Tiempo de lectura: 6 min.
En el contexto del 150º aniversario de las misiones salesianas, el testimonio de don Osvaldo Gorzegno Davico adquiere un valor particularmente elocuente. Misionero en México desde 1969, don Osvaldo encarna una fidelidad silenciosa y tenaz al carisma de Don Bosco, vivida durante casi sesenta años entre los jóvenes, la formación y las nuevas fronteras de la misión. La reciente entrega de la cruz misionera, recibida en Valdocco de manos del Rector Mayor, no es solo un reconocimiento simbólico, sino el sello de una vida entregada, atravesada por la Providencia y animada por un celo misionero que nunca ha decaído.
Los observadores más atentos habrán notado que en la lista de la 156ª expedición misionera, además de los nuevos misioneros salesianos, también figuraba el nombre de don Osvaldo Gorzegno Davico, con la especificación «enviado en 1969».
Don Osvaldo es el «DIAM» (delegado inspectorial para la animación misionera) de la Inspectoría de México – Guadalajara que, curiosamente, nunca había recibido la cruz misionera salesiana… y justo 150 años después del primer envío por parte de Don Bosco, en presencia de todos los DIAM del mundo reunidos para este evento especial, finalmente ha sellado sus casi 60 años de misión.
Repasando este largo viaje, don Osvaldo nos cuenta: «Diciembre de 1968. Envío a México una carta navideña para desearle una feliz Navidad a un amigo salesiano con quien había vivido y compartido los años de formación filosófica en el Ateneo Pontificio Salesiano de Roma. Como posdata, añado: ‘Estoy dispuesto a ofrecer mi servicio como maestro de filosofía en vuestro centro de formación de Guadalajara'». La respuesta positiva fue inmediata e inesperada («¡Sí, te esperamos!»).
Pero el deseo misionero de don Osvaldo no surgía de la nada, era un sueño guardado en el corazón desde hacía muchos años. Osvaldo, un joven de Cuneo, frecuentaba el oratorio salesiano participando en el grupo misionero. Una hermosa tradición de la época era presentar en las revistas el espléndido trabajo realizado por los misioneros, una herramienta esencial en una época en la que no existían las redes sociales ni la comunicación instantánea. Además, al oratorio llegaban periódicamente misioneros de todos los continentes: los jóvenes se nutrían de sus relatos aventureros y genuinos, y Osvaldo sentía que estaba llamado a imitarlos en el futuro.
Durante sus años de formación salesiana en Roma en el P.A.S. (hoy UPS), Osvaldo pudo vivir en primera persona la internacionalidad del carisma salesiano y una comprensión renovada de la vocación salesiana. Don Bosco estaba verdadera y concretamente presente en todo el mundo y en Osvaldo la invitación de Jesús –«Id por todo el mundo y anunciad la buena noticia»– resonaba con cada vez más fuerza. La interculturalidad es un punto fuerte del carisma salesiano, que debe mantenerse y desarrollarse para actualizar el carisma salesiano en 137 países de todo el mundo. Gracias al compromiso de tantos misioneros, el lenguaje del Evangelio no conoce fronteras y logra hablar los idiomas de cada grupo humano. Las casas de formación salesiana, internacionales por la presencia de cohermanos de diferentes partes del mundo, son un terreno fértil en el que plantar la semilla de la misionariedad, permitiendo tener una perspectiva más amplia y global que vaya más allá del propio punto de vista cultural o nacional.
Así, en la vida de Osvaldo, un veinteañero lleno de esperanzas, se abría un horizonte nuevo e inimaginable. Aunque ya había decidido con convicción partir en su corazón, todavía faltaba la aprobación de su superior. Después de una serie de eventos y situaciones providenciales, en el patio de la casa madre de Valdocco, bajo la mirada de la estatua de María Auxiliadora y de Don Bosco, en una cálida tarde de verano, llegó finalmente la respuesta del inspector. No se trataba de una perspectiva «ad vitam» (para siempre), sino de un «sí» por tiempo determinado: tres años, coincidiendo con el período de prácticas. Don Osvaldo recuerda con emoción y alegría ese período, el inicio de su aventura misionera, tres años espléndidos. Mucha curiosidad, mucha gracia y muchos descubrimientos gracias a la abundancia de la Providencia que cambiarían para siempre el camino salesiano de Osvaldo, quien mientras tanto había emitido sus votos perpetuos en Guadalajara, el 6 de agosto de 1970, profesando su sí para siempre al Señor en la Congregación Salesiana.
