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El primer domingo de Cuaresma de 2026, el papa León XIV eligió como lugar de celebración no la solemnidad de San Pedro, sino la basílica del Sagrado Corazón de Jesús en Castro Pretorio, confiada a los salesianos desde hace casi ciento cincuenta años y situada a pocos pasos de la estación de Termini. Una elección cargada de significado que se enmarca en una historia plurisecular entrelazada con los nombres de Pío IX y León XIII. Un gesto pastoral que narra, una vez más, una Iglesia que camina hacia quienes están en los márgenes.
A las 8:15 de una mañana de domingo aún envuelta en el fresco invernal, el Papa León XIV descendió de su vehículo en el patio de Via Marsala 42, recibido por una ovación conmovida de más de mil personas. Era el primer domingo de Cuaresma, y el Pontífice había elegido pasarlo no entre los mármoles solemnes de la Basílica de San Pedro, sino en lo que su predecesor Francisco había definido con feliz intuición como «el centro de la periferia»: la Basílica parroquial del Sagrado Corazón de Jesús en Castro Pretorio, confiada a los Salesianos de Don Bosco desde hace casi ciento cincuenta años.
Es la segunda visita pastoral de León XIV a una parroquia romana desde el inicio de su pontificado —la primera le había llevado a Ostia, a la parroquia de Santa Maria Regina Pacis— y trae consigo un mensaje preciso: la Iglesia camina hacia sus periferias, incluso cuando estas se encuentran, paradójicamente, en pleno corazón de la capital.
Una historia de papas: desde la primera piedra de Pío IX hasta la llegada de León XIV
Para entender el significado de aquella mañana, es necesario retroceder casi un siglo y medio, hasta los últimos años del pontificado de Pío IX. Era el 30 de septiembre de 1870 cuando el Pontífice colocó la primera piedra de una nueva iglesia a lo largo de la Via di Porta San Lorenzo —la actual Via Marsala— en una zona de la ciudad en fuerte desarrollo urbano, dedicándola a san José. La elección tenía una coherencia espiritual precisa: pocos meses después, el 8 de diciembre de ese mismo año, Pío IX reconocía a san José como «Patrono de la Iglesia Universal» a través del decreto Quemadmodum Deus, y quiso honrar por adelantado esa proclamación con un signo tangible en la piedra.
Pero algo cambió pronto en las intenciones del Pontífice. Del mundo católico llegaban insistentes peticiones de dedicar en Roma un gran santuario internacional al Sagrado Corazón de Jesús, como acto colectivo de reparación y de consagración para toda la Iglesia. Pío IX acogió esas voces y cambió la advocación de la iglesia aún en construcción. La historia, sin embargo, no le dio tiempo a ver realizado su proyecto: con la anexión de Roma al Reino de Italia en octubre de 1870, las obras se ralentizaron y pocos meses después se detuvieron. La brecha de Porta Pia había cambiado el mundo, y la nueva iglesia permaneció inacabada durante años.
León XIII y Don Bosco: una alianza que construye una basílica
Fue el sucesor de Pío IX, León XIII, quien recogió aquel sueño interrumpido. El 16 de agosto de 1879, las obras se reanudaron en la colina del Esquilino, y esta vez el Papa confió la construcción a un hombre extraordinario: Juan Bosco, el sacerdote turinés que había hecho de los jóvenes pobres y de los marginados la razón de su vida. Era una elección profética. La nueva iglesia se levantaría en el punto exacto donde los trenes traían a Roma a los migrantes del campo italiano, a los peregrinos de todos los rincones del mundo, a los sintecho y a los sin nombre: exactamente la gente para la que Don Bosco siempre había trabajado.
Hay una singular resonancia histórica en el hecho de que el nombre del Pontífice hoy reinante —León XIV— evoque directamente al gran León XIII, aquel que no solo reactivó la construcción de la basílica, sino que fue su principal inspirador espiritual y político. En una época de grandes convulsiones sociales, el culto al Sagrado Corazón representaba para León XIII la respuesta de la fe a las heridas de un mundo que se secularizaba a un ritmo vertiginoso.
