11 Feb 2026, Mié

Entrevista con don Gábor VITÁLIS, superior de la Inspectoría de Hungría

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Hemos entrevistado a don Gábor Vitális, el nuevo superior de la Inspectoría salesiana de Hungría, sobre su camino vocacional y su visión de la misión educativa entre los jóvenes. Con franca autenticidad relata cómo la llamada al sacerdocio fue madurando gradualmente desde la adolescencia, entre dudas y confirmaciones interiores. A través de sus palabras emerge un cuadro rico en referencias espirituales —de don Bosco a san Domingo Savio— y una reflexión actual sobre los desafíos de la evangelización contemporánea. Don Vitális ofrece una mirada sincera sobre las alegrías y las dificultades del servicio educativo, subrayando la importancia de la autenticidad, de la oración y del testimonio creíble para llegar al corazón de los jóvenes de hoy.

¿Cuál es la historia de tu vocación?
Mi vocación no fue un descubrimiento repentino, sino el fruto de un largo proceso de maduración. Desde la infancia me atrajeron Cristo y la cercanía al servicio del altar. En torno a los doce o trece años surgió por primera vez en mí la idea de llegar a ser sacerdote o religioso, y ese pensamiento ya no me dejó. Viví también luchas, cierta resistencia interior; deseaba también la vida familiar, pero dentro de mí estaba siempre presente la sensación de que Dios me llamaba a algo más.

Después del bachillerato me inscribí en la universidad, pero pronto comprendí que no me encontraba en el camino que Dios había pensado para mí. En ese período comencé a orar de manera consciente para reconocer mi vocación y para tener la fuerza de decir sí. En el año 2000 entré en el Instituto Salesiano y, desde entonces, me confirmo cada vez más profundamente en que este es mi lugar.

Muchas personas han tenido un influjo determinante en mí. Mi bisabuela y una maestra anciana rezaron por mí durante largos años —hoy soy consciente de ello con claridad—. Mi madre me acompañaba a la iglesia y ella misma retomó la práctica de la fe. Los salesianos que vivían en nuestra ciudad fueron para mí un ejemplo con su amor, su sentido del humor y su vida exigente y laboriosa.
Dentro de la Congregación, entre los anteriores Inspectores, el padre Havasi tuvo un papel significativo, al igual que muchos hermanos; la figura de don Bosco y su pedagogía siguen siendo para mí, todavía hoy, un punto de referencia y una brújula. Recuerdo bien haber sido un adolescente vivaz, pero durante años llevé conmigo, en el bolsillo, el lema de san Domingo Savio: «Mejor morir que pecar». Era para mí un verdadero modelo: alguien a quien deseaba seguir, llegar a ser como él, fuerte en el espíritu, perseverante en mis deberes y, al mismo tiempo, capaz de permanecer siempre alegre.

¿Qué es lo que te da la mayor alegría en tu servicio? ¿Y cuál es la mayor dificultad?
Es una gran alegría ver nacer la esperanza en los jóvenes y verlos experimentar que su vida es importante, porque Dios los ama. Es una alegría poder ser instrumento de Dios, tanto en un servicio sencillo como ofrecer el desayuno, como en una iniciativa comunitaria más amplia.
Las dificultades tampoco perdonan a nuestra Inspectoría y no es fácil cuando es necesario tomar decisiones dolorosas o afrontar situaciones de crisis, sobre todo cuando estas tocan la vida y la confianza de las personas. No podemos esconder la cabeza bajo la arena ni huir ante los problemas: es preciso cargar con los pesos interiores que todo esto conlleva. Al mismo tiempo, sin embargo, debemos reconocer que tales situaciones ofrecen también una oportunidad de purificación y, a través de ello, de crecimiento espiritual.

