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Cuando se habla de Don Bosco y su relación con la prensa, puede surgir un equívoco: Juan Bosco escribió muchísimo, publicó más de un centenar de obras, fundó un periódico como el Boletín Salesiano y difundió millones de ejemplares de libritos, biografías, manuales populares. Todo esto haría pensar en un hombre que encarnó plenamente la figura del «periodista». Y, sin embargo, no es así. Don Bosco no quiso ser periodista, al menos no en el sentido en que el siglo XIX conocía y practicaba esta profesión.
La distinción no es menor. Si por un lado reconoció el poder educativo y social de la prensa escrita, por otro evitó reducir su misión a un oficio editorial. Don Bosco puede ser considerado un gran publicista católico —es decir, un hombre capaz de comunicar al gran público ideas, valores y contenidos religiosos— pero no un periodista en el sentido profesional, político y militante que el término asumía en su tiempo.
El contexto histórico de la prensa en el siglo XIX
Para entender las decisiones de Don Bosco, es necesario situarlas en el contexto del siglo XIX. En Italia, sobre todo a partir de los años cuarenta y cincuenta del Ochocientos, la prensa periódica asume un papel cada vez más relevante. Los periódicos son instrumentos de debate político, de construcción del consenso, de formación de la opinión pública. La profesión periodística, sin embargo, aún está poco regulada y a menudo entrelazada con la propaganda: los periódicos nacen y mueren según los acontecimientos políticos, están ligados a partidos, a corrientes ideológicas, a batallas anticlericales o filo-católicas.
El periodista de la época, por lo tanto, era más un militante o un polemista que un cronista imparcial. Y este mundo no atrajo a Don Bosco. Él no se reconocía en un oficio que lo habría obligado a tomar posición en disputas políticas, a descender a la arena de las polémicas, a consumir energías en un terreno que no era el suyo.
Don Bosco también tuvo la experiencia de periodista, fundando el periódico «l’Amico della gioventù» en octubre de 1848, como publicación de carácter religioso, moral y político, destinada a los jóvenes. Pero pronto renunció pronto al periodismo: su periódico duró unos seis meses y al final se fusionó con otro periódico titulado «L’Istruttore del Popolo«. Escribe Don Lemoyne:
«D. Bosco, instruido por las peripecias encontradas en la Dirección de este periódico [Amico della gioventù], había sentido muy pronto que la Divina Providencia no le había destinado de forma estable el oficio de periodista. Vio cómo esto amenazaba con obstaculizar sus otras ocupaciones, ya que debía dedicar demasiado tiempo a la lectura y al estudio de materias dispares; como las de economía política, de derecho público y de apología católica. Entendió cómo en aquellos tiempos era necesario que el periodista católico, si no quería seguir las máximas dominantes del día, estuviera dispuesto a afrontar la eventualidad de ser llevado ante los tribunales, condenado a pagar grandes multas e incluso a ser encerrado en las cárceles de la ciudadela. D. Bosco no quería en absoluto participar en el error, y no podía arriesgarse a un peligro que habría comprometido su misión primordial. De hecho, el Smascheratore, que sucedió al Giornale degli Operai, propugnando con mucha vivacidad e ingenio la causa católica, tuvo en abril de 1849 el primer proceso de prensa en el que intervinieron los Jurados. Reconoció, pues, que no era prudente crearse enemigos despiadados, ya que las polémicas con los periodistas irreligiosos eran inevitables y la Gazzetta del Popolo, por sus secretas y patentes adhesiones, tenía tal poder que imponía su voluntad al propio Parlamento y al Senado. Lamentablemente, preveía que no le faltarían adversarios a los que combatir con una lucha, se podría decir, a muerte, que al principio tendría que sostener casi solo; y estos eran los Protestantes. Dejando, sin embargo, la carrera periodística, tuvo la consolación de ver descender de Soperga, alumno de aquella Academia, al incomparable Teól. Giacomo Margotti, capaz de hacer frente victoriosamente a la revolución dominante.» (MB III, 483-484)
La vocación de Don Bosco: sacerdote y educador
La primera razón por la que Don Bosco no quiso ser periodista reside en su vocación sacerdotal. Desde los inicios de su ministerio, se percibió como sacerdote de los jóvenes, pastor y padre. Todo lo que emprendió —desde las escuelas profesionales hasta los oratorios, desde las misiones populares hasta las publicaciones— siempre estuvo orientado a este fin: la salvación de las almas, especialmente de los más pobres y abandonados.
Hacer de periodista habría significado asumir una identidad diferente, más laica y profesional, más ligada a las dinámicas sociales que a las pastorales. Don Bosco, en cambio, consideraba la prensa solo como uno de los instrumentos al servicio de su misión educativa y evangelizadora. No quería sustituir la predicación con la crónica, ni la dirección espiritual con la polémica periodística.
Don Bosco publicista: escritor prolífico y divulgador
Dicho esto, hay que reconocer que Don Bosco fue un publicista extraordinario. Desde los primeros años de sacerdocio comenzó a publicar textos destinados al pueblo cristiano: opúsculos de catequesis, libritos de oración, vidas edificantes de santos y mártires, manuales de historia sagrada. Su objetivo era claro: proporcionar instrumentos sencillos y accesibles para la formación religiosa del pueblo.