Don Bosco siguió personalmente las obras, a pesar del declive de sus fuerzas. Volvió a Roma por última vez en 1887, cuando la iglesia estaba a punto de ser terminada. Se alojó en las pequeñas habitaciones del piso superior —las «camerette» que aún hoy los peregrinos visitan con devoción— y desde allí bendijo la obra de su vida. La iglesia fue inaugurada el 14 de mayo de 1887 por el vicario de Roma, el cardenal Lucido Maria Parocchi, con la presencia de Don Bosco. León XIII no pudo participar personalmente: desde la toma de Roma en 1870 hasta el Concordato de 1929, los Pontífices se consideraron «prisioneros en el Vaticano». Don Bosco murió el 31 de enero del año siguiente a la inauguración. Nunca vio, con los ojos del cuerpo, la estatua dorada del Sagrado Corazón izada sobre el campanario, a 62,5 metros de altura: el punto más alto de Roma, situado en la colina del Esquilino, pero sus hijos sí la ven.
De León XIII a Pablo VI: la basílica crece en la historia de la Iglesia
Desde aquella consagración, la basílica de Castro Pretorio ha entrado en el corazón de cada pontificado. El propio León XIII, que había sido su promotor visionario, la quiso como símbolo de la relación entre la Santa Sede y la devoción popular al Corazón de Cristo. La elección del nombre para el nuevo papa —León XIV— ha despertado inevitablemente este vínculo histórico en la memoria colectiva de los fieles romanos.
El 11 de febrero de 1921, el Papa Benedicto XV elevó la iglesia a Basílica Menor (AAS 1921, p.192), confiriéndole un rango litúrgico y espiritual de particular relieve. La fecha elegida no fue casual: el 11 de febrero ya estaba cargado de significado para la historia de la Iglesia, y el acto de Benedicto XV consagró definitivamente Castro Pretorio como uno de los lugares clave de la devoción católica en Roma.
Pío X, el «papa de los pobres», bendijo en varias ocasiones a la comunidad salesiana que allí oficiaba, viendo en esa posición estratégica cerca de la estación de tren una guarnición apostólica insustituible para las masas de trabajadores y peregrinos que transitaban cada día por Roma.
Pío XII, en pleno siglo XX atormentado por la guerra, animó a la parroquia a intensificar las obras de caridad hacia los desplazados y refugiados que abarrotaban los alrededores de Termini.
Cuatro décadas después, el 5 de febrero de 1965, fue Pablo VI quien dio otro paso institucional: instituyó para esta basílica la diaconía cardenalicia (AAS 1965, p.498), integrando aún más profundamente a la comunidad del Sagrado Corazón en el tejido del Colegio Cardenalicio y en el gobierno de la Iglesia universal. Desde ese momento, un cardenal titular llevaría en su nombre el vínculo con este lugar extraordinario a dos pasos de la estación Termini.
Juan Pablo II: la primera visita pastoral
El 29 de noviembre de 1987, por primera vez en la historia, un Papa cruzó físicamente las puertas de la basílica de Castro Pretorio para una visita pastoral. Fue san Juan Pablo II, el gran peregrino polaco que ya había cambiado la forma de concebir el pontificado llevando al Obispo de Roma a las periferias del mundo y de la propia Roma. Su visita al Sagrado Corazón formaba parte del ciclo sistemático de visitas a las parroquias de la diócesis que Juan Pablo II había iniciado desde los comienzos de su pontificado, pero tenía un significado especial: honrar un lugar que había sido querido por un santo predecesor suyo —Don Bosco, canonizado en 1934— y que llevaba en su nombre el corazón mismo del misterio cristiano. La comunidad salesiana lo acogió con la alegría característica de quien reconoce, en el pastor que llega, la continuidad de una historia mucho más larga que cualquier pontificado.
Francisco: «el centro de la periferia»
El 19 de enero de 2014, el Papa Francisco añadió un nuevo capítulo a esta historia. Su visita pastoral a la basílica de Castro Pretorio no fue solo una etapa en el programa de visitas parroquiales dominicales: fue una declaración de intenciones. Francisco observó la ubicación de esa iglesia —encajada entre las vías de Termini y las calles recorridas cada día por inmigrantes, personas sin hogar, gente de paso, trabajadores en busca de una misa matutina— y la definió con una fórmula destinada a perdurar: «el centro de la periferia». Un oxímoron que era, en realidad, la descripción más precisa posible: geográficamente en el corazón de Roma, espiritualmente proyectada hacia sus fronteras humanas.