¿Cómo cuidas tu formación permanente —a través de libros, cursos y ejercicios espirituales?
Para mí es importante crecer continuamente no solo en el plano profesional, sino también en el espiritual. Mi vida está acompañada por numerosas lecturas espirituales y teológicas, como, por ejemplo, los escritos de don Pascual Chávez sobre la santidad de la vida, los escritos de san Agustín, y leo continuamente a don Bosco. Me confieso regularmente, participo diariamente en la Santa Misa y encuentro conscientemente a Cristo en la Santa Comunión, y dedico conscientemente tiempo a la oración.
En los últimos años he estudiado también derecho canónico, que me ayuda a tomar decisiones de manera responsable y transparente.

A tu parecer, ¿cuáles son hoy las prioridades evangélicas para los jóvenes?
Hoy los jóvenes necesitan sobre todo ejemplos auténticos. No teorías, sino personas que vivan lo que dicen. La fe debe ser primero conocida y luego testimoniada, dando testimonio de Cristo con quien se ha entrado en un encuentro personal. No cuentan las palabras, sino la autenticidad, porque los jóvenes de hoy necesitan testigos creíbles.
Naturalmente es importante también la dimensión comunitaria: el sentirse parte de algo, el percibir que se es acogido y reconocido. El Evangelio se vuelve para ellos comprensible y atractivo cuando se transmite con amor, paciencia y alegría.
La espiritualidad de don Bosco, el Sistema Preventivo, la presencia y el acompañamiento personal siguen siendo hoy elementos fundamentales y plenamente actuales; sin embargo, todo esto llega verdaderamente a los jóvenes solo si nosotros mismos somos auténticos y coherentes con lo que vivimos.

¿Cómo logras conciliar en la vida cotidiana la oración, el estudio y la actividad educativa?
Es una búsqueda continua de equilibrio. No deseo ser solo un religioso activo, sino un religioso que ora. Cuando la oración se deja en segundo plano, todo el servicio corre el riesgo de vaciarse; al mismo tiempo, las tareas de gobierno requieren mucho tiempo, atención y discernimiento.
Procuro organizar todo de tal manera que estos ámbitos no vayan en detrimento unos de otros, sino que se refuercen recíprocamente.

¿Cuáles son hoy los mayores desafíos de la evangelización y de la misión?
Uno de los mayores desafíos es la cuestión de la credibilidad. Los jóvenes son muy sensibles a las contradicciones: cuando perciben que la Iglesia no vive de manera coherente con su propia enseñanza, esto los desorienta. Es igualmente fundamental reconstruir la confianza allí donde ha sido herida.
También el mundo digital y el estilo de vida acelerado representan un desafío: es difícil llegar a los jóvenes, y es igualmente difícil suscitar en ellos el deseo de una vida interior profunda.

¿Qué consejo darías a un joven que siente que está llamado a la vida religiosa?

Le diría: no tengas miedo de las preguntas y de las luchas. Forman parte, de manera natural, del camino vocacional. Son fundamentales la oración sincera, el acompañamiento espiritual y el valor de concederse tiempo. La vocación no está hecha de renuncias, sino de plenitud: Dios nunca quita algo sin dar a cambio mucho más.

¿Qué lugar ocupa en tu vida María, Auxiliadora de los Cristianos?
Para mí, María es la Madre que protege y sostiene. A menudo hago la experiencia de que me guía incluso cuando yo no veo con claridad el camino. De don Bosco he aprendido a confiarme a ella con confianza, sobre todo en los momentos de decisiones difíciles. Procuro visitar cada mes un santuario mariano, para agradecer por su ayuda y pedir su intercesión.

¿Qué mensaje deseas transmitir a los jóvenes de hoy?
Quisiera decirles que no están solos y que su vida es un don hermoso, que debe ser abierto con confianza. Dios ha creado a cada uno como una persona preciosa y tiene para cada uno un proyecto que conduce a la felicidad, incluso cuando a veces todo alrededor parece confuso o negativo.
Es necesario tener el valor de soñar en grande, como hizo don Bosco, y de no tener miedo de la búsqueda y de los nuevos comienzos. La vida es mucho más de lo que aparece a primera vista.

Editor BSOL

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