El éxito fue enorme. Sus obras fueron reimpresas varias veces, traducidas a varios idiomas, difundidas capilarmente en las parroquias y en las escuelas. Un ejemplo emblemático es el «Giovane provveduto» (1847), un pequeño manual de vida cristiana que tuvo decenas de ediciones y acompañó a generaciones de jóvenes en la oración y la devoción.
El estilo de Don Bosco era sencillo, directo, popular. No buscaba la erudición, sino la claridad. No apuntaba a la discusión académica, sino a la formación práctica. Y sobre todo, no apuntaba a informar sobre las noticias del día, sino moldear conciencias.
La experiencia del «Boletín Salesiano»
El culmen de la actividad publicística de Don Bosco es la fundación del Boletín Salesiano en 1877. No se trataba de un periódico en el sentido clásico, sino de una publicación periódica de conexión y animación. El objetivo era doble: informar a los lectores sobre las obras salesianas dispersas por el mundo y alimentar un sentido de pertenencia y solidaridad entre los bienhechores, los amigos y los propios salesianos.
El Boletín no informaba sobre crónicas políticas o polémicas de actualidad, sino sobre relatos edificantes, noticias misioneras, ejemplos de jóvenes y educadores, llamamientos a la caridad. Era, en esencia, un instrumento de comunicación interna y externa al mismo tiempo: creaba una red de simpatizantes y colaboradores, ofrecía contenidos formativos, consolidaba la identidad de la Familia Salesiana.
En este sentido, el Boletín representa bien la diferencia entre periodismo y publicística: Don Bosco no pretendía fundar un diario o un semanario de información, sino una «voz» capaz de transmitir el espíritu salesiano y de hacer circular el bien.
Desconfianza hacia el periodismo polémico
Otro motivo por el que Don Bosco evitó el periodismo fue la desconfianza hacia la prensa polémica y anticlerical. Él era muy consciente de lo agresivos que podían ser los periódicos de la época contra la Iglesia y el Papa. Las polémicas sobre la cuestión romana, las batallas culturales del liberalismo, los ataques a las congregaciones religiosas mostraban una prensa a menudo utilizada como arma política.
Don Bosco prefirió no exponerse directamente en ese campo. No faltan, ciertamente, en sus obras tomas de posición decididas en defensa de la fe y de la Iglesia, pero nunca fueron insertadas en el registro típico del periodismo polémico. Él eligió una comunicación positiva y constructiva, basada en el relato de ejemplos, en la difusión del bien, en la educación de la conciencia.
En este punto podemos aclarar mejor la diferencia entre Don Bosco publicista y Don Bosco periodista (que no quiso ser).
El periodista informa sobre la actualidad, ofrece noticias, comenta hechos, participa en el debate público.
El publicista comunica ideas y valores al gran público, difunde mensajes educativos, divulga contenidos religiosos o morales.
Una herencia para la Familia Salesiana
La herencia de Don Bosco publicista sigue viva hoy. El Boletín Salesiano, traducido a decenas de idiomas y difundido en más de cien países, continúa su misión de conexión y animación. Las obras divulgativas de Don Bosco siguen siendo modelos de comunicación popular, capaces de unir claridad y profundidad espiritual.
Para la Familia Salesiana, esta herencia es una invitación a considerar los medios de comunicación no como un fin en sí mismos, sino como instrumentos al servicio de la misión educativa y evangelizadora. La fidelidad a Don Bosco no consiste en transformarse en periodistas profesionales, sino en seguir siendo comunicadores del bien, capaces de usar todos los medios para hablar a los jóvenes y a las familias.
Don Bosco no quiso ser periodista porque no era su vocación. Él era sacerdote, educador, fundador. Pero usó con genialidad la prensa para convertirse en un gran publicista católico, un incansable divulgador, un comunicador popular.
Su elección no fue una renuncia, sino un discernimiento: no dejarse absorber por las polémicas de la actualidad, sino permanecer fiel a la misión educativa. Así, la prensa se convirtió para él no en un oficio, sino en un apostolado. Y precisamente por eso, a más de un siglo de distancia, su voz sigue resonando: no en las crónicas efímeras, sino en la formación duradera de las conciencias.
Y recordemos lo que escribía Don Lemoyne:
«Por último, notaremos cómo de los hechos antes expuestos D. Bosco sacaba una gran advertencia, que repetía a menudo a sus discípulos, es decir, que el periodismo, especialmente el que trata de cualquier modo de política, no era su campo de acción. Él sobre este punto había escrito un artículo prohibitivo en las Reglas de su Pía Sociedad, que sin embargo fue suprimido por la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, no porque la Iglesia se opusiera a tal prescripción, sino porque al ser enunciada de un modo demasiado general, se habrían tenido que añadir explicaciones que la prudencia en aquel momento desaconsejaba. Sin embargo, D. Bosco repetía continuamente que era su firme intención que los Salesianos se mantuvieran siempre ajenos a las luchas políticas, no habiéndonos llamado el Señor para esto, sino para los jóvenes pobres y abandonados.» (MB III, 487)