Francisco celebró allí la misa con la sencillez que le caracterizaba, se encontró con los pobres asistidos por la parroquia y con los fieles de las comunidades extranjeras que abarrotaban el barrio. Dejó aquella comunidad con la certeza renovada de que no era una guarnición de retaguardia, sino un puesto avanzado del Evangelio.
El Papa León XIV: la segunda visita del pontificado
A las 9:00 del 22 de febrero de 2026, León XIV celebró la misa solemne en la basílica. Con él concelebraron el cardenal Baldo Reina, vicario del Papa para la diócesis de Roma; el cardenal Giuseppe Versaldi, titular de la diaconía cardenalicia instituida por Pablo VI en 1965 y ya prefecto emérito de la Congregación para la Educación Católica, junto con don Fabio Attard, Rector Mayor de los Salesianos, y muchos otros salesianos. También estuvieron presentes las tres comunidades religiosas femeninas que animan la vida parroquial: las Hijas de María Auxiliadora, las Clarisas Franciscanas Misioneras del Santísimo Sacramento y las Misioneras de Cristo Resucitado.
Antes de la celebración, León XIV había atravesado a paso lento el patio de Via Marsala, deteniéndose a saludar a los representantes de los grupos parroquiales que le esperaban. Estaban los voluntarios del Centro de escucha, los del Banco de talentos, los jóvenes del oratorio, los niños de catequesis con sus bandas de colores. Estaban los pobres asistidos por la parroquia —inmigrantes de India, Bangladés, Perú, Cuba, las comunidades que pueblan este barrio cosmopolita con apenas 2.500 residentes fijos, en su mayoría ancianos. Y había cinco catecúmenos, adultos de diversas nacionalidades que en la próxima Vigilia Pascual recibirán por primera vez los sacramentos: un detalle que León XIV quiso subrayar con calidez en su saludo inicial, como signo concreto de que la fe sigue atrayendo y transformando vidas.
En la homilía, el Pontífice reflexionó sobre el don del Bautismo a partir de la Primera Lectura (Génesis) y del Evangelio (tentaciones de Jesús). El relato del Génesis muestra cómo el pecado nace de la tentación de anular la diferencia entre criaturas y Creador, mientras que Jesús, al resistir al diablo, revela al hombre nuevo y libre que se realiza en el «sí» a Dios.
El Bautismo es como una gracia dinámica y relacional: no se agota en el rito, sino que acompaña toda la vida, impulsando al cristiano a conformarse a Cristo y a vivir el amor a Dios y al prójimo, derribando toda división (Gál 3,28).
En la parte final, dirigiéndose a la parroquia salesiana cercana a la Estación Termini de Roma, el Papa subrayó cómo este territorio —encrucijada de estudiantes, trabajadores, inmigrantes, refugiados y personas sin hogar— llama a la comunidad a ser concretamente «levadura de Evangelio»: signo de proximidad, acogida y esperanza entre las muchas contradicciones del barrio.
Una peregrinación que continúa
La visita de Castro Pretorio es la segunda etapa de un recorrido que León XIV ha emprendido con las comunidades romanas en este tiempo de Cuaresma. Después de Ostia, después del Sagrado Corazón, el camino continuará: el 1 de marzo en la iglesia de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo en Quarticciolo, el 8 de marzo en Santa Maria della Presentazione en Primavalle, el 15 de marzo en el Sagrado Corazón de Jesús en Ponte Mammolo. Cada vez una realidad diferente, cada vez el mismo gesto: el Obispo de Roma que acude a los umbrales de sus iglesias más pequeñas y más alejadas de los focos para recordar que el centro de la Iglesia no es una plaza con una fuente, sino el corazón de quien tiene necesidad.
Mientras la estatua dorada del Sagrado Corazón brillaba bajo la luz de febrero en el campanario más alto de Roma, León XIV volvió a subir a su vehículo bajo los aplausos de la plaza. Dejaba tras de sí una comunidad conmovida y fortalecida, y se llevaba la certeza de que en esta encrucijada de humanidad, a dos pasos de las vías de Termini, la Iglesia había encontrado desde siempre uno de sus lugares más auténticos.
Recordamos que es posible visitar virtualmente la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús en Roma, también en 3D, en este enlace.