Cuando se acercaba el momento de regresar a Italia, crecía la insistente invitación de los jóvenes que Osvaldo había conocido y también de sus cohermanos: «Quédate con nosotros». Y así, el regreso a casa fue muy rápido: un saludo a la familia, una visita a la Inspectoría de origen y luego la decisión, aprobada, de volver una vez más a su tierra de misión, México. Osvaldo se quedaría allí para siempre, como misionero. México se convertiría en su nueva tierra y los jóvenes mexicanos, en su nueva gente. Osvaldo nunca habría imaginado que su misión lo llevaría a crear las maravillosas comunidades salesianas en la larga y atormentada pero prometedora frontera entre EE. UU. y México. Nos repite que este gran proyecto se pudo realizar gracias a las nuevas comunidades misioneras salesianas presentes en la frontera y a los numerosos voluntarios y voluntarias que creyeron plenamente en él. Hoy Osvaldo puede afirmar que, como decía Don Bosco: «…todo ha sido posible gracias a la Virgen».
Después de varias décadas, Osvaldo ha regresado a Valdocco, a aquel patio donde recibió su primer visto bueno para partir como misionero en una ocasión histórica. 11 de noviembre de 1875: Don Bosco enviaba la primera expedición misionera hacia Argentina, un gesto que él mismo definió casi como una aventura sin grandes perspectivas. Sin embargo, los tiempos del Señor han transformado esa decisión de hace 150 años en una historia de fecundidad impredecible.
«11 de noviembre de 2025: en el mismo lugar donde se decidió y desde donde partió aquella primera expedición, viví una experiencia que solo podría definir como un verdadero Pentecostés salesiano. Lenguas diferentes, culturas lejanas y grupos de salesianos de todas partes del mundo se encontraron unidos por el mismo carisma misionero de Don Bosco. En ese encuentro percibí de manera viva la presencia del Espíritu Santo, que continúa reavivando en la Familia Salesiana el don de la misionariedad, encendiendo en los corazones el fuego del celo y la audacia misionera».
En ese clima de fraternidad, Osvaldo sintió a Don Bosco sorprendentemente cercano: presente, vivo, capaz todavía de unirnos en un único sueño misionero que sigue siendo una profecía de luz para nuestro futuro como salesianos. Don Bosco continúa uniéndonos en un solo corazón para la salvación de todos los jóvenes, especialmente los más pobres, los más frágiles, aquellos que en el mundo de hoy corren el riesgo de permanecer invisibles. «Recomendáos en todo momento a María Auxiliadora: es Ella la fundadora y la sostenedora de nuestras obras». En el ambiente misionero que se respiraba en Valdocco, Osvaldo parte de nuevo hacia México con una convicción renovada: los jóvenes del mundo nos esperan. Aunque no siempre sepan expresarlo, llevan dentro una invocación profunda: «¡Queremos ver a Jesús!». Y esperan vislumbrarlo reflejado en nuestra vida.
Y así, después de los misioneros más jóvenes, también don Osvaldo escuchó pronunciar su nombre por don Jorge Mario Crisafulli, Consejero General para las Misiones, y recibió de manos del Rector Mayor, 11º sucesor de Don Bosco, don Fabio Attard, la cruz misionera.
Concluye don Osvaldo: «En este contexto pentecostal, recibir la cruz misionera suscitó en mí una emoción intensa, extraordinaria. Después de 56 años como misionero, sentí de nuevo la invitación que Jesús me ha dirigido tantas veces: – Ven y sígueme… ve por el mundo a anunciar la buena noticia. – Este momento fue como recorrer mi pasado y, al mismo tiempo, vislumbrar lo que el Señor todavía espera de mí. Pero una certeza nunca ha faltado: Jesús nunca me ha dejado. Ha estado conmigo y en mí en los momentos de fragilidad y en los de audacia, en el sufrimiento y en la alegría, en el desánimo y en la esperanza. Siempre, envuelto en la certeza de su amor».
Nos despedimos de don Osvaldo, deseándole lo mejor en «su» México. Él insiste en despedirse con las palabras del «misionero» Pablo de Tarso: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí». (Gálatas 2,20)
Marco Fulgaro

