole la mitad de vuestros bienes y la libertad de disponer de ellos en beneficio de aquellos que lo honran y lo invocan? Y vos, oh Jesús, Hijo único de Dios, idea perfectísima de la perfecta gratitud, ¿qué le rendiréis a aquel de quien habéis recibido tanto honor y tantos bienes? Fiel a vuestra promesa: Dad y se os dará; se derramará en vuestro seno una medida colmada, apretada y rebosante, le rendiréis un palacio en el cielo por una casa sobre la tierra, el seno de un Dios por el seno de un hombre, la gloria eterna por honores temporales, vuestro corazón por el suyo, en fin, amor por amor.
      Haced, oh bienaventurado José, que podamos tener parte en todos esos bienes que coronan vuestros méritos y en las sobreabundantes alegrías que llenan vuestro corazón, después de que hayamos contribuido con todas nuestras fuerzas a la gloria que Dios os destinó y que estamos obligados a rendiros.

Ejemplo
      El siguiente hecho nos fue narrado por el director de un colegio de los PP. Maristas: «No hace mucho tiempo, un buen joven, lleno de gran voluntad pero desprovisto de talento para el estudio, se me presentó para que le enseñara un medio para estudiar con provecho. La fe era muy viva en aquel joven corazón. —Yo, me dijo, me resignaría muy bien a ocupar siempre el último puesto, pero sufro mucho a causa de mis parientes, quienes se disgustan y no pueden creer que yo estudie; pero Dios es mi testigo de que hago cuanto depende de mí. —Hijo mío, le respondí, ¿conocéis la devoción a San José? —Todavía no, Padre mío. —¿Queréis que os hable de ella? —Me hacéis un favor. —Y le conté algunos rasgos del poder y de la bondad de San José, de los que yo mismo había sido testigo. He aquí el corazón del piadoso alumno abierto a la confianza. Empezamos juntos una novena a San José para obtener esos éxitos tan legítimamente deseados. Aún no había terminado la novena cuando, debiendo el joven hacer una versión del latín (era la parte en la que era más débil), la hizo tan perfectamente que ni un solo error tuvo en su trabajo. Vino entonces enseguida a buscarme para decirme: Padre, San José ya nos ha escuchado; hice muy bien mi traducción, estoy seguro de ser el primero o el segundo; y no se equivocaba. Al día siguiente, con gran asombro de todos, fue proclamado el segundo de su clase, y no transcurrió un mes que fue el primero. Al final del año un primer premio y una hermosa corona alegraron al piadoso alumno y a sus buenos parientes; y durante cuatro años consecutivos se ha visto renovado el mismo prodigio de protección por parte de San José en favor de su fiel siervo. «Soy feliz, oh Padre, —me decía aquel joven agradecido—, soy feliz de amar de tal modo a San José; estoy seguro de que un día le deberé también mi perseverancia y mi salvación.» No se equivocó en sus esperanzas; él fue la más dulce consolación de su familia, después de haber sido la edificación de sus maestros.» (Este hecho ha sido manifestado por todos los profesores y por los numerosos alumnos de aquel colegio.)

Práctica
      Renovar hoy la consagración de sí a San José.

Del P. Huguet, traducción de Giuseppina Pellico
Segunda edición
Turín, Tip. del Orat. de S. Franc. de Sales, 1867
Con aprobación Eclesiástica.

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